jueves, 20 de diciembre de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo IX

Sería deprimente regresarme al inicio de la jornada para contar un que otro incidente en el río o en la comisaria y recordarán además que mi contacto con los infectados era nimio, simple y escaso. Los dos popochos, la chica que ayudé en el camino y mis observaciones desde atalayas bien establecidas y cubiertas. Era escaso saber más de lo que contaban los mismos campesinos que arribaban del pueblo, pero por ellos y sus pequeños diálogos fue que me enteré de tanto desafuero. Seamos sinceros, las charlas de ellos apenas si duraban unos segundos, pero una imaginación fértil como la mía, completaba el relato que deducía entre risas y sin hacer preguntas. En una ocasión, apenas llevaban 15 días los ataques de risa colérica y aún no se conocían sus causas, la ciencia las explicó, y armaron un alboroto de no sé que detonante, de una sustancia. Acuérdense que ya les conté por allá en los primeros capítulos, pero esos científicos no sabían lo que yo tenía de culpable en la situación y tampoco nunca infirieron que las causas aparentes no son causas primeras y que las causas primeras no existen a condición de que causa y efecto sigan siendo sólo palabras. Debería contar que para dialogar con ellos yo me hacía pasar por zombie y también me echaba mis risotadas, aunque las mías eran lo más simples e hipócritas posible, un par de jes perversos o de vez en cuando un ja desafinado. En fin, la conversación que escuché fue la siguiente: "je je je je je je el peluque... je je je casi lo... je je ma... je je ta... " "si... ji ji je.... que bru... ju ji je je to..." Ya les dije que si transcribiera acá una conversación completa se me iban hojas enteras en las solas risas. Yo saqué en limpio lo siguiente: Aún no caían en cuenta lo incómodo que resultaba realizar una labor mientras la risa, por más pequeña que fuera, estuviera presente y, los inadaptados del pueblo, aún creían en que podían realizar labores tan simples como la de cortarse el pelo sin sufrir por ello. Don Lizandro Paredes de la Hoz acudió a buscar a su peluquero de confianza para que le rebajase un poco la mata de pelo que no era tanta y para que le alineara las patillas y le emparejara los flequillos y fue a la que era la antigua calle del comercio donde su peluquero de confianza, don Ruperto Estivez, anciano reconocido por la comunidad como uno de los fundadores del modelo "chuler", cero en los laterales y un crespón en la parte superior, tenía sus oficinas. Salve decir de antemano que yo si conocía a esas personas, aunque no he ido a un peluquero en años, mis escapadas al pueblo me permitían codearme con la crema innata de aquellas comunidades -tampoco fue lapsus- peluquianas. Saludó don Lizardo: "lo mismo de siempre" y ya habían murmullos expulsores de risa, de esa como se quiere salir por la nariz la explosión de aire por uno no querer soltar la carcajada, pfum pfum, no puedo ser más onomatopéyicamente preciso y cuando vean escrito el "pfum" imagínense el efecto, que mi querido amigo definió las risas desde el principio de estas líneas, pero no los murmullos, de los cuáles había un montón; esos los retomaremos en el último capítulo. El caso es que sentado don Lizandro, don Ruperto empezó a hacerle los cortes con la mayor precisión y empezando por emparejar con tijera, la mota superior. Allí no hubo gran tropiezo que los dedos limitaban el daño que pudiera hacerse al cuero del cristiano, pero cuando empezó con la maquinita por los lados, los estertores risísticos de los que hablamos provocaron más de una entrada en el punto incorrecto y a la hora de arreglar los bordes con la tijera sola, las sienes y orejas de don Lizandro Paredes de la Hoz parecían las sienes del nazareno y claro cada "ay" provocaba más risa y daba más risa que a ambos les daba risa y así en un eterno momento de retroalimentación que terminó -esto se refiere a los que desde la calle observaban la operación- con unos cuantos infartados, un que otro herniado de la fuerza, unos cuantos con dolor abdominal severo y algunos asfixiados. Los pocos que se salvaron hicieron esos murmullos una vez más para que yo los tradujera.
Alguna vez traté de aliviar dolores, hallando una cura, por ejemplo esperar un momento de ataque de risa y decirle a la persona algo fuerte y serio. Supuse que esa contraposición de sentimientos sería más que suficiente para sacar al enfermo de su estado. Por ejemplo: "su señora madre acaba  de morir" eso si, sin afirmar muerta de que, porque si uno encima que fue de un ataque de risa, aunque no desagravia la muerte, si la pone más cómica. Esperé en la estación de buses  y al que más se andaba riendo me le puse muy serio y le lancé el continente: "Don Joaquín, su señora esposa falleció esta mañana luego de que usted se fuera". Valiente gracia, fue como si le hubiese dicho que un camello se murió, soltó la carcajada, que ya la tenía bastante suelta y se puso como un loco, se sostenía la barriga y no alcanzó a preguntar ni de que, el otro problema era que la señora venía a recogerlo para ayudarle con los bultos y él, apenas la vio, se totió más de la risa todavía -si es que se podía- y fue el acabose porque don Joaquín y doña Liliana vieron por última vez la luz de la luna.
En otra ocasión traté con dolor, pinchando con un alfiler al discapacitado y comprobé, tristemente, que el dolor tampoco era un desacelerante, en casos se quedaban igual y en otras prorrumpían con más sonoras carcajadas. Dejé de buscar soluciones inocuas y de visitar subrepticiamente las llegadas del bus a la vereda.

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