No sé jugar ajedrez, no me refiero a conocer los movimientos porque sé como se mueve el peón, limitado por todos lados, no en balde es el peón. De movimientos rectos y cortos y limitados a un miserable paso por vez. Sé que las torres son más libres en sus caminos rectos y los alfiles en sus diagonales, sé que el caballo tiene una forma muy particular de moverse y saltar sobre sus oponentes y que la reina es libre de moverse a su antojo. El rey es el símbolo de la vagancia, no hace nada, pero sin él no hay partida. Yo sé que no sé jugar porque me harta que sea lento, que haya que esperar a que el otro piense indeterminadas estrategias o tensarse con el raqueteo del ping pong. Yo sé que no muevo piezas porque soy más bien una especie de resorte que requiere de un impulso o una tensión para acumular fuerza antes de ser liberado y por ello, yo no he realizado movimientos a los que no me viese obligado. Yo no hice ningún movimiento al que no me viera obligado porque tenía las negras y siempre estuve a la defensiva; si me acosabas con un pretendido mate de pastor movía mi rey y lo preparaba para un enroque y cuando ingenuamente me apuntalabas con un intencional mate de pasillo, movía mi rey para defenderlo. No estaba en postura de ataque, ni quería estarlo, pues de lo contrario habría construido un foso, un rastrillo y hasta una barbacana para limitar tus movimientos, cuando vi tus planes para destruir mis defensas; tu torre de reina se había colado en mis entrañas y amenazabas mis almenas con saltos de solípedo. Yo al principio pretendí no jugar y hacer el del tonto, pero sin quererlo me impediste llegar a tal posición; la del loco me hubiese sido posible, pero no viste cuando expuse todas mis intenciones y en el juego está prohibido avisar y menos a ti, que a mi mejor intento de acercarme, te enrocas para ocultar tus piernas y dejarme en jaque de tú aliento. Limpio te entregué mis establos y mis torres y dejaste pasar la oportunidad como para decirme: "igual te tengo en mis manos". Lentamente los ejércitos se fueron entregando y las torretas y almenas se fueron al piso por la guerra de minas con que me acechabas. No hay manera de esperar tablas y ahora mi rey anda triste en el pórtico esperando que la dama que gobierna las blancas decida dar el golpe mortal a su figura.
viernes, 6 de enero de 2017
miércoles, 4 de enero de 2017
Héroes
Juan Guillermo Escribano Toro, hijo de la vida y natural de... No supe de donde era, sé que si salías al centro o si llegabas a un concierto al primero que te encontrabas era a "Don Juan Guillermo" como le decían algunos de sus conocidos. Era un tipo alto y enjuto, de nariz recta, con la frente prominente y los labios firmes y pequeños. Se dejaba crecer una barbejo que le semejaba un chivo y su cabello largo lo llevaba en una cola simple; era más bien extraño verle con él suelto. Unos zapatos deportivos color café, un jean y una camiseta, acompañada de una chaqueta simple de algodón o un gabán tipo militar. Ese era el Héroe que siempre vi entre botellas y alcohol, amanecido un viernes y un sábado y un domingo. Siempre dispuesto para el alcohol y la fiesta. Cuando llegaba pedía un trago o sacaba de su colección personal alguna botella de plástico con residuos de uno y otro día: ¿cerveza o ron?. No le faltaba nunca un poco de líquido elemento etilizado. No le hacía el feo a ninguno, pero, como disfrutaba de la "arañita". ¿Qué vamos a comprar? ¿arañita? En cuanto a música era un rebelde y un poeta, llevaba consigo un reproductor con las listas semanales de su autoría y le sumaba unos poemas de L. De Greiff y unas lecturas de G. Arango. El ferrocabral y Larralde. Apenas veía a alguien con una guitarra se apresuraba a solicitarle algo de Piero o de Serrat -las obras rebeldes de aquellos, no sus capitulaciones- Yo sé de donde salió su apodo, el Héroe, le escribió una carta a un tipo de uno de los grupos que seguía y en esa carta firmaba: "Soy el terror que aletea en la noche... soy la goma de mascar que se pega en tú zapato... soy la mancha en tú traje dominical..." y un algo sobre sufrirás convulsiones y... Cuando se dieron una cita, la clave del saludo fue "ah vos sos el héroe púrpura" y así se quedó por mucho tiempo. Anécdotas mil, acampadas, fiestas, borracheras. Cada viernes nos encontrábamos en algún sitio de la ciudad para celebrar que estábamos vivos y cada sábado se lo encontraba a él, en la calle, sin haber dormido, con su botella en la mano: ¿Un De ville? y así llamaba a sus amigos el domingo en la tarde para que lo acompañaran a rematar en el parque del Periodista. Era capaz de beber desde que le daban el alta del trabajo el viernes hasta el último tercio de la madrugada del lunes y así salía a trabajar en una empresa de esas que fabrican estanterías y alacenas con madera prensada. Montó un negocio con su cuñado que no le valió de mucho y luego regresó a la misma empresa de donde había venido porque al lado del cuñado, bebió más y se hizo más disperso. Eso realmente no le importaba, lo que pasaba es que la plata no se le veía y en la casa de sus padres no andaban muy bien de dinero, lo normal en la sociedad colombiana. Decidió cambiar de carrera y le pidió ayuda a un muchacho que trabajaba en estampación y allá fue a dar con toda su premura y sus ganas de aprender y se hizo respetar y se hizo adorar y ay, allí fue donde terminó sus días de Héroe, allí conoció la mujer que le derribó el sueño de ser un Bukowski. Le prometió todo y le dio todo y también se lo quitó todo. Ella era insufrible con los celos a sus amigos, no lo dejaba quedar hasta tarde. La promesa del sexo amarraba fuertemente al héroe que se expuso en batalla y que no había sido templado para tales lides. Ocurrió lo inevitable, ella quedo en embarazo y el celo se hizo absurdo y el Héroe sucumbió sin honores y sin ser enterrado. Nunca más volví a ver un Héroe de esas proporciones. Nunca más pude creer en el amor que derriba mundos y, de ese duelo de cisnes y de pingüinos, no ganó el cisne. No ganó la gracia, ganó el desdén; no ganó la poesía, ganó el grito; no ganó el canto... Todos perdimos, porque perdimos al único héroe digno de seguirse.
domingo, 1 de enero de 2017
Arturo Sirenaico
Lo importante de Arturo, era que él no vivía para las cosas comunes que viven los seres humanos, no. A él le importaban otras cosas y quería vivir las más inusuales empresas. Se dijera que quería contradecir a la humanidad, pero en lo referente a la causa era igual a todos. Será fácil que me entiendan si les impongo un ejemplo, pero no quiero que lo malinterpreten. Arturo se casó cuatro veces en su vida, pero no lo hacía por el matrimonio mismo sino por el divorcio. Sabía que me iban a malinterpretar. No se trataba de divorciarse por hacerlo o por lo que pudiera pasar después, o por quedar libre, o por el dinero de la víctima -que nunca se casó con mujeres pudientes- La razón de haberse casado, literalmente, era la de vivir el divorcio, ahí precisaba su gusto. Casarse es un placer dicen los que se casan, sino, tal vez, no lo harían. A Arturo no le parecía gracioso casarse, lo impulsaba, la espera de un par de años para llegar al conflicto de la convivencia, al estado de inapetencia sexual, al punto culminante en que los lemmings inician su ruta suicida y ese era Arturo Sirenaico. Comprendo que no me comprendan, no es fácil entender razones que a simple vista no la tienen. El no comía para alimentarse, lo hacía porque sentía un tremendo placer de evacuar su intestino. Hallaba un verdadero placer en asistir a los entierros, pero más placer le daba comunicar las defunciones. Ver en los ojos de los dolientes el rostro de terror, desconsuelo e impotencia cuando él, precisamente él, sin ninguna piedad, con el rostro impasivo le decía: "Su hija murió atropellada" y cuando la víctima lograba asesarse y le preguntaba "¿pero cómo?" le era aún más gratificante decirle "No sé, sólo fui enviado a comunicárselo". En esos casos la víctima espera consuelo y Sirenaico no ofrecía nada. Trabajaba en una planta de lácteos cerca a la terminal de transportes y, cuando le tocaba el turno nocturno, se desplazaba a pie hasta las instalaciones de la policlínica -3 kilómetros al suroeste- para ver entrar heridos en las horas de la madrugada y su otro placer consistía en salir al pequeño balcón de su casa para vejar la condición humana de los que por allí pasaban. Uno era ratero, el otro, traidor, otra cortesana, otra adúltera, todos anormales o fuera de la ley. No tuvo hijos y no se le conoció mujer, ni hombre. Al morir, la iglesia no dudó un ápice en canonizarlo y nombrarlo santo por la virtud de acompañar a los muertos y porque de los heridos, varios manifestaron sentirse mejor en su presencia y hasta recuperar la vida que habían perdido en el accidente y otros muchos testigos de su presencia en el balcón, juraban que de allí partía un halo de divinidad y que aquel viejo siempre rezaba en voz queda por los transeúntes.
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