domingo, 12 de junio de 2016

Paso fino

Jhon M. Carrizosa fue en vida el prototipo de lo físicamente inaceptable: débil, enfermizo, deforme. Era largo cual una liana selvática y flaco como ella; eso producía su deformidad: una giba provocada por el afán de no parecer tan alto que terminó llevando sus brazos más abajo de la cintura, casi justo donde terminaba el largo fémur y su cabeza unida a su cuerpo parecía una lámpara de alumbrado público en su conjunto completo. Realmente no era deforme, era normal, pero a sí mismo se veía como una abominación y por ello, además se dejó crecer el cabello que le caía en bucles sucesivos desde la coronilla hasta el borde mismo de sus orejas. Allí se refugiaba, tras su abundante cabellera. Supongo que desde allí miraba porque sino hubiera tropezado, pero era imposible verle los ojos desde fuera. Ayer me dijeron que murió, andaba desaparecido hace años. No lo velaron, me contaron que simplemente lo echaron al fuego purificador y no le avisaron a nadie. Sus deseos, me contaron a mí. Me causó impresión, aunque no sé muy bien que es eso, más bien quería investigar más acerca de este personaje tan oscuro y por eso me dediqué a buscarle amigos o conocidos, casi actué como un detective. Sabía que le gustaba el metal y como tengo muchos amigos que gustan del extremo ruido, los pregunté. Visité los almacenes que llaman acá "de metaleros". Eso es dizque los almacenes del paseo de la playa. Visité los lugares propios de ellos y esas son un par de tabernas oscuras en el centro de Medellín y uno que otro parque, detrás del Lleras o en el Periodista, lugares de culto y precisamente espacios libres de centinelas, policías o restricciones; pequeños paraísos mientras duran, donde todos se conocen y saben que andan haciendo los demás por esos lados. Nadie me habló de él, Nadie siquiera acordó haberlo visto cuando le veía yo pasar por los lados que frecuento; solo pero pasaba y desde atrás de sus rizos, con un pequeño gesto de cabeza daba a entender que nos había visto. Pregunté y me cansé de preguntar. Me fui al sitio donde lo cremaron. Dáse la casualidad que mi amigo Gabriel J. Tanatopráctico de profesión, me colaboró en dicha empresa para dar con los documentos requeridos, aunque en verdad, se requiere el acta de defunción y el permiso de la familia. Valiente gracia en una ciudad famosa por sus falsificaciones. En ese papel fue donde supe de su único apellido, no tenía más registro, asumo que sin padre que es lo cotidiano y el familiar más cercano que solicitó la quema no tenía relación de apellido, un tal Rogelio de Jesús Suárez. Tomé la cédula para buscar algo más, pues ya se me hacía en extremo curioso tanto secreto. Con grandes esfuerzos logré apañarme la dirección y fui de visita donde don Rogelio, me explicó que Jhon vivía en una habitación que él le facilitaba y que no llevaba a nadie por pedido suyo, así lo exigía el contrato de arrendamiento. Que era un muchacho solitario y que regularmente permanecía días sin salir del cuarto. No me explicó mucho, no le conoció parientes, ni habló con él demasiado, pero pocos días antes de desaparecer le expresó que prefería ser quemado. Una mañana don Rogelio llamó a la puerta y como no le contestaron entró y lo halló rígido en la cama. Fin de la pista. Me cansé de andar buscando fantasmas y concluí para mis adentros: Jhon M. Carrizosa no existió nunca, no dejó nada, no mancilló nada, el mundo es lo mismo sin él y, si aún estuviera entre nosotros, tampoco sería relevante su presencia. ¿cuánto añoramos muchos, ser como Jhon y morir como Jhon, sin la mirada acuciante de la sociedad?