domingo, 22 de julio de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo IV

No debe escudarse en las sombras quien desea ser recordado por la humanidad o, tal vez desde la sombra pueda manipular mejor lo que desea que se cuente de él. El caso es que en los primeros meses del ataque de risa ocurrido a la población, los noticieros de toda la nación hicieron su agosto, comentando sobre el pueblo más feliz del mundo, del país y de la provincia de tal: "La felicidad por encima de todo" era el título de la prensa libre. "toneladas y toneladas de risa para la patria de san gelasio" fue el titular de los laicos  "Una sonrisa que cambia al mundo" rezaba los radicales de centro y "Dios les legó sonrisas" el periódico de la línea teológica. Los noticiarios enviaron -discúlpenme esta perogrullada- enviados especiales que estuvieron cubriendo por varios días la inusual carcajada de un pueblo que, a decir verdad, nunca había sido famoso por su risa. No faltó el periódico de izquierda y socialista que aprovechara para echar pullas: "El país de la risa" y "el país que da risa" fueron publicados durante cuatro domingos consecutivos en el suplemento y dos o tres gacetilleros hicieron sus cuentos para imprimirlos y venderlos mientras la noticia aún estuvo en el horno. Por lo menos dos meses más pasaron antes de que la ciudad de la risa desapareciera por completo de los telediarios y de la prensa en general, pero los comentarios, la página oficial de la secretaria de educación y varias páginas en las redes sociales, mantuvieron viva la historia y de vez en cuando se aparecía alguien que quería llegar al interior de aquellas montañas para comprobar si la leyenda era realidad o para triunfar en sus truncadas carreras de comediantes. Sí, al pueblo llegaron comediantes de talla internacional que vieron sus carreras frustradas y se presentaron en la plaza, en el palacio de los deportes y en la estación de Bomberos con un éxito moderado. ¿Quien iba a pensar que en un pueblo de risueños, la gente no quisiera reírse más? No puede criticárseles por la inasistencia y menos cuando por aquellos días se encontraban en las finales de fútbol soccer -el de las patadas- y las presentaciones coincidieron con algún que otro partido. A decir mucha verdad, la gente se reía de los cuentos y de las monerías del comediante, pero si me preguntan a mí, parecía que no le ponían demasiado cuidado, en tanto siempre algunos estaban riendo. Aquellos aprendieron a dominar al público sin usar muchas palabras, o por decir más verdad, usando palabras de grueso calibre y además descubrieron el truco de la palabra que provocaba la hilaridad total: "¿se saben el chiste del camello?" o simplemente decían: "camello". Los comediantes llegaban, decían un par de vulgaridades y para hacer rematar al público de risa decían "camello" varias veces y la función, como les he dicho, a veces terminaba en tragedia cardíaca. También los humoristas se cansaron de ir al pueblo o la gente terminó por no asistir más a pagar para que los hicieran hacer lo que hacían gratis.
Desde la investigación de los popochos, yo no había vuelto a tener una conversación con un "alterado" hasta que me encontré de frente con un caso extremo o si quieren, podemos admitir que la enfermedad tomaba visos de compleja. Resulta que saliendo tarde de mis labores -que hacía entre risas para no sobresalir del modelo general- atravesé por un desecho, lo que se llama un camino alterno y sobrada casualidad, en ese camino fangoso y cruel, me encontré a la señora de la ternillera -por alguna insana razón, tenía una argolla atravesada en la ternilla-  y, claro, como todo un caballero, decidí ayudarle a recorrer el tramo ofreciéndole la mano a cada paso y franqueando con ella los agujeros más grandes del suelo. El camino era de bajada y estaba resbaloso, pero ella no paraba de reírse: ja ja ja ja y con ja que es la risa más estridente y pura. Digamos que yo ya estaba incómodo y me reservaba el decir "camello" ella cada que le ofrecía la mano soltaba la carcajada ja ja ja y no fui yo a decir que, "esta subida es un camello" y ¿por dios qué he hecho? está chica no podía parar de reír y yo me figuraba que le iba a dar un paro cardíaco, le pedía que se calmara, pero ella de sólo contemplarme angustiado se repetía a sí misma "camello, "la subida es un camello" ja ja ja. Yo apelaba a su juicio, pero ¿cúal juicio? le decía lo malo que era reírse tan desaforadamente, pero si me disculpan, ella más se desternillaba de risa y aún nos faltaban un buen par de cientos de metros. No aguanté más y me enojé con la desternillada y le dije lo inconsciente que era reírse de una estúpida palabra, le grité que tratara de explicarme que de gracioso podía tener la palabra "camello" y ella sin aliento ja ja ja, ja ja ja. No pude más, mi ego, mi amor propio, mi caballerosidad y mi aguante todo me impulsó a abandonarla en esa brecha. Salí enojado y todavía por más de 5 minutos alcanzaba a oírla: "esta bajada es un camello ja ja ja".

viernes, 6 de julio de 2018

El mar amarillo

No recuerdo que día salí a la calle a hacer unas compras y me encontré con un río embravecido de júbilo y jadeante que gritaba, corría y se santiguaba. En algunos sitios se tenían botellas de cerveza en diversos lugares, a donde llegaban para echarse un trago a la reseca garganta de gritar y que, con beneplácito de los etarios, propietarios, copropietarios, compañeros de trabajo y clientes, pasaban desapercibidos. O nadie quería decirlo o nadie quería imponerlo: beber en horas de trabajo es válido si ocurre un evento que lo justifique. El color que ofendía la vista era el amarillo, aunque había unos parcos de azul, que igual gritaban y pataleaban. A la primera de cambio pude notar como sobresalía aquel color en la calle -sólo siendo ciego y tonto habría podido evitarlo- peatonal y a diestra y siniestra en los almacenes, desde la más insignificante tienda de ambulante, hasta en las más sofisticadas con detectores de hurto y guardas privados, la gente exhibía con orgullo ese color, que en prendas siempre me ha parecido tan nauseabundo. Incluso para un coche o un electrodoméstico resulta bastante ofensivo. Sé que algunos saben a lo que me refiero, pero el color es un amarillo intenso como el que se veía en los asaderos de pollos de antaño, Kokorico y Pollos Mario. Un amarillo decadente y emético. Cuando alguien se viste con ese color, puede pasar desapercibido entre un mar de otros pero si sale con un millón más de compatriotas es imposible no notarlo y no es mi crítica acá el vestir. Lastimosamente ese color me da pena, asco y ganas de vomitar. Eso no debe asustar a nadie, ni impactarles si es el negro o el rojo. El problema acá es que a mí, si me da náuseas el amarillo, no el verde ni el azul, el amarillo. Para más colmo, los almacenes y los vendedores ambulantes llevaban a la venta más camisetas y trompetas del mismo color que ofrecían como "las originales" y pedían a gritos "apoye a la selección". Yo supuse que parte de la realización o del importe por los cachivaches iba directo a los jugadores de la selección nacional de fútbol y me pelé. Allá iba un padre orgulloso con sus cuatro críos en edad de mamar todavía, los cuatro, pero todos impecablemente amarillos, para demostrar que la fe se siembra en casa. En la esquina debatían agitando las manos cuatro venerables ancianos sobre la importancia de la patria y el orgullo de ser connacional con la selección. Todos vestían la amarilla y alguno hasta tenía un carriel con la tripleta de colores. En un almacén de alta costura o de adornos, los vigilantes llevaban orgullosos la camiseta sobre el uniforme, que dejaba traslucir el arma de dotación y la reata y apostaban en algo que llaman "polla" a quien anotaba el próximo tanto. Las damas, no sé como decirlo, también lucían sobre sus prendas escogidas con nivel estético, el desabrido amarillo que las deslucía y las hacía parecer una abigarrada reserva de impertinencias a la moda. Parejas de novios abrazados, notaban como les funcionaba el experimento, sabiendo que le hacían fuerza al mismo equipo, con eso ¿para que más? Ajustando la riada, los cacos, capos, sicofantes, hetairas, haxixinos, cripófilos, zotes y los transeúntes en general, que a más de vestir el color que los representaba, entonaban gritos y hacían sonar unas chicharras aún más desagradables al oído que lo que pudiera ser el color al ojo, y más allá los camiones acompañaban con sus trompetas y pitos en una incesante retahíla ditirámbica. El mar no se calmó, aumentó y habrá que esperar próximos resultados y saber si el mal de embobamiento se propaga más o se detiene y se va curando. ¿Qué más da que haya sitios donde enfermedades como la ceguera cubran toda una comunidad o que haya otra en que un acceso colérico les hizo votar en blanco, o hasta que exista esa enfermedad que en un pueblo mató a todo el mundo de la risa? En el mío, en el pueblo donde yo vivo, el mal es simple: a la gente le dio por vestirse de amarillo, gritar como locos desaforados y pitar como si el mundo se hubiese acabado.

lunes, 2 de julio de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo III

Al salir de la casa, entre risas y llantos de risa, que llorar también forma parte de la risa, llegaron a su casa y la risa no se les soltaba ni un momento y de manera casi inmediata la popocha redactó el chiste en el panel de uno de esos sistemas de comunicación -puede esto implicar que el mal no se presentó en su fase terminal inmediatamente, recuerden que después de esto, nadie volvió a redactarlo ni a contarlo- vía red y se lo envió a todos sus contactos y estos a su vez hicieron exactamente lo mismo. Esto explica que al llegar a la tienda a la mañana siguiente encontrara el contagio en los atendientes, y a su vez explica como llegó a la ciudad de manera tan rápida y como se popularizó entre sus habientes. He de suponer que los contactos, de los contactos, de los contactos, abarcaron todo el pueblo en una sola noche, pero no explicaba porque todos los otros que habían leído el chiste del camello, no padecieron el flagelo de la risa. Descubrí que leer el chiste era un detonante y que se necesitaba una segunda componente porque yo nunca fui afectado, ni el que llamaban "doctor" ni su familia, ni a dos de los profesores que venían de la ciudad contigua. Aún no tenía ninguna teoría para tal inmunidad. Incluso probé contarles el cuento del camello a unos amigos lejanos -so pena de  comparendo oficial- y comprobé que no fueron afectados, si se rieron un rato -de otra manera serían muy mal educados- pero luego del rato reglamentario de risa, siguieron su vida normal. Asumí desde allí que tal virus y chiste solo afectaban a la población nativa. Esta teoría quedó sin comprobación porque ya no había población nativa que no estuviera contagiada. Cabe anotar acá que la tasa de nacimientos fue disminuyendo hasta la extinción total, al parecer la risa es un excelente remedio para la lascivia y, en mi caso, no puede uno tener sexo con una persona que se está riendo, así sepa que es una enfermedad y que nada tienen que ver con el acto mismo; la risa desalienta y apaga el fuego interno y no quiero ponerme en los zapatos de aquellos que trataron de perpetuar la especie entre carcajadas. Sí nacieron unos cuantos niños en los primeros años de la peste blanca -en este caso era porque todos mostraban los dientes- pero muchos no se criaban porque en vez de llorar para que les dieran alimento, reían todo el día hasta que se les descosía el ombligo en un descuido y quedaban "herníaos" de por vida o simplemente se desangraban en los pañales. Los hospitales siguieron teniendo clientela, porque de tanto reírse, a la población se le ocasionó un daño complejo en el corazón. Bien es sabido que la risa es un remedio infalible, pero demasiada risa, termina afectando la respiración, la circulación y el corazón y realmente la risa, se vuelve infalible. Muchos llegaban a morirse de la risa al pie mismo del hospital y frente a la risa generalizada de los médicos y enfermeros, cuya sola visión de ver el dolor provocado en un corazón enfermo que se cubría con risas y no expresaba más que un cuadro humorístico. ¿Supongo yo que a alguno de ustedes le han dado un puntapié o se ha caído sobre el "huesito de la alegría"? A eso me refiero: En el primer instante se siente el dolor, pero por alguna causa desconocida, a uno le da tentación de risa, pero de la falsa, o sea que "Ju Ju ju ju" "ay ay ay" "ju ju ju". Duele pero no sale llanto sino risa y esa situación, ya de por sí es cómica. De todas maneras, el pensar en una población muerta de risa, es mejor que pensar en una población muerta de hambre. Pero si nos vamos a todo lo que se dice de la risa  y de que aquel que solo se ríe de sus picardías se acuerda o se esta embobando, cosa que a mí me parece más cercana. La mayoría de la población parecía sufrir de imbecilidad o cretinismo. No importaba lo serio y fundamentado que uno les estuviera diciendo, sólo miraban y se reían y si por casualidad se mencionaba la palabra "camello" en la conversación, podía uno provocar un ataque cardíaco fulminante. La paciente cero nunca paró de reírse por completo, pero logró dominar una técnica que confundía. Cuando escuchaba procuraba  poner atención, aunque sólo fuera a frases cortas y después soltaba dos o tres "je" perversos que daban todas las indicaciones pertinentes, pero no pasaban de allí. Uno se imaginaba en brazos de ella, pero la situación, un poco cortante de risa, desdibujaba la cuestión. Al otro paciente cero, no debe olvidarse que el efecto se dio por partida doble en un primer chiste, nunca le encontraron diferente a aquel día, dicen que él era así desde antes, es decir que por todo se reía y que no tenía picardías, así que sólo quedaba una opción: de nacimiento era embobao.

domingo, 1 de julio de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo II

No puede decirse que la gente fuera más feliz por reírse a carcajadas o solapadamente, porque en algunas circunstancias más parecían unos orates malnacidos. Compruébese o hágase el intento de hablar con una persona que emite vocablos ininterrumpidamente y si se les mira, cosa que es bastante difícil, sus ojos parecen un poco como vidriosos y perdidos. Ahora trate de hablar con una persona que está descosiéndose de la risa -algunos dicen pipisiados de la risa o muertos de la risa- y se dará cuenta lo improcedente del verbo. Por más, la ciudad ya estaba inundada de pacientes del síndrome gelásico y los problemas que en un momento se suscitaron por burla aparente, ya habían cesado. Se dió el caso de un ciudadano de raza negra que al subirse a un bus pagó su pasaje y el conductor lo miraba, le devolvía y se reía y el pasajero, insultado en su amor propio, que el amor ajeno es de otro, le propinó 14 puñaladas al conductor y los agentes de la ley entre risas lo buscaron y lo llevaron a prisión. Se dieron algunas muchas trifulcas y agresiones al inicio de la peste por que alguien se reía y los no contagiados, se sentían aludidos y al obtener como respuesta las agresiones, más risas, las cosas se ponían de color de hormiga -de hormiga roja- Hubo científicos que se pusieron a investigar las causas y los alcances de la peste y llegaron a la conclusión que se trataba de una desconexión mental sin solución posible, al parecer, la risa está ubicada en una zona del cerebro L, una parte que nos heredaron los primeros mamíferos y que, mal que bien, parece ser responsable de la ternura, la ira, el miedo y el deseo sexual. Según explicaban, un detonador, al parecer el chiste del camello, desconectaba la parte pensante del cerebro, liberando una hormona desconocida hasta la fecha que bautizaron "gelatona", pero la hormona desaparecía casi al instante, dejando al cerebro desconectado y como en un bucle ejecutable. Al final la ciudad se conoció como la más feliz del mundo y nadie más se interesó en buscar una cura, pero se prohibió el chiste del camello con veto y multa policial fuera de sus fronteras. A decir verdad ese veto era improcedente porque ninguno era capaz de repetir el chiste sin totearse de la risa, así que hablando en plata blanca, nunca se les oyó el chiste a ninguno de ellos, porque no más preguntarles: ¿Cómo es el chiste del camello? provocaba montañas de hilaridades que evitaban que otros se contagiaran.  La gente salía libremente de la ciudad, porque la enfermedad no era contagiosa, pero con el tiempo notaron que quienes no tenían la enfermedad se reían de verdad de ellos y optaron por recluirse a sí mismos en las barreras de la ciudad, que para honra y prez de sus habitantes estaba rodeada de montañas y así permanecieron hasta el fin de los días en su ciudad feliz. De regreso a la cotidianidad del campo, a mí nunca me interesó más que lo mínimo, aunque la dichosa enfermedad, si creemos lo del cuento, fue iniciada por mí y así traté experimentando con diversos chistes de un repertorio mínimo, con gente sana y no logré el efecto de la que de ahora en más llamaremos paciente cero, es decir los popochos del primer capítulo. Seguidos los personajes, logré ubicarlos  y preguntarles cual fue el desarrollo de los acontecimientos de aquella noche fatídica en que conté el chiste del camello. Lo que logré sacar en limpio, recuerden que la risa no les dejaba hablar, y cada que recordaban el maldito chiste, la risa les opacaba el pensamiento, no es tema de este capítulo pero por respeto a los lectores, en el capítulo correspondiente, omitiré las risas de todos los tipos, porque si no el capítulo entero correspondería a las cinco sílabas a las que ya aludí.