lunes, 26 de diciembre de 2016

Mondego el concluyente

Tuvo siempre la idea de que un cuento o una charla debían llegar a algún punto y concluir alguna cosa, la charla sin sentido no tenía sentido, el diálogo banal no le era grato y rehuía en general las conversaciones de ese tipo. Claro lo tenía en su mente, los discursos políticos, los mensajes póstumos y las declaraciones de amor. Las palabras de un borracho, las disertaciones de un niño y los circunloquios de un deschavetado. A eso le huía, a eso le temía. Vueltas y vueltas sobre un camino en círculo y no concluir nada, ese era su miedo, de allí partían todas sus fobias. El discurso venal también estaba en sus odios y de ese había bebido bastante en sus años de universitario a los que renunció porque el pensum daba vueltas sin llegar a ninguna parte. Su temor era pues iniciar, sin saber donde quedaba el mojón final. Su primera novia tuvo el mismo desacierto y por eso terminó con ella, porque no veía un final y el lo impuso: "no veo para donde va esto, terminemos". La otra cara que le quedaba  a su determinismo, consistía justamente en eso, era un ser de radicalismos extremos, pero nunca en el buen sentido de la palabra porque el no decidía terminar una carrera o terminar una obra -pintor no fue, porque nunca empezó ni terminó ninguna obra- Su cerebro de búsqueda de un final, no le permitía mirar atrás a lo que había rechazado por no tener un final o una directriz hacía un final vislumbrable. Así estando, cuando veía algún pequeño círculo en sus relaciones, las daba por terminadas, pero esto no ocurría sólo con las chicas en su haber, sus amigos fueron un constante rublo en descenso porque a medida que circulaban eran expuestos y vetados a los espacios que aquel visitaba. "No quiero volver a verte, sólo das vueltas"  "Apártate, me eres insano" y así estaba el juez condenando, hasta que redujo a cero los que se aproximaban a él. Escribía cuentos, con una finalidad, enseñar que debe haber un final, bueno o malo. Odiaba los koanes porque le presentaban la dualidad del esfuerzo de tomar un final, pero las moralejas las adoraba. En su reclusión final, cuando ya nada ni nadie se acercaba a él como amigo o amante, se dedicó a expurgar los libros que no tenían una finalidad y su biblioteca también quedó reducida, porque la finalidad debía también ser acorde a él y por ello exterminó los libros de filosofía, los libros de superación personal, los libros de ciencia ficción, los libros de hechicería, los libros de recopilaciones, los libros de resúmenes y los libros cuyas letras le intuían novelas: quemó Los miserables, el jugador, La Karenina, quemó a Vargas Vila en su totalidad y A Camüs, no dejó una sola obra de santos, por no decir que ninguna biblia se salvó, y no me refiero a biblias católicas o pseudo católicas: Los trabajos de Hércules y los de Hesíodo, El Enuma elish y la Epopeya de Gilgamesh, el Popol vuh y las mitologías de los dioses de cada rincón del planeta. El Bhagavad gita y las Eddas. Hubo un tiempo en que sus enseres también se redujeron a un nivel casi nulo. acabó con la cama, el suelo le era suficiente y decoroso, la mesa, el jardín de la cocina, en la cocina misma no tenía más que una cuchara y un plato, nada de ollas, nada de nevera o equipo de sonido, nada de cuadros en las paredes, nada de herramientas o lujos -todos innecesarios- nada de sillas, nada de computadores o tecnología, despreciaba el celular como ningún otro artilugio, los reproductores de todas las formas, y sobre todo, odiaba la electricidad. Su casa la hizo en una colina escarpada donde nadie llegaba y desde donde no miraba hacía afuera más que para ver al hombre de los víveres que los llevaba cada semana y, parcamente, en la antesala de la puerta quedaba un billete por el esfuerzo, que el mandadero intercambiaba por la bolsa. Su ropa no era un gran escándalo, le bastaba cubrirse, pero no ponía énfasis en lo que lo hacía. Descuidó su cara y le cubría un enmarañado pelo, y una barba brumosa le tapaba todo el rostro. No tenía espejos. De él supe yo cuando alquilé su casa, porque nadie supo a donde se dirigió o cómo murió, o si aún está esperando en algún lado la terminación de su vida, lo cierto es que, Tanto miedo le tenía a lo banal que le pareció que su vida excepcional, digna de ser contada por lo banal, fue banal.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Geografía planetaria

Me he detenido muchas veces a los pies de una gran altura a tratar de escarparla, cual aquel gigante mitológico nacido en Ginnungagap al juntarse la tórrida Muspelheim y la gélida Niflheim. Ymir le llamaban, aunque acá el accidente implicará otros dioses, un día, en sueños, yo escalé tal cima. Empecé muy quedo subiendo por sus dedos que semejaban las columnas basálticas de Mull, ayudado por la distancia y el incansable don de comparación, desde allí divisé mares blancos en la lejanía que sin duda eran los mares nacarados provocados por el hielo de los cráteres mercurianos en aquellas regiones donde no da directamente el sol. Como pude, ascendí por sus pantorrillas y en ellas no encontré mejor analogía en el sistema solar que los Tepuyes que ascienden directamente al cielo, cual montañas invertidas que terminan en un mar de fragantes rosas, La cuenca Caloris de Mercurio, el gran cañon del colorado y las imponentes montañas esteatopígicas de Tharsis y Elysium de Marte. Al dar la vuelta por un sendero pude apreciar otro gran monte de Marte, el Olimpus, imponente y majestuoso, que oculta un cráter de impacto que no puede ser igualado por ninguna estructura en nuestra galaxia. Ascendí por su estómago que son las llanuras volcánicas del Valle Baltis en Venus y por poco caigo en el mar de la tranquilidad de la luna, que se eleva en sus bordes cual si fuera el Alba patera de Marte, levemente, para después hundirse sin remedio. Escapé a muchos accidentes en tal valle: catenas, dorsum, dorsas, mares, mons, lacus, promontorium, rupes, sinus... Todo lo sufrí para llegar a los dos montes gemelos de Venus, Gula y Sif, coronados por la más simpática bellota. Desde allí hay que atravesar el Valle marineris de Marte para encontrarse con otras perlas del sistema solar, la sutil pirámide de Marte, y los canalli que forman sus labios, los grandes peines de sus pestañas como otras formaciones basálticas que dejaran las trampas de fuego  siberianas y desde allí una enorme cascada negra vuelve a llevarme a los pies del ídolo, ella semeja el mar que pintó Sartre: Negro, profundo y sin final, pues semeja el abismo de Rancor en la batalla de Carcoon.

martes, 20 de diciembre de 2016

Del diario personal del conde Drácula

3 de octubre
Esta tarde fui a tomar el sol a una de mis propiedades en Londres, más exactamente a la de Carfax, que hube de comprar por intermedio del señor Hawkings y al entrar noté que mis posesiones habían sido salvajemente usurpadas, ladrones entraron a mi casa y depositaron en mi propiedad un hedor que no me permite quedarme, cuando fui a otra de mis amadas posesiones en Picadilly, vi, no sin asombro, que allí se encontraban los bandidos depositando el mismo miasma que me hizo huir de la primera; traté de huir de nuevo, pero un insensato de esos, tal vez uno que había visitado mi castillo en Varna, el señor Harker y que fue amablemente atendido por mí y mi servicio de escorts, estaba allí. No lo reconocí de inmediato porque me lanzaba una tremenda cuchillada de la que por poco no salgo, por fortuna, su furia ciega le hizo errar y apenas dañó el bolsillo interior de mi traje que dejó escapar el poco dinero que pude sacar de mi propiedad en Carfax. Logré salir huyendo por la ventana y me dirigí al puerto más cercano para regresarme a mi patria. La ciudad de Londres es, por lejos, la ciudad menos acogedora de Europa. Recuerdo perfectamente que al llegar, tomé como costumbre visitar a la señorita Lucy a quien infundí con mi sabiduría una nueva vida, casi inmortal y sus amigos, mal por bien pagaron, pues sé que fueron ellos quienes visitaron su casa cerca de Hampstead y, hasta su prometido Lord Godalming ayudó en el proceso de clavarle una estaca en el corazón y un desalmado de apellido Van Helsing le cortó la cabeza. Cuando me enteré organicé una goleta para partir y me dirijo a Transilvania escondido por temor a la maldad de aquellos, llevo una semana a bordo del Czarina Catherine y mucho me temo que mis persecutores, tratarán de alcanzarme antes de hallarme en la seguridad de mi castillo, previniendo tal evento, he organizado un sinnúmero de giros para llegar a él y en el último tramo seré custodiado por un grupo selecto de celosos y cumplidos guardias, a pesar de ello, conociendo los hechos anteriores, y aún recordando los oprobios sufridos en mis propiedades y en mí mismo, recordando como me acorralaron y me robaron el dinero que escapó de mis ropas... temo por mi vida. Y a ellos acuso si mi estirpe desaparece, pues, no en balde, soy el único representante de un linaje y una sabiduría de siglos. Si a alguien llega este trozo de mi diario, sepa la identidad de mis homicidas.

Conde De Ville

domingo, 11 de diciembre de 2016

Ensueños

Ibrahim Elcasar Galgenstrick se encontraba al frente de un plato de comida, no pensaba en su situación sino en el hambre que corroía sus entrañas y lo devoraba con ávidez, en su cerebro aparecía una blanca nube que todo lo cubría, pero en ciertas porciones aquella nube se transparentaba y  a Elcasar acudía un asomo de raciocinio que le instauraba en esa claridad dos interrogantes cerrados; aparecían en ella, simples y sin adornos, (Nunca usó los interrogantes abiertos, pero su cerebro no hubiera podido explicarse esa falta ortográfica leve), pero no quería ni podía pararse a pensar en ellos, el hambre lo acuciaba. Desde arriba de las escalas en caracol bajaba su amigo de juventud sin camisa, flaco, desgarbado, con visibles manchas de sol en todo su torso (tampoco podía recordar o entender que aquel amigo suyo, Ben Avijai Trinker, murió cuando apenas eran unos niños) se miraron, E Ibrahim, casi hebetado le ofreció un ala de pollo que aquel recibió y fue con la mirada como le preguntó ¿Qué haces acá? y Ben Avijai le entendió, como le entendía en su juventud y con esa calma tan suya le respondió: "averiguando que te había pasado". Tomó la presa de ave y siguió su camino frente al aturdido Ibrahim Elcasar Galgenstrick. Apenas unas horas después Ibrahim Elcasar se encontraba con su padre Ibrahim Aviezer quien le explicó con palabras muy complejas una situación que, Ibrahim Elcasar apenas pudo masticar, en pocas palabras, fue lo que el entendió, él, Ibrahim Elcasar Gangenstrick permaneció dormido por cuatro años, durante los cuales fue cuidado por su hermano y la esposa de este. No entendió cómo, no entendió qué y ni siquiera recordaba el nombre de su hermano o la cara de la mujer de este; Sólo se miraba las manos, anhelando un espejo, pero sin ser capaz de entender aquello que buscaba para verse el rostro y con la imposibilidad de expresar lo que no le entendía a su instinto, porque no pensaba, eran bruscas imágenes lo que aparecía en su cabeza como empujándolo hacía una y otra dirección. ¿Pero cómo es que mis fuerzas no han disminuido? -se refería a que su cuerpo no estaba, de ninguna manera delgado, como el de un hombre en coma- ¿Dónde me hallaron?. Quiso entender, pero su cerebro no daba para tanto, unió lo dicho por su amigo Ben Avijaí y asumió que en una correría de ambos, algo había pasado y él quería saber que era ese algo. El instinto le acusaba, soñó con animales que se transformaban en seres humanos y que eran perseguidos por otros animales humanos, soñó entre verdes campos atravesar arroyos y saltar sembrados, soñó perderse y girar a divisar el camino recorrido para tener una referencia de regreso, soñó una cama mullida y muchos amigos a su alrededor, soñó con Bat Carmeli David, la vió abrazándole y recordándole cuanto le había esperado y de pronto comprendió todo, la gente con la que había hablado, su amigo Ben Avijai, su padre Ibrahim Aviezer y su amada Bat Carmeli, todos estaban muertos.

domingo, 23 de octubre de 2016

El mal humano

A las puertas de la tumba quisiéramos hacer un compilado de lo que ha sido nuestras vidas, si tuvimos la fortuna de creernos el cuento de que fuimos imprescindibles para la correcta función de nuestra generación. Si ocurrió lo contrario en nuestras vidas, es probable que estemos a las puertas de la tumba por mano propia. Svetlana Gabrielovna perteneció a los dos grupos: Antes de dar por terminada su vida, diligenció un amplio manuscrito que daba cuenta lo importante que se sentía para la generación que la vió vivir y los precedentes que sentaba hacía el futuro, incluso preveía los homenajes que en muerte debían prodigarle y las estatuas que en su nombre debían ser erigidas, incluso dictó el epitafio de su tumba y la música que en su sepelio debía sonar, porque hasta calculó, con exagerada precisión, la manera como asistiría a la premier de su postrer morada. Svetlana fue en vida compositora y crítica de arte, en innumeras presentaciones cantó su vida y sus apegos, sus amores, sus gustos y disgustos; era celebrada al llegar y vitoreada al salir de sus espectáculos con tal violencia, que su público parecía enloquecer al sentirse falto de ese ídolo. Muchos de sus eventos terminaron en cruentas batallas por abrazarle, por tomarle una foto y hasta por percibir una firma, cosa que a ella le pareció siempre chistoso, pero muchos de sus seguidores le instaban a firmar una entrada de concierto, un papel sin brillo, una camisa, hasta unos interiores se atrevieron a mostrarle para usar como pizarra. Sus discos -muchos fueron- editados en vinilo porque jamás gustó de otro medio de impresión, aunque sus manejadores, muy por bajo cuerda imprimían en toda clase de formato magnético y electrónico, eran el blanco en el que el negro marcador dejaba las huellas de su estilo: simple pero fuerte y los dos trazos de su nombre quedaban allí marcados sin dedicatorias, de las que también era enemiga, como de los formatos digitales y los videos. Dejó sentado que su muerte no era en vano, ni banal su vida y que las generaciones debían rendirle culto y recordarla. Su muerte ocurrió hace 25 años. ¿La lloraron? Si. ¿La recordaron? Si. ¿La recuerda hoy alguien? ¿Saben cual fue su contribución? Razones debió tener Svetlana -las de Eróstrato- para escribir sus memorias, enviarlas a su mejor amigo y calcinarse con sus posesiones en la carrera 52 con 65. 

domingo, 12 de junio de 2016

Paso fino

Jhon M. Carrizosa fue en vida el prototipo de lo físicamente inaceptable: débil, enfermizo, deforme. Era largo cual una liana selvática y flaco como ella; eso producía su deformidad: una giba provocada por el afán de no parecer tan alto que terminó llevando sus brazos más abajo de la cintura, casi justo donde terminaba el largo fémur y su cabeza unida a su cuerpo parecía una lámpara de alumbrado público en su conjunto completo. Realmente no era deforme, era normal, pero a sí mismo se veía como una abominación y por ello, además se dejó crecer el cabello que le caía en bucles sucesivos desde la coronilla hasta el borde mismo de sus orejas. Allí se refugiaba, tras su abundante cabellera. Supongo que desde allí miraba porque sino hubiera tropezado, pero era imposible verle los ojos desde fuera. Ayer me dijeron que murió, andaba desaparecido hace años. No lo velaron, me contaron que simplemente lo echaron al fuego purificador y no le avisaron a nadie. Sus deseos, me contaron a mí. Me causó impresión, aunque no sé muy bien que es eso, más bien quería investigar más acerca de este personaje tan oscuro y por eso me dediqué a buscarle amigos o conocidos, casi actué como un detective. Sabía que le gustaba el metal y como tengo muchos amigos que gustan del extremo ruido, los pregunté. Visité los almacenes que llaman acá "de metaleros". Eso es dizque los almacenes del paseo de la playa. Visité los lugares propios de ellos y esas son un par de tabernas oscuras en el centro de Medellín y uno que otro parque, detrás del Lleras o en el Periodista, lugares de culto y precisamente espacios libres de centinelas, policías o restricciones; pequeños paraísos mientras duran, donde todos se conocen y saben que andan haciendo los demás por esos lados. Nadie me habló de él, Nadie siquiera acordó haberlo visto cuando le veía yo pasar por los lados que frecuento; solo pero pasaba y desde atrás de sus rizos, con un pequeño gesto de cabeza daba a entender que nos había visto. Pregunté y me cansé de preguntar. Me fui al sitio donde lo cremaron. Dáse la casualidad que mi amigo Gabriel J. Tanatopráctico de profesión, me colaboró en dicha empresa para dar con los documentos requeridos, aunque en verdad, se requiere el acta de defunción y el permiso de la familia. Valiente gracia en una ciudad famosa por sus falsificaciones. En ese papel fue donde supe de su único apellido, no tenía más registro, asumo que sin padre que es lo cotidiano y el familiar más cercano que solicitó la quema no tenía relación de apellido, un tal Rogelio de Jesús Suárez. Tomé la cédula para buscar algo más, pues ya se me hacía en extremo curioso tanto secreto. Con grandes esfuerzos logré apañarme la dirección y fui de visita donde don Rogelio, me explicó que Jhon vivía en una habitación que él le facilitaba y que no llevaba a nadie por pedido suyo, así lo exigía el contrato de arrendamiento. Que era un muchacho solitario y que regularmente permanecía días sin salir del cuarto. No me explicó mucho, no le conoció parientes, ni habló con él demasiado, pero pocos días antes de desaparecer le expresó que prefería ser quemado. Una mañana don Rogelio llamó a la puerta y como no le contestaron entró y lo halló rígido en la cama. Fin de la pista. Me cansé de andar buscando fantasmas y concluí para mis adentros: Jhon M. Carrizosa no existió nunca, no dejó nada, no mancilló nada, el mundo es lo mismo sin él y, si aún estuviera entre nosotros, tampoco sería relevante su presencia. ¿cuánto añoramos muchos, ser como Jhon y morir como Jhon, sin la mirada acuciante de la sociedad?