miércoles, 17 de junio de 2020

Armando Chávez

Todos hemos tenido profesores especiales de los que hemos aprendido o copiado alguna cosa, Recuerdo a Hugo Guarín que daba sistemas numéricos y se concentraba en el tablero escribiendo números y de pronto sacaba un resultado raíz de dos y se quedaba pensando, giraba y decía sin ánimo de juicio: "yo tuve un amigo al que le decían raíz de dos porque era así de chiquitico ─señalaba con la mano el tamaño─ y era irracional" pero lo recuerdo más por ser noble y no importarle sino el aprendizaje. Cuando me dormía en clase se acercaba y me decía duerma mijo que después se desatrasa o mandaba el examen para la casa: "son tres puntos, este se hace por acá, este por acá y este por acá y si se enredan van a la oficina que yo les ayudo". O Jaime Guarín que me expulsó de su clase por llegar cinco minutos tarde luego de hacerme un berrinche y de ofrecerme gratis la materia si era lo que necesitaba y del que aprendí montones, incluso a no llegar tarde. Orlando Monsalve con sus extravagancias y chistes flojos. No se confundan, los tres eran admirables maestros con mucho conocimiento que absorbí en parte. A Armando Chávez no lo conocí, sólo me llegó su historia por un comentario y algunos amigos. Era una mole de grasa, rechoncho y gordo, tanto así que al sentarse en su Subaru rojo le quedaba imposible mirar más que al espejo retrovisor central y por eso todo el derredor estaba abollado, ya que salía dando tumbos contra todo lo que le indicase que su marcha había concluido en esa dirección. Algunos dicen que tenía su rayón y en eso no soy experto, aunque siempre he dicho que todos tenemos nuestro rayón y llamamos cuerdos a quienes tienen un rayón similar al nuestro. Fue profesor de la UAM y entre triángulo y triángulo juraba que nadie podría sacarle más que un tres, en las calificaciones de uno a cinco y por eso algunos lo odiaban y hasta evitaron con un motín su entrada a alguna otra universidad porque iba en esa dirección de estropear la matrícula de unos cuantos chicos por la vía de la cancelación. Cuentan las malas lenguas que un alumno le preguntó por la fuerza gravitacional durante una clase, por la forma de actuar y por una explicación sencilla sobre ella y el tomó una de esas sillas individuales, la asomó al balcón del tercer piso y la dejó caer mientras decía: "eso es la fuerza gravitacional". Literalmente hablaba con el tablero mientras desarrollaba extensos ejercicios de demostración y tapaba lo que hacía hasta que alguien le indicaba que por favor lo dejara ver. Armando giraba y todos podían ver esas marcas de espuma en la comisura de los labios producto de un largo soliloquio con el ejercicio que realizaba y al hablar liberaba diminutas e inmensas gotas de saliva que, indefectiblemente, recibían los de los primeros puestos, que era común ver desocupados. Seguramente de las excentricidades de Armando Chávez se pueden contar mil cosas: su manía de hablar para sí mismo, su carro pequeño y abollado por todos lados, su tendencia a perderse en un combate con el ejercicio, la pedancia propia de un matemático que descubrió su propio teorema sobre el círculo, el llevar su maletín cuadrado ─paralelepípedo hubiese corregido Armando Chávez─ de cuero como si fuese un secreto militar amarrado con unas esposas a su muñeca, la constante marca de espuma en las comisuras, el hablar escupiendo, sus ejemplos extremos y su desgraciada figura producto del excesivo consumo de una marca especial de papas y fritos, pero lo que me hizo traerlo a estos cuentos fue la vez que un chico, sin malas intenciones, le preguntó escuetamente: ¿Qué es el infinito? Armando Chávez tomó una tiza, la apoyó en la pared izquierda del aula y comenzó una línea que le dio la vuelta al sitio, salió por la puerta produciendo el trazo en el ala de madera y continuó por el corredor hasta dios sabe donde porque jamás se le volvió a ver en el aula o en la UAM.