No nació viejo, ni siquiera nació, es decir, no se apareció de la nada, pero nadie recuerda nada de su niñez, ni el mismo; Toda su niñez la pasó al cuidado de las monjas de la caridad, pero eso sólo sirvió para que terminara repudiando, que no odiando, a las mujeres como raza. A pesar de que esas mujeres también le enseñaron a odiar la religión con toda su alma, no porque se lo hubieran propuesto, sino de tanto proponerse enseñarle sus virtudes. No es raro que un afán metódico, se convierta en un trauma, sobre todo en las almas libres y vírgenes de la ética y la moral que enseñan en todo hogar. Simón murió virgen porque en cada mujer que se le acercaba veía a la madre superiora de la que se enamoró aún siendo un rapazuelo. No era bella como en las películas, pero era su ideal y Simón era un hombre de ideales. Terminada su infancia ingresó al seminario y allí completó con gran honor sus estudios bíblicos y teológicos. La exégesis de las escrituras, la vida de los santos, la filosofía de Tomás de Aquino y su Summa theologiae, san Francisco por Joergensen, Teresa de Cálcuta por sí misma, El Libro de la vida de santa Teresa de Jesús, san Ambrosio obispo, san Basilio Magno, san Juan Nepomuceno, san Policarpo de Esmirna, san Vicente Ferrer, san Pedro Claver, san Isidro Labrador, san Cirilo de Alejandría, san Juan Crisóstomo... De allí le quedó un gran amor por la literatura y un gran asco por los santos, que ya las santas estaban en desgracia. Se convirtió en diácono a la tierna edad de 17 años y defendía con pudor cada uno de los actos y ritos que llevaba a cabo, predicaba la palabra de la biblia como un diestro orador y daba la interpretación aprehendida, sin descansar ofrecía ayuda a los jóvenes de la comuna y les facilitaba libros sagrados de la biblioteca interna, pero tenía un problema, su rigidez mental, era estricto como ninguno y solía recomendar penitencia -cilicio y disciplina- y el mismo ejecutaba un que otro golpe, sopapo o cachetada, hasta que se enfrentó con el nuevo régimen que prohibía los golpes y las escaramuzas con el apostolado y sobre todo con los chicos del barrio y por tal, resultó implicado en un cruce de palabras, en un escándalo mayor que por poco va a juicio, aunque en mi barrio las cosas se arreglan con plomo y por poco lo arreglan a él, de no ser por la intervención de un anciano cura que era muy respetado por esa comunidad y allí fue donde se refundió y renunció a todo. Atravesó por la universidad y estudió literatura y allí aprendió más sobre el hombre, sobre el vivir alejado de él, sobre despreciar su cultura y sus afanes. No cumplidos los 25 años buscó la manera de alejarse del mundo y sus demonios, de sus gustos y de sus contradicciones, repudiaba la televisión y las noticias, en los libros sólo, encontraba paz, aunque nunca en su vida volvió a retomar textos religiosos, logró amasar una pequeña fortuna y adquirió los servicios de un amo de llaves, que le cocinara y permaneciera en silencio en una casita que se construyó en la sima de una montaña; se requerían dos horas para recorrer el camino escarpado hasta una carretera destapada por la cual, al caminar 4 kilómetros, te arrojaba a una vereda desde la que podías tranquilamente tomar un bus que tardaba dos horas en llevarte a un pueblo cercano, del que podías acceder a la capital en apenas 6 horas. Simón se enterró allí por el resto de su vida para hacer penitencia, no por el bien de los hombres, por el bien de sí mismo, porque a pesar de que odiaba las religiones y lo que ellas implicaban, estaba seguro que esa era la manera de alcanzar el cielo.