miércoles, 20 de junio de 2018

Vasco D'uraño Cantor

Toda la vida la viví al lado de mis padres, hasta que ellos mueran yo seré la esponjilla bombril eterna junto a ellos. Me expulsaron de casa un par de veces por portarme mal, como aquella vez que con unos amigos robamos el teatro de Aranjuez y nos quedamos con ese proyector escondido en la habitación de mi casa. Eso fue con Hernán, mi difunto amigo rico, que cuando le dieron un carro nuevo por graduarse de bachillerato, se accidentó con la novia en embarazo y se mató él y los mató a ellos y con el "careteta" y "Bacalao" que eran dos bravos para el pillaje. Con ellos rapábamos motos, las desarmábamos y las vendíamos en un santiamén. De allí me hice a mi primera moto, una Yamaha "calibmatic" que armamos con repuestos robados. Ahí la policía empezó a seguirnos y me tocó irme por un tiempo a la sombra de un tío en Puerto Berrio, pero desde allí, mis padres vigilaban para mandarme lo necesario y así hice las paces con la juventud y volví a casa de mis padres a continuar mi larga carrera de vividor. Hasta allí arrastré a mi primo Ricardo y en una moto TT 500 nos accidentamos en la autopista norte, sin papeles y sin nada del vehículo me tocó escaparme y a mi primo lo llevaron a un hospital del seguro social donde le dijeron que no tenía nada, pero al día siguiente murió. A mí no me pasó mayor cosa y me logré ocultar de los problemas y seguí a la sombra de mis padres. Tuve dos hijos y mi mujer otros dos y los puse al cuidado de mis padres, no de una vez, sino despacio y sin que la cosa se notara. Cuando mis hermanos fueron abandonando el hogar, yo llenaba los faltantes con mis hijos y mis entenados. Mi padre compró muchos automóviles y todos los manejé yo en mi provecho, los acabé y los disfruté y hasta un hijo más tengo por ahí que ni reconocer quiero, pero que mío es y un día lo traeré a vivir acá, a la casa de mis padres. La verdad es que mi imagen es más la de un elefante incapaz de moverse y me he enfermado de gravedad últimamente, pero no he perdido mi toque para conseguir lo que quiero sin mucho esfuerzo. En mi vida he trabajado o estudiado y aquí sigo vivo y gordo de cuenta de quienes me trajeron al mundo. Me basta inspirar respeto pareciendo apático con todos y hablando poco o mirando feo, pero la verdadera virtud es que acá sigo 57 años después de mi nacimiento, viviendo de mis padres, de lo que dejen ¿saben que? cuando mueran, nadie dudará que por ser el que más he vivido con ellos, más les he ayudado a conseguir y por tanto, merezco quedarme con la mayoría o con todo. Yo salgo a la calle y camino con parsimonia, casi con dificultad y me balanceo de un lado a otro, pues en mi tiempo de cebado, he adquirido una amplia contextura y mis grandes muslos se rozan provocándome una aspereza y un escozor que no quiero exteriorizar y hasta eso me hace ver especial porque camino sin afán. A veces me divierte oír lo que se dice de mí: "a ese como no le gusta la gente" "a mi papá le caen mal todos" "él no se la lleva bien con nadie"... Ay, que divertido y yo todavía usufructuando.

domingo, 3 de junio de 2018

Imaginaciones

Señor se le va a romper la bolsa, le gritó desde la acera contraria, pero el hombre que llevaba varias bolsas no hizo caso del llamado, tal vez rodó un trozo de vidrio que antes fuera un vaso por la acera y luego de eso se escuchó el chasquido de muchas cosas rodando por el suelo. El hombre descargó las otras bolsas y costales que contenían una centena de cosas: papel reciclado, cables, vasos de plástico, herramientas con herrumbre o desvencijadas, latas, más cables, unos zapatos de diferentes marcas y medidas e incluso, para la relación uno de hombre y otro de mujer, monedas, un trozo de silla, un pedazo de espejo, dos marcos torcidos, una mano de maniquí, un santo descompuesto por algún ferviente creyente después de recibir la noticia de la muerte de su hija, la caja musical que aún, ayudada por una mano amiga, podía desarrollar su melodía, dos eslabones de cadena, un chal sucio, una media rota, cuatro canicas de cristal, una de ellas "bogotana" e incluso un "boloncho", dos bolsas, un costal y un maletín con la correa anudada en uno de sus bordes, una camisa del partido centro democrático con visibles señas de elecciones anteriores, tres clavos, una cortina de bambú, con varias hileras faltantes, un tarro de "mexana", dos colonias vacías y sin tapa, una de ellas sin el aspersor, cordones de varios colores, un tornillo de ensamble, una tuerca de 12 milímetros y un tornillo más de los que usan para sujetar los lados de las camas con dos arandelas, una revista de "Memín Pingüin" unas hojas de periódico de varios años atrás, una correa sin chapa y unas tiras de algún macramé sin terminar, la lonchera que perdió su traba de cierre de vivos colores amarillos y con un poco de desgaste, el asa de una olla y la tapa de una olla a presión sin el contrapeso y con la típica banda roja fraccionada en pedazos, unos disquetes de 3,5 pulgadas con marcas de lapicero viejo reteñido y diluido por la humedad, un control de videojuego sin el conector, el cuerpo completo de una impresora Epson 310 aún con los cables pegados. La impresora calló desde la altura máxima que pudo y la chica dijo: "hasta ahí llego la imprimadora". La paciencia tomó su turno y cada cosa fue puesta y amarrada en su sitio, la bolsa reparada y amarrada al costal para hacer un largo cabestro que atravesar en el cuerpo, el maletín se lleno de sus otras pertenencias amigas y fue cruzado como un manos libres profesional, el cuello quedó comprimido con dos cargas, por un lado el costal y por otro la bolsa reparada, la mano libre tomó otro joto cuyas bellezas interiores no fueron exhibidas y en la mano restante tomó el cuerpo de la impresora y volvió a cargar con todo, pero el peso no fue resistido por los empalmes de nudos marineros y de nuevo quedaron expuestos en la acera y de nuevo el hombre descargó y organizó pacientemente su mercancía para llevar a la quincallería, su plataforma de trabajo, su sustento y de nuevo cargó con ella y una de las piezas de la impresora se terminó de rasgar y cayó al suelo. La mujer sonrió, tal vez se carcajeó y el hombre volvía ya sus corotos al suelo para organizar de nuevo lo que se salía por los lados o corría el riesgo de no llegar a destino, pensó: "la tercera es la vencida".