Fue a mí que me contaron que dos personas urdieron un plan para desengañar al mundo. Uno de ellos apareció en televisión y sin más se desmayó y sufrió convulsiones, los médicos lo revisaron e inexplicablemente sus constantes vitales estaban disminuidas. Al despertar dijo estar poseído por un espíritu y contó cosas tan maravillosas y reales que la gente le creyó, lloró y se enterneció con los cuentos y siguió saliendo en horarios triple A a decir las verdades del gran vidente. Por un año completo se volvió el mayor de los profetas y el querido de las emisoras y canales, publicó un libro que se volvió un best seller: "Las palabras del gran profeta" y cobraba un jurgo por cada aparición en público. Un día el creador de tal estafa, un renombrado investigador que quería desenmascarar ese tipo de farsas, apareció y contó como habían logrado engañar a todos con una bola de caucho bajo la axila para disminuir las palpitaciones y con un micrófono por donde se le dictaban las profecías. La gente se sintió timada, estafada en su buena fe, pero ante la evidencia no había demasiado que hacer y dejaron de creer. Pero ocurrió lo impensable, el joven que hacía de profeta dijo que no quería dejar la vida que había llevado hasta ahora y se sumió en un trance y sufrió un ataque y deliró y empezó de nuevo con las profecías y, créanme que ocurrió, la gente recuperó la fe.
domingo, 28 de julio de 2019
domingo, 21 de julio de 2019
El circo del sol
Por años padeció del terrible mal de la ceguera crónica, aunque algunos dirían y dijeron que no era un mal, sino toda una bendición de dios, y usaba un par de gafas tipo culo de botella que le hacían ver, desde afuera, los ojos más pequeños de lo normal. Si uno quisiera podría haber visto en ella a una nerd sin remedio, pero todos sabemos que la apariencia es lo de menos y que para ser genial se requiere cerebro y ella carecía de tal. Las dichosas lentes nunca fueron un impedimento para sentirse bella y jamás le importó demasiado, aunque la psicología educativa asegure que su comportamiento era una manera de proyectar su necesidad intrínseca de verse como un ser humano extraño, eso que todos los jóvenes llaman "libre desarrollo de la personalidad" que resulta siendo hacer lo que el otro haga y vestirse igual que el otro y repetirle las mismas payasadas. Los seres humanos no percibimos como se nos mira desde afuera hasta que nos miramos a nosotros imparciales ─cosa casi imposible─ aún así intuimos lo que el otro ve en nosotros y para algunos, esa visión nunca es buena, no por que en verdad no sea buena, sino porque todos padecemos de hipocondría de visión ajena. Su apellido era francés, o a mí me parecía pues se pronunciaba Lerouch y de alguna parte de Europa venían cuando les conocí, puede que se escribiera Le Rouge, pero esas son trivialidades. Se llamaba Vania y si es de decir verdades, su sola juventud era grata a la vista de todos y todos trataban de seducirla y ella sabía o intuía su belleza porque le llegó el momento de que, con gafas, no se sentía bella y si se las quitaba no veía más que sombras. Es probable que le haya ocurrido eso de madurar o por lo menos de entrar en la pubertad. Se enamoró varias veces y perdidamente y sin remedio como todos los adolescentes y hasta juró que sin sus últimos cuatro amores no podría vivir. Como toda adolescente padecía de algo que se le fue curando con el tiempo y decidió abandonar sus gafas y vivir ciega, pero sin el tapujo de que le dijeran "ciega", o de verse con tamañas lentes, aunque realmente ciega si era. Así conoció a un chico de pueblo Víctor Cuartas y, de nuevo, se enamoró perdidamente de él. Realmente se enamoró de su forma de ser y de su actitud con ella, aunque aprendió a fuerza de novios, que aquellos buscan una sola cosa y que lo demás era añadidura, se vestía para él, estudiaba para que el supiera que se formaba en su intelecto, se arreglaba el cabello y usaba maquillaje para que el la viera bella y así llevaban 6 largos años sin acentuar el compromiso que ella esperaba y que él, al parecer, esquivaba sin pena ni gloria. El padre de Vania, por intermedio del consulado francés o algo así supuse yo, que las operaciones eran bastante costosas, obtuvo el dinero suficiente para realizarle cuatro operaciones para restablecer su vista y fue un penoso recorrido hasta las puertas de la luz, que, finalmente le permitieron volver a ver gracias a un par de anillos duros que le insertaron bajo la córnea y que se complementaban luego con un par de lentes de contacto que la dejaban con tal cansancio y con los ojos inyectados en sangre de lo incómodos que eran. Ya sé que está ese cuento de Benito Pérez Galdós donde Mariana pierde los afectos de un ex ciego al ver que su belleza era inventada por él, sé que existe la niña que soñaba y creía ser libre y feliz hasta que despertó ciega en un cuarto frío y gris. Vania ansiaba la vista para ver a todos con sus ojos y que todos la vieran a ella y su primera decepción fue con su hermana. La tuvo siempre en un pedestal, bella, rubia de una tez suave y tersa, y al poderle ver las innúmeras pecas se decepcionó y al notar que su cabello no era tan perfecto como se lo hubiera imaginado al peinarla cuando pertenecía a las huestes de los semividentes; la segunda gran decepción la vivió junto al espejo al ver a una desconocida tras el reflejo: no era fea, pero no era de su propio gusto y así fue que pensó en Vick, en su gran amor. Pensó también en todos sus amores y en la posibilidad que encontraba de no ver un mundo bello, al que, con su renovada visión, ya le había encontrado más de un defecto. Las rosas le parecieron más pálidas y las hortensias menos intensas, el agua de la fuente ya no tenía ese azul que había imaginado y hasta el cielo y las nubes se le desdibujaron perdiendo ese sútil deseo de verlos directamente. Recurrió de nuevo a las imágenes que guardaba en su cerebro de todas las cosas, salió a visitar a su novio y en el primer bote de basura que encontró, arrojó los dispositivos que le habían frustrado por completo la imaginación.
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