Yo no he salido de mi país porque viajar acá es muy costoso, ni siquiera conozco las afueras de mi ciudad, ni he llegado a visitar la capital de la que, por suerte, me tocó en el azar de las patrias. Tampoco he deseado salir más allá de los muros de mi casa, aunque lo he hecho, muy vagamente, recuerdo que en la estación lluviosa de mi ciudad -es casi todo el año- traté de cruzar los matorrales que me limitaban con la carretera I 69 y en alguna ocasión, lo recuerdo bien, uno de mis compañeros me lo contó, debía llegar a un pavimento y seguirlo en cualquier sentido y este me llevaría a una ciudad grande y elegante. Salté los primeros árboles y me entretuve pensando en lo que podría pasarme al cruzar el resto de arboleda y en el canto de una tijereta, un pájaro negro que parece una golondrina. No es que me preocupara realmente, es que no me importaba saber si tal cosa como una ciudad existía. Tal vez fue ese mismo lluvioso año de 1969, que vino una persona de fuera y lo que, en un principio pudo ser imaginación viva de lo que pudiera ser al viajar fuera de mi país, se convirtió en desilusión al oírle hablar de leyes y de impuestos y de etiquetas. Caminé hasta el punto desde donde podía divisar la larga serpiente de pavimento y soñé allí despierto con esa ciudad que oyera en mi imaginación: sin arboles, con gritos de horror de la gente ansiosa tratando de llegar a algún lado, con luces opacando la noche estrellada, con agentes policiales dirigiendo las máquinas con absurdos movimientos de brazos y con pitos de pasta; con locales semi iluminados y equipos de sonido evitando que las palabras del emisor llegasen al receptor y la gente feliz en un mundo de sonidos vibrantes y punzantes que no dejaban que el pensamiento fluyera porque colapsaba las sinapsis. Soñé con mucha gente invadiendo espacios, caminando en tumultos, irrespetando la esfera vital. Soñé dementes destruyendo el mundo con su consumo y creyéndose dueños de la tierra, hasta creí ver una bandera con una cruz de retorcidos brazos. Soñé gente abandonando hijos en las calles y gente en esas calles abandonados a sí mismos, vi la pobreza, la miseria, la rabia, el dominio de unos sobre otros sin mediar más diferencia que el poder del dinero y la propiedad. Vi soledad, engaño, avaricia y desprecié mi deseo de apartarme del hogar. Fue algo así como un ataque de ausencia que duro un minuto y en ese minuto vislumbré lo que Nostradamus: hambre, guerra y miseria; tantas cosas cruzaron por mi mente que no pude resistir el impacto y me di vuelta a casa.