Las puertas del averno también estaban fortificadas y llenas de requisitos y él se fue a meter por ahí como Pedro por su casa y ahí mismito lo paró un efectivo del DAS -toditos están allá, incluyendo los del DOC y el F2- preguntándole su procedencia y porque usaba falda y que esas cicatrices en la espalda tan sospechosas y que ese tufito a alcohol y en fin. A punto estuvo de ser acusado de espía y de hacerlo entrar a la sala de tortura donde, cuenta una leyenda, salió una vez un elefante, con visibles marcas de tortura gritando que el era un ratón y que era culpable de no sé que delitos, en fin, chismes de por allá. El caso es que antes de que lo metieran al salón inquisitoris como le llamaban, se recibió un comunicado del mismísimo Satanás, que acogía en el cielo, con beneplácito, a Palomino Palacio Sergio Andrés. Luego se enteraría de una llamada por cobrar del cielo y que entró en código, pero no supo que fue lo que se dijeron los directores de las dos torres para que le recibieran en el infierno de manera tan expedita y melindrosa. Lo que si se supo después, eso era claro, es que los expedientes del cielo y del infierno son el mismo sótano y que los dos contrincantes acceden a ellos por igual, mejor dicho, es como si los expedientes de todos estuvieran en el purgatorio, ni allá, ni acá y los revisa cualquiera a su discreción y Satanás ya sabía lo incómodo que había puesto Sergio Andrés a las huestes celestiales y que se había "aburrido" eso era nuevo y él andaba de una zalamería que ni poquitos. Lo mando entrar, le charló un rato, le dio cafecito con tostadas quemadas -de todos es sabido que en el infierno no se consigue nada en término medio o tres cuartos- y de inmediato le lavó el oído para que fuera uno de sus diablos menores a condición de que le contará el secreto de hacer rabiar a los habitantes del cielo. Palomino muy tranquilo le dijo que él no se contentaba sino con el mejor de los puestos, no sabía cual, pero el diablo tampoco sabía que el andaba a ciegas. "Ve home Checho -le dijo Lucifer- aquí el mejor puesto es el mío y no vamos a empezar peliando porque no te conviene, así que te recomiendo el de "jefe de comando infernal" y desde ahí nos vamos arreglando" Palomino aceptó sin titubear y de una le preguntó por las diablitas y los privilegios que podía tener allá en esos candeleros tan berracos. El diablo le dijo que las cosas allá eran serias, pero que no dejaban de hablar, que lo primero que debía hacer era ir a conocer a sus huestes y a encaminarlas al combate, que si el mal no descansa es porque el bien no se la deja fácil y entonces para poder conseguir almas, hay que trabajar y ese era el negocio primero de las huestes del infierno. Palomino decidió probar suerte y dejar el cuento de sus secretísimos inconformismos para después, pero no habría necesidad porque don Sata se iba a enterar muy rápido. Palomino Palacio no duro un mes en el puesto de Jefe de comando infernal, los soldados se quejaban del mal trato del "jefazo" como se hacía llamar y de los arrebatos de darles "tabla" y obligarlos a hacer "flexiones de pecho" y "saltos a la lámpara" por cualesquier nimiedad. Se les aparecía de repente en las literas diablunas y gritaba: "A formarrrr" o se empecinaba en que los tridentes debían estar impecables de relucientes y si veía una sola mancha decía: "A marcharrr ar". En fin que fue derrocado y pasó de jefe de comando infernal a jefe de escuadra y de ahí al de diablo raso y en ningún puesto se acomodó y empezó el dolor de Satanás cambiándolo cada ocho día de puesto. Lo puso de verdugo mayor encargado de chuzar y ordenar latigazos y él se ponía a conversar con los castigados sobre todo si eran damas y terminaba tomando café negro con ellas. Lo encargaron de la caldera en los sótanos infernales, sólo tenía que berrear para que algunos diablillos mantuvieran la porción de carbón en la caldera o para que, otros bombearan fuel oil al ducto de la más moderna de las calderas de reciente adquisición, la "westinghouse" que habían mandado a hacer para un nadaísta que todavía andaba por allá en el inframundo, pero que ya no daba mucho de que hablar, pero le entraba la modorra y se quedaba dormido y Satanás se enteraba cuando no le llegaba ni agua caliente a la ducha -cual caliente, si ese hombre se duchaba era con agua hirviendo que a ese cuero no le entraba ni el santísimo- y pegaba el grito en el... en el... infierno claro está: "Palomino desgraciado te volviste a dormir". Palomino preparaba su asalto al verdadero lujo y placer y trató de derrocar a Satanachia, el diablo de la lujuria y que controlaba a todas las mujeres, los poderes de Fleuretty de hacer todo de noche y de Lucífago Rofacale de mantener plata, no le atraían. No logró quitarle el puesto, pero se hicieron recontraparceros -a decir verdad era pura hipocresía porque Satanachia decía que era mejor tener ese, dicúlpenme la grosería, pero era como "poco bien parido" cerquita- y se dedicaron a conquistar diablitas y a parrandear con ellas, pero a decir verdad nunca se sintió a gusto con esas muchachas con cola y la berraca cola, para más, estorbaba bastante, aunque cosquillitas si hacía muy rico. De todas maneras las diablas, hasta las más lujuriosas no pasaban de ser unas diablas sin alma que todo lo hacían sin pasión y repetitivamente y Palomino Sergio se aburrió y cogió para otro lado. A decir verdad tampoco le atraían las gracias de Agaliarept de descubrir chismes, ni la de Sargatanás de hacer invisible y él mismo fue y se puso en la paila mocha y dijo: "echen candela pues" y apenas supo Satanás del asunto mando toda la corte infernal a que le echara candela a ese avivato y que le chuzaran constantemente para que no se fuera a reventar y le doliera más, pero Palomino no se fruncía y dale con la cantaleta: que bendita gracia esa de estarlo quemando a uno, que eso no valía la pena, que prefería sentase empelotas sobre un hormiguero de hormigas rojas, que upa pues y que pa'eso lo hacían venir a uno, que se modernizaran, que ahora andaban de moda las microondas. Ya el señor Belcebú no aguantó más y le dijo que hasta ahí la amistad y que suerte y lo desterró a los subsuelos del infierno y por allá volvió y se encontró con el grupo rockero, despedido del subcielo por resquemores con el antiguo panderetista y otra vez cogió el vicio del "chamber" que en el infierno se preparaba como "tequila smith antioqueño" con fruta liofilizada y cocacola que en el infierno sobraba porque de allá era el dueño. Las mismas rolas, las mismas zafadas, pero sin el tintineo de la pandereta y una que otra diablita por ahí de vez en cuando que se "descachaba" -es literal, porque Palomino decía que esos cachos no eran para nada femeninos entonces las topizaba mientras salía con ellas- y pasaba unas noches con él. Ya se sabía que Chucho había recogido quejas de su majestad Satanás y que hasta un alegato técnico habían tenido en cuanto a quien debía soportar a Palomino, si el cielo o el averno y eso terminó en pelea a coscorrones porque los abogados y los fiscales son todos privilegios del érebo y diosito no tiene quien lo defienda, pero Sampedro ahí mismo coge las de villapescozón y con eso basta para que se arme las de sanjuan. En fin, al diablo le llegaron con un careo que por un miembro viril y el protagonista no era menos que nuestro Sergio andrés Palomino que en una andada por los bares infernales se encontró al demonio de la lujuria al que le injertaron su miembro viril y ahí mismito le saltó encima y lo apretó con las dos manos diciendo: "esto es mío". El diablejo se confundió un poco y pensó que Palomino era uno del infierno LGBTI que era un sindicato que le habían montado a don Satanás los del supuesto tercer sexo para tener su propio infierno y hasta estaba dispuesto a complacer al ambicioso, pero por fin entendió que ese miembro tenía un dueño y que era esa empecinado ciudadano que no lo había soltado desde el momento en que lo vio y allí en la sala del tribunal donde regía, lo tenía de una mano como "el cuerpo del delito". En que pelotera se han metido y por fin palomino ganó la demanda, a condición de que se volviera para el cielo, pero en el cielo ya no tenía cabida y cuando Chucho supo de tal necedad infernal de devolverle el regalo, acordó devolverlo a la tierra y aquí está Sergio Andrés Palomino Palacio, en la tierra, en un bar de mala muerte a las dos de la madrugada, con un buen trago de vodka en las manos y una botella sin terminar, con una chica que le espera para hacerlo vivir las verdaderas mieles de la vida, mientras el entretiene una multitud con los cuentos de su periplo por cielo e infierno y halaga la vida como única y majestuosa y desprecia todos los puestos del cielo y del infierno.
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