domingo, 29 de abril de 2018

Profesión discreta

Todos le llamaban Roeth, era un tipo que vivía al extremo de la cuadra, en un apartamento del segundo piso, que tenía las escalas por fuera. Seamos sinceros, yo nunca le había visto realmente. De pronto al pasar alguien lo nombraba: "Hola Roeth" y de allí no pasaba. Mi terrible apatía, no me hacía apto para la interacción social y además de él se decía que era bastante grotesco y mal humorado. Ni siquiera se me ocurría ir a ese lado de la cuadra. Por allá mucha gente armaba fiestas de baile y sancochos en la calle y no, no me apetecía ir a mendigar un plato de sopa o a jugar con los demás niños de la cuadra alrededor de la olla. Contaban que Roeth ya había peleado con la mitad de los padres de la cuadra por uno u otro motivo. La mayor de las veces él no saludaba, ni devolvía el saludo si se lo hacían y miraba con ojos entrecerrados y ceño fruncido a algunos vecinos que se pasaban la tarde en los balcones observando hacía su zona, para decir más, decían los mismos vecinos que el tipo tenía un "humor de mierda" y que "sólo le faltaba gruñir para identificarlo como cavernícola". No supe mucho de nadie más y no duramos mucho en esa cuadra. Por el trabajo de mi padre debimos trasladarnos de casa muchas veces y la verdad jamás volví a oír de ese tipo  o de esa cuadra. La imagen de este texto me sobrevino cuando en una sala de espera de un consultorio volví a oír aquel nombre: "El doctor Roeth no anda de muy buen humor hoy" alcancé a escuchar. Incrédulo me dirigí a la placa que pendía en la puerta para comprender que no estaba equivocado y entender por fin, de una vez y para siempre la predestinación y la implacabilidad de un nombre. La placa rezaba muy simple, "Dr. Weiller".

jueves, 26 de abril de 2018

Todas las cartas sobre la mesa

En un juicio a plena luz del día se reunieron los cuatro que les voy a relatar, la primera que habló fue la madre y habiendo jurado sobre la biblia comento: "Ustedes saben que ser madre no es fácil y el dolor de madre sólo hay uno, les hablo desde el corazón, les juro que así pasó: mi niña iba tierna y tranquila por el bosque, cuando un tipo extraño salió y la asaltó... la agarró. La engañó, la violó, la tiró de la mano. La arrojó a un abismo con su futuro, un futuro feliz seguramente, si no hubiera pasado tal infausto. Luego con saña mató a la abuelita, la descuartizó con los dientes y le hizo mil maldades. !Culpable digo yo¡ el tipo es culpable. !Castíguenlo¡"
Terminado el reporte del primer testigo, tomó la palabra el abogado defensor, quien después de acomodarse la corbata y estirar el cuello, Miró a la audiencia y al jurado y por último guiñó el ojo al juez y a una chica que andaba en primera fila. Al final por el giro brusco, no supimos a quien fue dirigido, pero así habló: "Tenemos pruebas de que no era niña, acá está su certificado de nacimiento, catorce ya cumplidos. A esa edad ya se está de merecer. Además supimos que su profesión, era ramera... profesional, es decir, cobraba por ello. La presunta víctima secundaria en este presunto delito, su abuela, era la celestina y se encargaba de encubrirla y de conseguirle clientes, entre los que, por fuerzas hormonales que sabemos imperiosas, estaba mi cliente. Reconozcamos que también estaba un poco embriagado. Lo normal en hombres de pelo en pecho respetables. Como ven, existen atenuantes: Ebrio y provocado estaba mi cliente. Yo pido el indulto."
Fue claro y preciso y la audiencia quedó conmovida. Se hizo el silencio y lenta y solemnemente se levantó el fiscal a rebatir a su oponente y a denigrar del reo. Esto fue lo que dijo: "El tipo está sucio y no se ha afeitado, tiene mal aspecto es un zarrapastroso... se ve a la legua. Sólo hay que echarle una mirada para ver que no sólo tiene cara de culpable, sino que viste como tal: su ropa está rota, vive alucinado, tiene ojeras, olor a tabaco, mal aliento. No se olviden señores que en el cuento el lobo es el malo y no hay discusión. Señores del jurado, las pruebas se adjuntan, aún tiene sangre en la ropa: con alevosía mató a la abuelita, lo sabemos por el desorden y la sangre, también mató a la niña, que catorce años, en el ser humano, aún determinan a un crío. Mató a un testigo del cual aún no ha confesado y !pardiez¡ Si aún no lo está digiriendo. !Ejecútenlo¡"
A todas hubo voces y algarabía que el juez acalló con unos golpes de su Mjolnir. Y para espasmo y burla de todos los presentes, se levantó el lobo, ocupó el estrado y dio su versión de los hechos. Yo creo que fue mordaz, pero de una manera casi imperceptible y esto fue lo el reo contó: "Pueden ahorrarse todas las pruebas, de semen, de sangre y de ADN. Hasta la psicológica. El juez, el fiscal, la sala, el jurado. La niña y la abuela cometieron suicidio y fue suicidio agravado. Señores no olviden que yo soy un lobo, predar comer carne en mí es algo natural... fueron mi almuerzo.



domingo, 15 de abril de 2018

Cacao sabanero

Trató de tomar a la derecha y se dio cuenta que su cuerpo no le respondía, trató de enfocar su destino o de recordar que hacía allí parado y de pronto un ramalazo de electricidad lo iluminó y levantó la mano al carro que pasaba pero no reconoció un taxi ni una moto que frenaron de improviso, casi estaba seguro que sólo había levantado la mano, pero la chica que acompañaba al taxista le gritó algo, supuso que un insulto. El conductor del vehículo apenas si lo miró cuando le hizo la señal de equivocado con ambas manos. Un hombre que estaba en la acera le dijo que porque no respondía al insulto de la pasajera de la moto "¿no se dio cuenta que lo insultó?" lo miró y de nuevo el ramalazo de electricidad en su cerebro le hizo decir "no entiende" y pensó que lo había hecho en perfecto japonés como acostumbraba a decir a quienes le llamaban la atención en la calle para despistarlos y perderlos. Cayó en cuenta que esperaba un Renault 12 rojo y lo vio bajar por la parte más alejada de la calle. Descubrió con placer que su cuerpo le respondía en esa dirección y lo siguió hasta el siguiente giro. Allí se detuvo y reconoció a su hermano y a su amiga de toda la vida, se gritaron y levantaron las manos pero de todo lo que gritó no recordó nada un instante después que su hermano se bajara y el coche siguiera su camino. Entendió como que algo botaba aceite y lo llevaba urgente al taller. Tampoco entendió las razones de su hermano para no ir directo a casa y alejarse y perderse. Se sintió muy a disgusto de tener que caminar hasta su casa solo. Organizó lo mejor que pudo sus pensamientos y trato de ubicarse. Su primera impresión lo traicionó pues pensó en tomar una falda empinada a solo tres cuadras de su casa y se objetó a sí mismo que estaba más lejos de lo que imaginaba, pues aún debía pasar por la universidad de Antioquia y el jardín botánico antes de llegar a esa falda y eso no eran tres cuadras. Caminó. Cuando volvió a pensar en su situación se dio cuenta que había dejado caer varias cosas de su mochila, pensó por primera vez en lo que llevaba encima. Su portátil y su grabadora de cinta tipo walkman, ¿un yoyo? !qué carajos¡ se dio cuenta que rodó e hizo esfuerzos para mantener en su cabeza sus pertenencias y no dejarlas olvidadas. Hizo una lista y  con mucha dificultad, casi esfuerzo sobre humano, se acercó al yoyo y lo recogió, lo devolvió a su mochila. Caminó. ¿Señora que le debo? Nada mijo usted no ha pedido nada. Hace rato que llegó y se puso a jugar con esos chinches pero no me pidió nada. Uy señor disculpe, creo que lo herí con mis zapatos. "No se preocupe" dijo, aunque la herida era superficial, sangraba. Se volvió y señaló dos estuches en el suelo, le era imposible decir lo que eran, pero sabía que eran suyos, los reconoció suyos y con seguridad pensó que les dijo a los chicos que los recogieran, pero sólo señaló como si estuviera ebrio. Los chicos entendieron, los recogieron y se los entregaron y el se los guardó en la mochila que aún contenía su portátil. Preguntó como llegar a su barrio y le señalaron unas escaleras. Se asió fuertemente y trató de ordenarle a su cuerpo que subiera, lo hizo penosamente y ascendió hasta una casa más alta. Le propusieron jugar a la sorpresa y le tocó a él, limpiar la casa, según rezaba el papel que desenvolvió. Le dieron la mala noticia de que ese camino estaba cerrado hacía varios años. Se asomó y efectivamente notó que faltaba un tramo de puente y que se podía salvar de un brinco, pero no en sus condiciones. Se sintió desolado y por fin de su boca salió algo coherente para pedir el favor de que le llamaran un taxi. ¿Si vendrá por acá a recogerme? Claro que sí y ¿no estarán preocupados sus amigos? ¿conoce usted a mis amigos? Si ¿no son los que viven allá por la ve?