Yo no quería alargarme tanto con esta historia, pero no puede dejar de contarse tal cual pasó. Sergio Andrés Palomino Palacio trató de conseguir el puesto de arcángel y se enteró de que era necesario nacer arcángel por obra y gracia de nacimiento y que no se podía aspirar a tal puesto, ni por mérito ni por gracia. Como pudo movió influencias y le nombraron -ya estaba muy mamón- Chambelan de Sam Miguel y por ese lado se metió y averiguó lo que había que saber, que los arcángeles no se criaron en el cielo y que eran hijos directos de dios, pero que a chucho no se le podía hablar de la mamá de esos buchichorriaos, que porque ella le fue infiel y le hizo la vida imposible y como que se la jugó por ahí con otro dios de la cultura Hindú, sino estoy mal un tal Brahmagupta, que no era propiamente la manera como el creador se refería al cornúgeno, que era sólo una alusión poética, nada decorosa ni que se esperara de él, mejor dicho, por eso fue que cuando bajó a la tierra decidió permanecer célibe. Se enteró además que los arcángeles nacían con alas por no sé que cuento con un cruce genético de una paloma o algo así y que los nombres, pura cursilería del viejo, tenían que terminar en "el": Miguel, Azrael, Uriel, Gabrielle, Rafael... Pues con las ganas que tenía de visitar el refugio de las once mil vírgenes -no me pregunten como ocurrió o que hizo- pero contrató a un cirujano plástico, se cambió el nombre a Andrel y esperó la oportunidad de fugarse a un spa, mientras se curaban las heridas de los injertos. La operación duró más de lo planeado y fue encomendada al santo patrono de las gallinas, que si me disculpan, no sé como se llama, pero seguro que hay uno. Inmediatamente despertó en el spa después de la convalecencia, se lució dos poderosas alas frente a un espejo y no vió la hora de curarse del todo para arrancar volando al cielo de las angelitas. Llegó presuroso y la lujuria le llegaba al cuello, no le importó que luego lo expulsaran, el iba dispuesto a violentar la gracia divina y cogió a la primera que se encontró, imagino que era el ama de llaves porque era la encargada de abrir y cerrar el recinto y le subió los hábitos y el arrancó a subirse la túnica con mucho afán, pero cuando se mando la mano a la entrepierna propia, descubrió que allí no había nada y eso es literal, nada, nadita de nada. Casi se desmaya, por poco le da un paro, ¿cómo le iban a hacer eso? Hasta ahí le llegó el ataque de lujuria. Se volvió al cirujano y este le mostró el contrato donde decía "convertir en arcángel" y la dichosa operación, llevaba consigo la retirada de los órganos del placer. Peleó, pataleó y demandó hasta que lo regresaron a su forma original, le devolvieron su instrumento -hay que decir que no el propio porque los miembros grandes que resultaban de algún donante eran injertados inmediatamente en los diablos encargados de castigar la lujuria que aparecían en una lista inmensa de espera de donantes- y le cortaron las alas, pero esa platica se perdió. Recuperó su nombre normal y volvió a ser Sergio Andrés Palomino Palacio. Vagó por los cielos como alma en pena, se embarcó en una cruzada por descubrir angelitas y llegó a los suburbios del cielo. Los más rebeldes construyeron un sub cielo donde podían tomarse unos tragos, la verdad es que en el cielo estaban prohibidos los licores, pero allá preparaban con el alcohol de la purificación, una especie de "chamber" mezclas iguales de alcohol, agua y terroncitos de azúcar. Dejaba un "tufo" tremendo y su sabor era asqueroso, pero después del segundo o tercer trago, ya sabía mejor y no le importaba mucho al bienaventurado que ya se encontraba en estado de embriaguez. Por allá conoció a una banda roquera que murió entera en un accidente de avión y que fueron expulsados del infierno por no sé que concepto legal contra el monopolio, que le prohibía a Satanás quedarse con todas las almas producto de un mismo deceso y eran la banda principal del antro donde vendían el "chamber" aquel. No es que tocarán muy bien, pero mataban el tiempo con las mismas rolas y al final a uno se le iba pegando el swin. Fue allí donde vió un greñudo que tocaba la pandereta y descubrió que era el mismísimo Chucho, le contaron que desde que el grupo llegó al cielo, él se les pegó como una lapa y los molestó y los jodió hasta que lo dejaron que les marcara el ritmo con el pandero, pero que nada de meter la voz ni en los coros porque, dizque que él era malo en solfeo. Se aburrió de los remesones, de nada de nada de angelitas y de escuchar los sonsonetes de esa banda de chuchumecos y del marcadito descompasado de Chucho y se le ocurrió que tal vez en el infierno encontrara paz y sosiego y empezó a maquinar como fugarse del cielo. La cosa no fue tan difícil, preguntó por donde era la salida, atravesó el patio, el porche donde se sentaba Sam Pedro en las puertas del cielo con las llaves pendientes de un cinturón así como de fraile franciscano, se pasó por unos extramuros y se adentro en los fuegos infernales, no sin antes hacerle una señal obscena con el dedo medio al portero que le caía mal desde su llegada.
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