sábado, 11 de abril de 2020

Félix María Serafín Sánchez de Samaniego y Zabala. Poesía pandémica.

Quiso el infausto hado
hacerse cargo del mundo
y en un descuido profundo
quedó el planeta parado

Un ser ínfimo y tirano
se apoderó del planeta
y ataco cual vil chincheta
!voto a tal¡ deteneos

La igualdad al fin brotó
pensamos los filisteos
pero el pobre y el anciano
pagaron los platos rotos

El mal puede que todo arrase
pero el enemigo no fue tan malo
más mala fue la águila propia
que mata, trincha, devora, pilla y vase

Al principio nadie supo
que desgracias le cupieron
en casa los embutieron
y fueron todos en grupo

Pensaron en vacaciones
fiesta, rumba, juerga y jarana
y hete aquí que se alargaron
la libertad, fue lejana

Los muertos antes que brotar manaron
los contagiados repuntan
pero las pruebas rápidas
bastante se demoraron

Nadie sabe cual es la causa
ni el nombre del acusado
pero hay que estar alejados
y lavar las manos en pausa

Discuten por tapabocas
y por guantes de látex crudo
mas por mal usar el felpudo
las cuentas quedaron ñocas

Se sacraliza el gel con alcohol
se alaba el desinfectante
se castiga al pobre tunante
y al que no hable español

Los aeropuertos cerraron
después de traer el virus
y luego con arcabuz
trataron de hacerle frente

Maduro dona dos secuenciadoras
que harto que le hacen falta
y el genio en la portería
las rechaza con maestría

Autoridades decretan harto
ayudas, pan, mercaditos
entregan dos que les filman
y cuatro que van pa'l saco

Las familias antioqueñas
aportan en el papel
y descuentan en impuestos
lo que sale del carriel

Los artistas repuntaron
donando horas en vivo
se lucieron del archivo
lo que nunca les compraron

Un tenista muy famoso
con plata hasta el entresijo
donó orondo el muy canijo
un suéter bien sudoroso

Írrito y tonto me quedé en casa
arriendo, sevicios, streaming, parabólica
hubo que hacerles conejo, mica
por la barriga que pide grasa

Dicen que causa gripa
dolor, náuseas, quebranto
moquera, rabia y espanto
si los pulmones constipa

Empieza a faltar el aire
y la tos seca lo anuncia
y todo amigo renuncia
si toses lo que respire

Díjetelo, dígotelo y dirételo
que no es tan malo el agravio
y que el gobierno se lavó, obvio
las manos con el aislado

El sistema de salud propio
no alcanza a atender miaja
que los padres precursores
lo asaltaron desde antaño

Diez pisos, un médico y tres enfermeras
cuatro camas, muchas deudas, ni una sola máquina buena
UCI no acierta a tener, pero si un ventilador
que no prende y es de techo y un aspa tiene cojera

Un sabio fenomenal
predijo que habría recesión
!salve dios qué colofón¡
!qué hombre, que prócer más colosal¡

Me retiro en un sólo frémito
me vuelvo a mis animales
que los quiero y valen más
que cualquiera humanidades

!Vade retro Satanás¡ !oxte puto¡
aléjate de mi lado
que la ayuda del gobierno
no alcanza para un sudado




viernes, 10 de abril de 2020

Las perversiones de Ana

Su primer beso lo prodigó cuando estaba en el jardín de niños a un hermoso bebe de ojos azules y ella aseguraba que "fue con "beso francés" obvio con un gringo de esos" y apenas tenía cuatro años y de allí en más su vida estaría marcada por una constante sexual similar a la de Julieth de Sade, pero con visos de realidad, si pudiera expresarlo, como una Julieth latina. Recordaba que a la edad de cinco años se sentaba con su padre a ver televisión y en las escenas un poco fuertes ─nada exagerado, una pequeña escena de sexo seco de una serie en la franja no familiar y nada que al comparar con un baile actual no deje al primero sonrojado por lo pueril─ se tocaba la entrepierna y decía "es que me hace cosquillas aquí". El padre incómodo buscaba unas caricaturas o salía con ella a buscar una distracción y desde ya comprendía que su hija tenía una especie de mecha adelantada, su madurez sexual aún distaba una década por lo menos, pero, de alguna manera, en su cerebro, se había adelantado, aunque a veces pensaba para sí ─preocupaciones de padre novato─ al final de cuentas sólo tenía a Pablo de 8 años y a Ana  de 5 y por el bienestar de su bolsillo no pensaba engendrar más y le había dicho a su esposa que se hiciera operar. Ana, como "María la Bandida", se chupó su primera rasca de una cantimplora y luego esperaba con ansias los restos de aguardiente que el abuelo acostumbraba a tomar religiosamente todas las mañanas y en las navidades y fiestas lograba hacerse con varias pintas del vino dulce "Cherry" que repartían con las galletas. No era alcohólica y nunca lo fue, pero eran momentos de felicidad imitar al hombre ebrio de la casa que llega a implantar orden en el gallinero.  Durante su pesada niñez, Ana vivió muchas pasiones infantiles, cuando jugaba con sus amigas del barrio, siempre hacía el papel de papá y ella lo disfrutaba dando órdenes, golpeando a sus compañeras ─las mamás del juego─ en las nalgas tiernas en señal de posesión como vio hacer al macho humano en tantas series y películas y cuando estaban solas, se acostaban y Ana se subía en ellas vestida y fingía una penetración ─la verdad es que sólo brincaba como una loca─ que, a las otras amiguitas dejaba estupefactas pero que "así debe de ser el juego" y constantemente se despedía o llegaba estampándoles un sonoro beso en la boca. A los nueve años tuvo un encuentro con su hermano; ya muchas veces lo había visto al orinar interesada en ese tubo curioso que ella inútilmente se buscaba cuando estaba sola y suponía que habría de crecerle como vio crecer el de su hermano y en una noche que fue especialmente larga, ellos igual dormían en la misma habitación y compartían todo, ella se pasó a la cama de Pablo y comenzó a buscar bajo el pijama hasta que halló el insignificante tubo y empezó a tocarlo y a examinarlo con atención. Pablo se despertó y fingió el sueño y sufrió de una pequeña erección con la que ella quedó maravillada y más convencida que un día le crecería uno de esos y lo tendría para sí misma ─no se equivocó, tuvo cientos a su disposición─ y se volvió a la cama a soñar con lo que haría con su aún no crecido juguete. A los doce años comprendió que no tendría un juguete como el que añoraba, pero eso no le impidió tener su primera experiencia sexual con Paula, una compañera del colegio que también era su vecina y que maliciosamente compartieron cama después de una pijamada. Se abrazaron tiernamente luego de que las dejaran solas y ella sufrió una erección, su clítoris y sus pechos se ruborizaron y se hincharon y, no amorosamente, como suele ocurrir, sino en un arrebato místico, Ana frotó su henchido cuerpo contra el de Paula y la disfrutó y la poseyó de todas las maneras posibles. No es de dudar que Paula lo disfrutó puesto que seguía buscando oportunidades para repetir el evento. Se buscaban en los baños y no era raro que entraran juntas al mismo y se dieran besos apasionados, aprovechaban las tardes en casa cuando los padres pensaban que hacían tareas para desfogarse la una en la otra y de allí surgió el amor que Ana jamás olvidaría. No obstante a los catorce años, un chico adorable le hizo perder la virginidad y ella quedó igual de encantada y en su cerebro no había ningún debate, se podía pasar igual de bueno con una chica que con un chico y a esas andadas dedicó todo el albor de su juventud, coqueteaba con las chicas y sonsacaba a los chicos y todos se veían atraídos a ese vendaval rojo que absorbía y quemaba. Recordaba claramente a su madre cuando le preguntaba enojada en su niñez "cuando le iba a crecer el tubito entre las piernas" y la madre, sin sorna, le decía "tranquila mi amor que con eso que usted tiene se va a conseguir muchos de los que quiere". No hubo falsedad ni engaño, primas, primos, amigos, amigas, compañeras del CEFA y mujeres entradas en edad fueron suyas a discreción y ella no se ruborizaba, por el contrario, contaba las aventuras como si de una película se trataran: Manuela la de la tienda, Sofía, Lucy y Laura las vecinas, Lady y Andrea las compañeras del colegio, Luisa la prima, por no incluir a Ferney, Jaime y Andrés, fueron presas de sus deseos y conocieron, por primera vez, a la fogosa pelirroja que no le hacía honores a las virginidades de una ni de otro. En lo que a iniciados se refiere, que sus encuentros sexuales fueron tantos y tan frecuentes que no estoy aquí para cansarlos con nombres y aventuras del mismo tono ─y no pretendo que el cuento se vuelva un tomo quijotesco  como los que mostraban los procesos de la inquisición─ y con tan diversos ya iniciados. A los 17 años estaba convencida que era bisexual y se consiguió un hombre como excusa y fue su novio por 7 años, pero sin olvidar a su primer amor Paula que ya se había casado ─casado con otra chica y adoptado un hijo de ella─ y tenido un hijo, pero que cuando se decidía a ir a buscarla ─y la encontraba siempre─ se le sentaba en las piernas y le hablaba cosas al oído y Ana sucumbía a sus encantos y desaparecían en un taxi que las llevaba a algún nido de amor. Una semana más tarde ella juraba que Paula no le volvería a hacer eso, pero verla y caer en sus brazos era la misma acción. A los 25 decidió abandonar al novio con el que se pensaba casar y disfrutó de poder atraer a sus redes indistintamente a hombres y mujeres y a veces a ambos al mismo tiempo, aunque a veces se cohibía de demasiado placer y sabía como controlar ese fuego en ella para no caer en cualesquier sábana. A mí me contaba estas historias y yo las puse acá, soñando con las perversiones de Ana y con Ana, con esa pelirroja andando desnuda por el corredor de mi casa tratando de romper alguna ventana para colarse, con su risa infantil, su cara blanca y angulosa de femme fatale, con su desparpajo para hablar de sexo como si se tratara de las onces, con un cuento de censura social en los labios y con sus mil artimañas, pero sabiendo que jamás podría luchar contra la supervillana Paula.

jueves, 9 de abril de 2020

La gran familia del aislamiento obligatorio V

Patricia Alvarado Viuda de Restrepo fue golpeada por su cónyuge en un arrebato de histeria provocado por el aislamiento preventivo ─siempre se ha sabido que los machos en aislamiento son más violentos e impredecibles─ no pudo ir a una comisaria porque debido al virus están trabajando desde casa y aunque ella se conectó desde su teléfono inteligente, le fue imposible saltar todos los requerimientos para poner una demanda contra Elkin de Jesús Restrepo. Al final, los moretones se diluyeron y la sangre se estancó y ella se quitó de nuevo el "viuda" y lo recibió de nuevo en su cama orgullosa de tener un macho tan respetable.

Rossana y Julián Contreras son niños maltratados por sus padres que no pueden escaparse de su casa por temor al contagio, ella le ha dicho a su madre muchas veces que su padre abusó de ella, pero la madre ha permanecido incrédula y por respuesta le ha dado otro bofetón por inventar mentiras. El niño permanece callado, pero las marcas de los golpes tardarán más de quince días en desaparecer y las estaciones de la policía también están ocupadas con la cuarentena y no tienen tiempo para "niñerías".

Andrea Pulgarín Ceballos no soportó la encerrona y se reunió con unos vecinos para desahogar esa calentura que la tenía hirviendo, no recuerda cual de todos olvidó usar condón porque la regla no le llegó y ahora no sabe como excusarse con sus padres. Ha pensado sinceramente que inventar una historia cómo la de la concepción sin pecado es una perdida de tiempo aunque sus padres son católicos y creyentes a ultranza. Espera que pueda escaparse al aislamiento y comprar una pastilla del día después y que funcione o si no tener al chino porque ¿que más se hace con tanto católico? darles más.

Víctor Santiago Espineta Méndez vive en un sitio tan pequeño que no ha podido evadirse con su amante y aunque vive conectada con ella por red, debe ser muy cuidadoso de que su mujer no le detecte la cara de lascivia cuando ella le envía fotos y videos desnuda, por fortuna tiene un programa de ocultación muy bueno y el móvil tiene bloqueador de huella y contraseña. No se imagina lo bien que la va a pasar el martes en cualquier parte con ella y tampoco se imagina las peripecias que ha tenido que hacer su esposa para poder enviarle videos y fotos a su amante propio.

Damián Palacio Sierra no puede creer que el aislamiento se alargue, está cansado de masturbarse y de pensar en su novia que sigue reacia a darle la prueba de amor, pero sabe que si pudiera encerrarla, invitarla a algo, un baile, un parche, tendría la oportunidad que no ha podido tener en esta cuarentena, ahora es tan de malas que se la roba otro sabiendo que él le ha gastado bastante para que le toque nuevo. Urde planes para la primera semana de desencierro pero ya le advirtieron que el toque de queda se extiende a adolescentes y a viejos. El busca una cédula para poder escabullirse a donde su amada.

Misael Durango está harto de los mimos de su mujer, pero ha tenido la virtud de mostrarle afecto y hacerle el amor dos veces por semana, no se extrañará cuando deba quedarse en la oficina varias veces a adelantar trabajo atrasado y deba apagar su móvil para concentrarse.

Ezequiel González Mazo no conoce de tecnologías ni de ventanas de incógnito y ha debido estar aislado de sus queridos adolescentes por el tiempo total del aislamiento y ahora le dicen que no puede salir al terminar por un toque de queda de la decrepitud. Por fortuna sus muchachos podrán ir a visitarle y él cuenta con dinero efectivo para pagarles. Ya la espera no es mucha.

Adriana María Aristizabal descubrió que su esposo recibía fotos de su amante y videos, también se enteró donde vive y que es casada, hasta se enteró en donde trabaja y donde se van a ver el lunes. Supone que reaccionar exageradamente no le dará ninguna ventaja y ella lo que quiere es deshacerse de ese trapo viejo, de ese lastre por el que no siente nada hace años, esperará hasta el martes y cuando no aparezca le echará fuego a la casa y a todas sus cosas y se volverá a la esquina de siempre, más fuerte y más segura de que las mujeres felices no existen y que no se pueden comer perdices para siempre.

María Libia Toro vio reunida a su familia completa por vez primera en 11 años, la mayoría estaban más pendientes de su celular que de la cena, pero fue un gusto tomarle la foto a la comida servida, no hubiera sido una buena foto con los comensales ocupados cada uno en sus cosas.

Pablo Naranjo descubrió lo inútil de ser ludita, xenófobo ─entendiendo que su xenofobia se extendía a la casa vecina a 600 metros de distancia─ misántropo y ácrata. Nadie se enteró de sus lecciones, nadie se arrimó a darle saludos y no tuvo necesidad de esforzarse en la cuarentena. Cree firmemente que así debería ser la humanidad y propende por continuar sin saludar, sin abrazar y sin besar a nadie, sin aproximarse a nadie y sin el afán social de ser hipócrita con nadie. Para él la pandemia es la solución y los métodos para contenerla la practicidad en pleno.

María Isabel Tamayo Tamayo cree improbable la extensión de la cuarentena y está programando desatrasarse de todas las rumbas que no hizo en estos 20 días: piensa fumar "mariguana" el 4:20 hasta perder la conciencia y salir cada noche a una taberna distinta con un licor distinto y con un hombre u hombres distintos, no espera que la vida le vuelva a dar tan duro y que si le da, que se haya desquitado en su fuero interno para siempre.

Beatriz Valenzuela y Mario Castiblanco, ambos trabajadores de la salud han visto su mundo atacado por la ignorancia, les han dejado de lado y les prohiben usar zonas comunes, en los supermercados los aíslan y los apuran para que salgan pronto; en la calle, al verles el traje típico, se les apartan por cuadras y ya han llegado al colmo de agredir a Mario dos veces y a Betty una vez. Quedaron con moretones y raspones y una que otra contusión, pero lo que más les dolió fue el abuso contra su ropa de super héroes.

Carmina Esther Loaiza sólo es peluquera de arrabal, pero le pegó salir con su uniforme y alguien confundido la hizo trastabillar de su moto. Está en Policlínica esperando que los médicos se desocupen para atenderla porque no hubo policía, ni guarda de tránsito, ni buen samaritano que le ayudara a pararse y a coger un taxi.

jueves, 2 de abril de 2020

Multitudes

¿Les ha pasado subirse a un bus y sofocarse por la cantidad de gente? Esta semana debí viajar a un pueblo amarrado a la ladera de una montaña, como casi todo pueblo antioqueño, y para llegar a la terminal del sur me embarqué en el metro, nada más ver ese gentío me provocó un ataque de ansiedad, respiré varias veces, despacio, antes de poder subir por las escaleras externas de la estación y apenas pagaba el importe de recargar la tarjeta con integrado me entraron ganas de vomitar. Mandé la mano a la boca y ejecuté una maniobra hic para apretar mis músculos internos y evitar la arcada. Sabía que al regreso necesitaría de nuevo el metro y le pedí al dependiente que me llenara además otro pasaje. Son cinco mil señor. Pasé las registradoras y me sentí un poco mejor, aunque al subir a la plataforma y ver la locomotora pararse frente a mí, yo con ese gran paquete que es mi guitarra acústica y la parafernalia de toque, me sentí morir. Sudaba copiosamente, no me acostumbro al calor de Medellín, pero tampoco me acostumbro a quitarme la chaqueta y la camiseta de manga larga de uso cotidiano. Traté de buscar mi mp3 pero el conglomerado era absurdo a esa hora de la mañana y antes de empezar a hurgar en mi chaqueta, sabía que no lo lograría. Respiré profundo de nuevo, cerré los ojos, me trasladé mentalmente a la estación requerida, repasaba en mi mente el nemotécnico de las estaciones NIBEMATRICAHUOPRA SAAEXIPOAAYUEITA ¿me bajaba en esa E? no, me bajaba en la PO. Apenas pasó de SA, sentí un descanso pues allí se baja mucha gente, aunque aún eran demasiados mundos en mi cabeza, tanta estúpida gente, con tanta estúpida idea, con sus estúpidas caras de idiotas. Casi todos pegados de sus redes, no había que mirarlos para intuirlos. Leía o escuchaba el nombre de la estación y me repetía como un consuelo. Falta poco. Si pudiera ponerme mis audífonos, mi banda sonora podría espantar este asco. Lamenté no haber previsto tal inconveniente, el estoraque de mi guitarra lo llevaba como un morral y eso me impedía aún más, un movimiento natural, logré asirme a un pasamanos cercano a una puerta y vino a mí la imagen de Gregorio Samsa queriendo sentir la presión del sofá en su espalda... esa era su seguridad y la mía consistía en evitar a la gente. Soporté hasta la estación PO y me bajé, pregunté por el integrado, pero al ver a tanta maldita gente esperándolo, decidí seguir a pie y olvidarme del transporte público. El peso de la guitarra en mi espalda se asentaba, pero no quería cargarla entre las manos. Yo no tengo nada de antioqueño, no me gusta el hierro entre las manos, ni en el cuello. Desgraciado de mí porque vino a mi mente el transporte hasta el pueblo y otra vez sentí un mareo, tomé un poco de líquido refrescante que llevaba en mi chaqueta y prendí un cigarrillo, esperaba que el bus tuviera aire acondicionado funcional y sillas sin acompañante o monoplaza que son las que me gustan para no tener que hablarle o pedirle permiso a mi coviajero, por lo menos esas estúpidas esperanzas metí en mi cabeza. Tardé unos quince minutos recorriendo los 800 metros que me separaban de la terminal bajo un sol ardiente. Hice memoria de lo que debía hacer, en unas seis horas estaría cantando en un bar para amigos y bastaba con las letras que llevaba. Perdí mis pensamientos en la seguridad que me daba el llevar buenas letras o lo que yo creo buenas letras, pero al ver las filas para la compra del pasaje se me helaron las venas, tres filas inmensas y ninguna se movía. Pregunté, me señalaron una de ellas y allí me detuve. La fila se movía irregularmente. Se escuchaban quejas y maldiciones, Intuí y rogué que no fuera eso o, en mi interior, agradecí que fuera eso y que el hecho de que no pudiera viajar, dependería de lo que me molestaba y no de mi interés en alejarme de ellos. La multitud era tanta y quien hacía fila a mi lado decía que iba a por los tiquetes para tres días adelante. Casi 40 minutos después llegué a la taquilla y el ciudadano detrás del vidrio me dijo impávido. Para las cuatro. Hice cuentas y llegaría como a las doce de la noche y ya no podría asistir a tiempo. No supe si agradecido o maltratado me regresé a pie al metro y sufrí por segunda vez en un solo día la sensación de asco y desprecio por las multitudes. Me conecté a la red y le conté al doliente la razón de la cancelación. Me pidió que le ayudara a redactar una excusa y apenas tengo hoy la oportunidad de hacerlo. La multitud mi querido G, la multitud tuvo la culpa y no sé si quedarles agradecidos.

miércoles, 1 de abril de 2020

La gran familia del aislamiento obligatorio IV

Armín Cortés no vio cambios drásticos en su vida, todos los días se levantaba a trabajar y todos los días debía cumplir con las normas impuestas en el trabajo: cubreboca, guantes y gafas, simplemente para empacar galletas y mantener la cadena transportadora lo más libre posible. Tenía un pase como productor alimentario y con él viajaba a todas partes, si lo cogían de ida, decía que apenas iba al trabajo, si lo cogían de venida decía que apenas venía. El pase era una hoja que argumentaba las restricciones por las que tenía pase, el nombre y el número de cédula. Su familia no salía, pero él llegaba puntualmente a comprar provisiones y le parecía de lujo tener el privilegio de caminante.

Aurelio Zamora Pérez tiene un puesto en la plaza y debe atenderlo todos los días. Su cambio más fuerte es que él mismo cree que se arriesga demasiado y que también debería tener vacaciones como los demás. En su lugar de trabajo usa una mascarilla por orden de la dirección, pero casi nunca la tiene sobre la nariz porque igual no cree que la solución sea eso.

Parmenio Tovar es uno de los pocos que dejó su trabajo para la casa y desde la empresa le exigen más que de costumbre, debe dar pruebas de su presencia frente a la máquina constantemente por lo que la empresa activó su cámara y registra los tiempos en que se levanta. Quisiera uno que teletrabajar fuera más cómodo, pero los negreros requieren no sólo hechos sino horas de estar sentado frente a la pantalla.

Ulises y Vanessa usan sus cámaras pay per view caseras y no han tenido que mover su negocio, ni se arriesgan tratando con gente. Ella o él hacen el show requerido ─según los gustos─ o ambos y el dinero se les consigna electrónicamente. Para ellos la vida no ha cambiado y su puesto de trabajo tampoco. Les afecta sólo salir a aprovisionarse, pero están seguros y calentitos.

Santiago Sanclemente Espitia profesor de artística, decidió salir a pasear desde el 31 de marzo, alega que el gobierno adelantó las vacaciones y que por tanto está en vacaciones, aunque discurre sobre el mensaje televisivo que dice que no son vacaciones. Al cabo pues, pregunta si son o no vacaciones y que se decidan para saber que hacer con su tiempo libre. Vacaciones en reclusión no son vacaciones, arguye.

José David López Parra está en prisión hace 22 años y no ha sentido la cuarentena, aunque constantemente les obligan a lavarse las manos y aíslan en celda a cualquiera que presente signos de agripamiento, las salidas al patio han disminuido y las visitas no llegan. Igual él hace 12 años no recibe ninguna visita... ni le importa.

Mercedes Palacios Mena es enfermera de tiempo completo y la vida le ha cambiado un poquito, no porque esté en cuarentena o aislamiento, que todos los días va a trabajar, sino que le han ampliado las horas extras y pasa más tiempo en la clínica. Extrema los cuidados para no llevar la peste a casa, porque sabe que si alguien de su familia necesita UCI, morirá, ella conoce la situación hospitalaria en Medellín y sabe lo mal dotados que están, a pesar de las promesas y grandes gastos de los empresarios de la región, que son eso, promesas y discursos falsos.

Sergio Arozamena es aseador de un edificio del centro de la ciudad. Su trabajo es más ameno porque casi nadie le pisa, pero la cuarentena no le ha dejado nada. Ruega enfermarse aunque sea de una gripa más simple para sacar siquiera cuatro días para cuidarse en casa, no le importa si le da la sepa nueva, sabe que con cualquiera de las dos sale ganando, tendrá que quedarse en casa: si se salva, tendrá vacaciones pagas y si se muere saldrá de deudas de una vez por todas. Lástima que su contrato es por prestación de servicios, si no trabaja, no come.

Pedro Javier Santos trabaja como vigilante en "Vigilancia Covarrubia" y todos los días debe cumplir el horario esclavizante de 12 horas en un edificio de apartamentos en la zona norte de Medellín. Mascarilla, alcohol desinfectante, puerta cerrada y aguantarse a los vecinos que, aburridos de estar encerrados todo el día, bajan a ponerle charla, aunque así se sabe unos chismes buenísimos de algunos habitantes. Lo más que ha cambiado es la afluencia de personas y el tener que estar abriendo, remotamente, la puerta del garaje, por lo demás parte sin novedad. Erre.

Antes de la cuarentena Jorge Sebastián Zapata no tenía trabajo y en recesión tampoco esperó encontrarlo pero se inscribió en cuanta ayuda pudo, se aprovechó de la piedad de sus vecinos y de la buena fe de su arrendador. Su vida no empeoró, es probable que apenas pase la crisis le traten peor, pero de momento está en el paraíso de los pobres: comiendo y viviendo de las promesas de un futuro mejor y de la caridad de los buenos hombres que ama el señor.

Benitín María Solorzano Montoya no ha sentido un ápice del aislamiento, ni siquiera ha sentido el dolor de su nombre propio, ni el desprecio por los padres que le impusieron tan dura carga. seguro se dará cuenta de que puede cambiarse el nombre luego de que haya sufrido el matoneo en la primaria y la secundaria, cuando ya nunca podrá olvidar ni dejar de odiar a sus progenitores por el abuso. Por el momento, en su etapa de lactancia, con tan sólo tres meses de vida, es ajeno a toda patraña mediática, al bien y al mal.