Las hadas no ponen atención a las súplicas de sus conciudadanos, a veces ni siquiera a las de sus protegidos. Al hada de los dientes no le importa mucho quien perdió el diente, lo que necesita, por alguna razón adictiva o de trabajolemia es que haya un diente. El hada madrina es un deseo y no existe quien no la quisiera o deseara en su vida, aún con las torpezas de que el hechizo se deshaga a media noche y quede una bella princesa con traje de cenicienta y su carroza se vuelva calabaza y sus caballos, simples ratones. Nadie debe preguntar porqué la zapatilla de cristal no se quebró ni retomó su forma de chancleta tres puntadas, que esas son precisamente las cosas que hacen bien hechas las hadas: los hechizos de amor, los "fueron felices y comieron perdices" y los "se amaron hasta la muerte". Laura no era un hada, era una simple mortal que se quedaba lela en ataque de ausencia divagando sobre cosas como esta, mientras salía a darle unas caladas a un cigarrillo. Era el descanso de su trabajo-estudio porque mientras pagaba las horas que le exigía su profesión como trabajo social, ganaba unos pesos para desahogarse de vivir, que le exigía pagos por todo: impuestos, arriendo, servicios, transporte, vestido, alimentación, diversión, salud... Realmente no era mucho lo que ganaba, pero se compensaba bien con un par de asignaciones que tenía para enseñar a otros compañeros y los cuales le pagaban por ello. "La guayaba viene a ser un subproducto agrícola, apuesto a que esa la recogen sin pagarla y le agregan un aceite para que se vea así tan bonita, pero lo más seguro es que tiene gusanos y que esos pobres apenas entran a la licuadora se sienten en una montaña rusa hasta que los despedazan las cuchillas y entran a formar parte del jugo mismo. Mi madre solía decir que el gusano viene con la guayaba y que es de mucho alimento y el gusano viene de Madagascar o de Finlandia, de alguna selva más allá del mar, donde ya no se cultivan guayabas, la generación espontánea... El restaurante de la esquina tiene todas las carnes posibles, un "detodito" animal, carne de pez, ave, mamífero, insecto y reptil. Debe ser posible conciliar el vegetarianismo con la carne, porque al final las frutas están hechas de carne pulpa. Una mandarina tiene carne y huesos que son las pepas y piel y una carne en tiras que es zumosa y la piña es pura carne aunque sea capaz de corroer el machete que la corta. Un dulce de fruta es una compota de carne..." Esa era la cotidianidad, un pensamiento, un eterno divagar y de vuelta al ejercicio del trabajo, tres caladas y un desvarío sobre lo que ocurriera... "Allá va esa pareja para el arca de Noé, seguro así los prefería dios, que fueran junticos y que estuvieran casados por la iglesia , nada de arrejuntamientos o casorios civiles. ¿subirían también mosquitos y cucarachas o ellas no necesitaban invitación? Las garrapatas, chinches y piojos debieron obviar la invitación y supongo que iba más de una pareja porque la justicia divina no es ciega y todos debían recibir por igual picaduras y alimentar a la nueva raza después del diluvio, eso era lo que quería dios al elegido para salvarse del diluvio, que salvara también las pestes para cuando todo se secara siguiera sufriendo. ¿Subirían los peces? porque si hubo un diluvio toda el agua se volvió salada ¿y los peces de agua dulce? si claro, Noé tenía peceras llenas de parejas de truchas y comelones y barbudos... Llegó la noche o cayó la noche o la tierra dio una vuelta para quedar de espaldas al sol o alguien apagó la bombilla principal y prendió las estrellas, que son bombillos más lejanos o no, más bien el firmamento es una cobija muy gruesa que está llena de huecos de polillas y esa manta tapa el sol por lo que sólo está puesta por la noche o la manta es un satélite que gira con la tierra para que descansemos del brillo del sol como cuando tapamos los loros, supongo que la noche de ellos es menos estrellada. Le haré más huecos a la manta de los loros para que tengan más razones para enamorarse". Los años fueron pasando, sus divagaciones le ocasionaron regaños, cada vez salía más tiempo a especular sobre el mundo y sus cosas, cada año se prometía nuevos mundos y exploraciones a otros desiertos. "La ballena azul no puede ser azul, como el mar no es azul. Si el agua es incolora debe haber un reflejo del cielo o un efecto de dispersión que nos hace verlo azul o verde. Cuando vaya a San Andrés traeré muestras de esa agua colorida para demostrar que no existe más que un agua turbia que refleja colores iridiscentes a partir del conocidísimo efecto de prisma sobre la luz blanca del sol. Tomaré la piel misma de la ballena, la compararé con la piel del rinoceronte blanco que tampoco existe y el mundo será un mejor lugar porque no habrá mentiras. La mentira no puede ser otra cosa que una forma de la verdad, cada uno sabe lo que necesita para ser feliz. La verdad absoluta sería un engaño y una burla a nuestra raza creyente. El niño no necesita saber más que la verdad del niño dios o de Santa Claus que le trae regalos y el creyente no necesita averiguar lo que hay detrás del santo padre y los asesinatos de la inquisición y la santa madre iglesia. El pueblo no necesita saber lo que deben hacer sus gobernantes para poder gobernar, ni cuanto dinero se perdió en la obra que no era para la obra. La verdad no hace libre a nadie, sólo mortifica... El virus de la gripa se comporta como un duende, aparece y se queda como por arte de magia, salta por un agujero de gusano y contagia a un habitante de las islas Célebes y no ha sido capaz de matar a Trump a Maduro o a Macri por poner algún ejemplo, No ha matado al papa Francisco ni a su recua de cardenales. Ni el fin del mundo es verdaderamente justiciero y se salta las plagas de hombres y ataca sólo a los pobres. No hay derecho, no hay izquierda todo es una farsa, existe el poder y el poder y, al parecer, quienes sufrimos de no tener poder somos la gran inmensa mayoría que sacamos tiempo para unas caladas y para pensar en el tumulto sin más fin que continuar resistiendo, pagar los impuestos, los pasajes, el arriendo, la comida, la diversión y volver a la rutina cada día sin más compromiso ni más deleite que venir a poner la imaginación a sonar la calderilla mientras se nos escapa la vida con el humo..."
martes, 31 de marzo de 2020
viernes, 27 de marzo de 2020
La gran familia del aislamiento obligatorio III
Julián Moreno Delgado se sabe todas las venidas y por venir de cada caso o cosa que le pase a la humanidad, es terraplanista para más señas y no le cree ni un ápice al gobierno que trata de inventar esas patrañas de un virus que está matando al mundo. Juli piensa que esas cosas sólo ocurren en las películas y sabe por experiencia propia que los tales virus no existen. Ni siquiera pueden verse al microscopio y sabe que los agentes del gobierno han falseado a tales seres para explicar conspiraciones y retener a la gente en sus casas mientras hacen de las suyas con el dinero del mundo. No piensa respetar la cuarentena y todos los días sale a contarle al que quiera escucharle que el tal virus es una conspiración del gobierno para aprovechar la recesión y llenar sus arcas. Julián nunca creyó en los aviones que tumbaron las torres gemelas, en la muerte de Osama, en la existencia de un muro de Berlín o en la llegada a la luna y no ha habido poder humano que lo convenza de que la gente en el mundo anda muriéndose por un virus en forma de corona.
Mateo Salazar y Valentina Córdova, se acababan de casar por la iglesia y se juraron amor eterno y hasta que la muerte los separe, la primera semana de encierro fue maravillosa. El amor actuaba como una barrera protectora que evitaba que el virus se colara por las ventanas y ni necesidad de comida tuvieron. La segunda semana buscaban cualquier excusa para separarse, la convivencia se les hizo odiosa y cada cual quería regresar a su hogar inmediatamente, al lado de sus padres, Colmo es que vivian en un reducido reducto de la calle Palacé, un cuartucho de 22 metros cuadrados donde estaban abigarrados los tres espacios principales del dormitorio, la cocina y el baño. Sólo dejaban de verse cuando alguno entraba al baño, pero no dejaban de oírse. Empezaron los gritos, la paranoia, el recelo, la justificación, pero lo peor era que no podían alejarse el uno del otro, no por pasión o amor que ya se habían dado cuenta que la decisión de casarse fue apresurada, porque el espacio y su majestad el gobierno, no lo permitían.
Serafín Acero no estaba acostumbrado a tratar con la sociedad humana y por ello no tenía mayor recelo con el aislamiento que el tener que aprovisionarse. No tenía contacto con sus vecinos, no saludaba a los viandantes y no se apercibía de lo ocurrido a su alrededor, era un ermitaño viviendo en una zona rural, alejado y apático. Soñaba que el mundo se había acabado y la señal que le indicaba lo contrario era la llegada de las provisiones. Un hombre de mediana edad llevaba el paquete con cosas preordenadas y al llegar las dejaba sobre una mesa en el corredor exterior y de allí tomaba el dinero y recibía más órdenes de compra o dejaba sus apreciaciones sobre el dinero. No se le ocurría dejar la pregunta ¿Cómo va el virus? sabía que mientras hubiera gente en los alrededores, muy a su pesar, la humanidad no estaba extinta.
Aparecieron muchos síntomas de locura en la población, estaba el que se la pasaba pegado de su Xbox 360 o PS4 e incluso de versiones arcadia anteriores tratando de superar todos los niveles de Mario Bross o circus. Residen evil 3 o Fantasy football, God of war y Assassin's creed. Hubo quien se la pasó comiendo series en Netflix y Claro video o películas en DVD de las que había comprado por años a 3 por 5000 y que podían ascender a unas 1200 películas de todos los géneros posibles. Estaba también el que solamente podía consumir canales nacionales y cada vez estaba más paranoico que antes ya que las noticias sólo versaban en torno al virus en el mundo y sus avances y retrocesos. Ninguna noticia era esperanzadora por más de dos minutos. Los afortunados tenían "parabólica" que fue el nombre clásico para la televisión por cable y que, si se me permite, incluye, 45 canales de porquería, pero tiene más diversidad que los tres o cuatro canales nacionales. Supe de varios a los que sus controles les fallaron a media jornada, de algunos que sufrieron desabastecimiento de red o de cable, incluso que el láser lector de películas falló o dejó de leer. La locura.
Apareció el síndrome de deprivación social caracterizado por la necesidad de ver caras diferentes a las que compartían el encierro. Surgió un TOC de limpieza y reparación compulsiva que se extendió más allá del aislamiento. Un fenómenos de ira reprimida y acumulada que se bautizó la "fase Nietzsche", que fue él quien mencionó que lo que no se saca afuera nos destruye por dentro. Resurgió aquella compulsividad de estar conectado y enviar mensajes a diestra y siniestra, de saludar gente que se había olvidado en un archivo o en una libreta de contactos recuperada. Las redes sociales tuvieron un nuevo auge y muchos que las habían abandonado volvieron a ellos con la necesidad de intercambiar información y de ejercer el carácter social de la especie. Se montó en un escalafón muy diferente el síndrome de Estocolmo, pues había gente que amaba la capacidad de sus captores y le veneraban con beneplácito. Al período de ausencia de rebeliones, rebeldías, cacerolazos y marchas se le llamó "la gran calma chicha". Hubo necesidad de ampliar el DMS V con una nueva versión de claustrofobia, enfermedad de la que muchos se quejaron y dijeron jamás haberla percibido hasta la fecha. Se requirió un nuevo término para referirse a la inactividad crónica de no hacer lo de costumbre y se le adjudicó un nuevo nombre al reto de permanecer en una actividad por más de 30 minutos: concentración dispersa.
No todo fue malo. Al principio muchas parejas volvieron a ser amigas, a acostarse juntas a compartir pasiones, juegos de mesa y hasta erotismos. Hermanos volvieron a hablarse luego de lustros de caras largas; padres e hijos se reencontraron sin recelos porque era tiempo de perdonar. Hubo personas que agradecieron al cielo el encierro que los volvía a reunir en la mesa. Hubo familias enteras que alabaron a sus dioses por darles fuerza en momentos de debilidad y que porque "no hay mal que por bien no venga". Hubo declaraciones de amor y fraternidad nunca antes vista, sobre todo de aquellos que sentían acercarse el apocalipsis y no quería morir sin dejar claro a quienes amaban, deseaban o les pedían perdón. El afamado analista social B. K. le llamó el "síndrome de reconciliación previo al presentimiento del fin".
Hubo analistas comprometidos con la verdad que sabían que la recuperación de tal estrategia de encierro era difícil y en cuesta arriba, pero estaban de acuerdo que sin ella, la capacidad hospitalaria se habría disparado y se habría demostrado no sólo ineptitud sino el robo de los últimos 70 años y se preparaba un cambio espectacular en la forma de ver el mundo. La cantidad de muertos no era aplazable ni posponible, pero se evitarían muchos contagios y muchas muertes no deseadas en altas esferas. Cómo mínimo planteaban entre un 2% y 5% las muertes a nivel nacional del total de contagiados y por eso el truco del aislamiento y su posible ampliación era completamente valido, aunque mucha gente quedara por fuera de la protección del gobierno, lo que no se podía aceptar en los noticiarios, sino, por el contrario, mostrar alocuciones de fe y esperanza. La educación cobraría especial interés en las redes y el teletrabajo alcanzaría por fin, niveles aceptables en el país y lo más probable es que no volviera a los bajos niveles anteriores al punto de inflexión tratado. Los analistas sabían que habría saqueos, levantamientos, muertos, pues el desabastecimiento y la especulación no dejarían de aparecer por sincronismo estadístico.
Leonel Posada Gallo, luego del tercer día de encierro comenzó a contar las veces que iba al baño, a pesar sus heces y a medir, en un balón volumétrico su orina, con el fin de demostrar ciertas cifras que había leído en un libro de un loco amigo suyo de la universidad y que se llamaba ─el libro, no el loco─ "Los santos disangelios". Llegó a conclusiones exageradas, pues el libro fallaba por defecto y no por exceso, aunque trató de calcular o de intuir más bien, si el encierro afectaba la producción de desechos o las condiciones ambientales provocaban un mayor deseo de aplacar las ganas o si la comida, ya acumulada en la nevera por días, tenía alguna bacteria anómala o produjera una diurésis clínica. Sus anotaciones quedaron debidamente registradas y espera un día poder encontrarse con el autor ─llevaba 22 años de no verle ni de saber donde se encontraba─ para darle las buenas nuevas. Así mismo dedicó el resto de su encierro a los experimentos más divertidos: Dejó de bañarse hasta que no pudo soportar su propio olor; trato de purificar la orina por el método de destilación y no le gustó cuando la probó; trató de separar algo útil en la materia fecal y, sin asco, reconoció que algunas lentejas y fríjoles pasaban sin ser triturados; Con una cuchara recogía sudor de sus axilas para tratar de aislar el componente fétido para una nueva bomba; lloraba y escupía para evaporar el agua y constatar la cantidad de sal en esas secreciones... en fín, consiguió no enloquecer y muchísimos datos útiles que un día le permitirán ser acreedor a un premio Ignatius.
Mateo Salazar y Valentina Córdova, se acababan de casar por la iglesia y se juraron amor eterno y hasta que la muerte los separe, la primera semana de encierro fue maravillosa. El amor actuaba como una barrera protectora que evitaba que el virus se colara por las ventanas y ni necesidad de comida tuvieron. La segunda semana buscaban cualquier excusa para separarse, la convivencia se les hizo odiosa y cada cual quería regresar a su hogar inmediatamente, al lado de sus padres, Colmo es que vivian en un reducido reducto de la calle Palacé, un cuartucho de 22 metros cuadrados donde estaban abigarrados los tres espacios principales del dormitorio, la cocina y el baño. Sólo dejaban de verse cuando alguno entraba al baño, pero no dejaban de oírse. Empezaron los gritos, la paranoia, el recelo, la justificación, pero lo peor era que no podían alejarse el uno del otro, no por pasión o amor que ya se habían dado cuenta que la decisión de casarse fue apresurada, porque el espacio y su majestad el gobierno, no lo permitían.
Serafín Acero no estaba acostumbrado a tratar con la sociedad humana y por ello no tenía mayor recelo con el aislamiento que el tener que aprovisionarse. No tenía contacto con sus vecinos, no saludaba a los viandantes y no se apercibía de lo ocurrido a su alrededor, era un ermitaño viviendo en una zona rural, alejado y apático. Soñaba que el mundo se había acabado y la señal que le indicaba lo contrario era la llegada de las provisiones. Un hombre de mediana edad llevaba el paquete con cosas preordenadas y al llegar las dejaba sobre una mesa en el corredor exterior y de allí tomaba el dinero y recibía más órdenes de compra o dejaba sus apreciaciones sobre el dinero. No se le ocurría dejar la pregunta ¿Cómo va el virus? sabía que mientras hubiera gente en los alrededores, muy a su pesar, la humanidad no estaba extinta.
Aparecieron muchos síntomas de locura en la población, estaba el que se la pasaba pegado de su Xbox 360 o PS4 e incluso de versiones arcadia anteriores tratando de superar todos los niveles de Mario Bross o circus. Residen evil 3 o Fantasy football, God of war y Assassin's creed. Hubo quien se la pasó comiendo series en Netflix y Claro video o películas en DVD de las que había comprado por años a 3 por 5000 y que podían ascender a unas 1200 películas de todos los géneros posibles. Estaba también el que solamente podía consumir canales nacionales y cada vez estaba más paranoico que antes ya que las noticias sólo versaban en torno al virus en el mundo y sus avances y retrocesos. Ninguna noticia era esperanzadora por más de dos minutos. Los afortunados tenían "parabólica" que fue el nombre clásico para la televisión por cable y que, si se me permite, incluye, 45 canales de porquería, pero tiene más diversidad que los tres o cuatro canales nacionales. Supe de varios a los que sus controles les fallaron a media jornada, de algunos que sufrieron desabastecimiento de red o de cable, incluso que el láser lector de películas falló o dejó de leer. La locura.
Apareció el síndrome de deprivación social caracterizado por la necesidad de ver caras diferentes a las que compartían el encierro. Surgió un TOC de limpieza y reparación compulsiva que se extendió más allá del aislamiento. Un fenómenos de ira reprimida y acumulada que se bautizó la "fase Nietzsche", que fue él quien mencionó que lo que no se saca afuera nos destruye por dentro. Resurgió aquella compulsividad de estar conectado y enviar mensajes a diestra y siniestra, de saludar gente que se había olvidado en un archivo o en una libreta de contactos recuperada. Las redes sociales tuvieron un nuevo auge y muchos que las habían abandonado volvieron a ellos con la necesidad de intercambiar información y de ejercer el carácter social de la especie. Se montó en un escalafón muy diferente el síndrome de Estocolmo, pues había gente que amaba la capacidad de sus captores y le veneraban con beneplácito. Al período de ausencia de rebeliones, rebeldías, cacerolazos y marchas se le llamó "la gran calma chicha". Hubo necesidad de ampliar el DMS V con una nueva versión de claustrofobia, enfermedad de la que muchos se quejaron y dijeron jamás haberla percibido hasta la fecha. Se requirió un nuevo término para referirse a la inactividad crónica de no hacer lo de costumbre y se le adjudicó un nuevo nombre al reto de permanecer en una actividad por más de 30 minutos: concentración dispersa.
No todo fue malo. Al principio muchas parejas volvieron a ser amigas, a acostarse juntas a compartir pasiones, juegos de mesa y hasta erotismos. Hermanos volvieron a hablarse luego de lustros de caras largas; padres e hijos se reencontraron sin recelos porque era tiempo de perdonar. Hubo personas que agradecieron al cielo el encierro que los volvía a reunir en la mesa. Hubo familias enteras que alabaron a sus dioses por darles fuerza en momentos de debilidad y que porque "no hay mal que por bien no venga". Hubo declaraciones de amor y fraternidad nunca antes vista, sobre todo de aquellos que sentían acercarse el apocalipsis y no quería morir sin dejar claro a quienes amaban, deseaban o les pedían perdón. El afamado analista social B. K. le llamó el "síndrome de reconciliación previo al presentimiento del fin".
Hubo analistas comprometidos con la verdad que sabían que la recuperación de tal estrategia de encierro era difícil y en cuesta arriba, pero estaban de acuerdo que sin ella, la capacidad hospitalaria se habría disparado y se habría demostrado no sólo ineptitud sino el robo de los últimos 70 años y se preparaba un cambio espectacular en la forma de ver el mundo. La cantidad de muertos no era aplazable ni posponible, pero se evitarían muchos contagios y muchas muertes no deseadas en altas esferas. Cómo mínimo planteaban entre un 2% y 5% las muertes a nivel nacional del total de contagiados y por eso el truco del aislamiento y su posible ampliación era completamente valido, aunque mucha gente quedara por fuera de la protección del gobierno, lo que no se podía aceptar en los noticiarios, sino, por el contrario, mostrar alocuciones de fe y esperanza. La educación cobraría especial interés en las redes y el teletrabajo alcanzaría por fin, niveles aceptables en el país y lo más probable es que no volviera a los bajos niveles anteriores al punto de inflexión tratado. Los analistas sabían que habría saqueos, levantamientos, muertos, pues el desabastecimiento y la especulación no dejarían de aparecer por sincronismo estadístico.
Leonel Posada Gallo, luego del tercer día de encierro comenzó a contar las veces que iba al baño, a pesar sus heces y a medir, en un balón volumétrico su orina, con el fin de demostrar ciertas cifras que había leído en un libro de un loco amigo suyo de la universidad y que se llamaba ─el libro, no el loco─ "Los santos disangelios". Llegó a conclusiones exageradas, pues el libro fallaba por defecto y no por exceso, aunque trató de calcular o de intuir más bien, si el encierro afectaba la producción de desechos o las condiciones ambientales provocaban un mayor deseo de aplacar las ganas o si la comida, ya acumulada en la nevera por días, tenía alguna bacteria anómala o produjera una diurésis clínica. Sus anotaciones quedaron debidamente registradas y espera un día poder encontrarse con el autor ─llevaba 22 años de no verle ni de saber donde se encontraba─ para darle las buenas nuevas. Así mismo dedicó el resto de su encierro a los experimentos más divertidos: Dejó de bañarse hasta que no pudo soportar su propio olor; trato de purificar la orina por el método de destilación y no le gustó cuando la probó; trató de separar algo útil en la materia fecal y, sin asco, reconoció que algunas lentejas y fríjoles pasaban sin ser triturados; Con una cuchara recogía sudor de sus axilas para tratar de aislar el componente fétido para una nueva bomba; lloraba y escupía para evaporar el agua y constatar la cantidad de sal en esas secreciones... en fín, consiguió no enloquecer y muchísimos datos útiles que un día le permitirán ser acreedor a un premio Ignatius.
jueves, 26 de marzo de 2020
La gran familia del aislamiento obligatorio II
Karnell Dámaso fue una de las 123 personas que siguieron las instrucciones de un correo de whatsapp para reclamar mercados gratis y dos días antes también había caído en una secuencia de links que le aseguraban gigabites gratis de empresas colombianas y también siguió otra dirección que le proporcionaron en donde aseguraban un subsidio en dinero efectivo. No parece que deba concluir así, pero no hubo mercado, ni gigas gratis, ni ayuda económica.
Doña Rita de López escuchó que podía enviar a su hijo a cobrar su subsidio con sólo la cédula y lo envió. Luego de una larga fila donde le dijeron que no se puede entregar subsidio sino al primer beneficiario en su presencia, porque debe ser con huella y cédula. No encontró más remedio que levantarse ella misma, pasar a la silla de ruedas y rodar hasta la taquilla aunque más tarde el gobierno emitió un comunicado donde aseguraba que bastaba una fotocopia al 150% por lado y lado del beneficiario, un permiso de puño y letra firmado en notaría y las cédulas originales de quien cobraba y del beneficiario. Aún así, cuando Doña Rita llegó al final de la larga fila ya un avivato había cobrado por ella.
Camilo Esteban Sánchez tomó calculadora de las inversiones de los "grandes empresarios del país" en cuanto al aislamiento y dividió 10.000 millones entre 150 pesos que vale la confección, con tela y todo, de un cubre bocas con lo que se producirán 66'666.667 cubre bocas, lo que es una maravilla porque ya nadie va a enfermarse. La empresa colombiana garantiza que cada colombiano tendrá cubrebocas. Un hurra por adelantado. También invirtieron 9.000 millones en respiradores y Camilo buscó los respiradores más baratos de 25.000 dólares e hizo la división y sí, gracias a la munificencia del sector empresarial, 90 casos de coronavirus no serán letales por falta de respirador. Hurra de nuevo por los héroes de la patria que recibirán medallitas y condecoraciones luego de que pase este trance.
Maximiliano Flórez Restrepo escuchó que había ley seca en cuarentena y salió varias veces a la farmacia de la esquina a apertrecharse de alcohol Yidi y de frutiño. Mezcló directamente en botella de litro y medio, agregó el alcohol, adicionó agua hasta la mitad y el frutiño para tapar y revolver agitando la botella, luego ajustó hasta el cuello con agua y disfrutó. Recordó cuando le alcanzaba para cocacola y leche y todos los amigos ponían pa'la vaca. Hoy tocó con mataburro y a lo mejor mañana toca mezclar con agua, pero no importa, lo importante es que hay provisión y que el vejete de la esquina no se da cuenta cuantas veces ha ido a comprar para especular con sus propios amigos.
Gaetano Maecha desde muy temprano que anunciaron pandemia se fue a su casa del mirador, allá arriba en el alto de Guarne, llenó sus despensas como si esperara una guerra mundial, llevó a su familia, se instaló a sí mismo como comandante y ordenó usar tapabocas y guantes todo el día. Puso gel en todos los baños y llevó a tres personas para que atendieran a la corte y mantuvieran el aseo de la propiedad. Si alguno estornudaba en su presencia, así fuera en el tapabocas y en el codo junto, lo mandaba en el primer carro a Medellín y cuando ya no pudo hacer eso, modificó una bodega como cuarentena de la cuarentena y nadie osaba contradecirle o sublevarse para no pasar a la bodega por motín. Igual había grano, cereal, congeladores repletos de carne y pipetas de gas que Don Gaetano nunca creyó en el gas por red, mucho gel, servilletas y papel higiénico por carraos.
Desde que el gobierno anunció una ayuda, única, de 160.000 pesos por persona, Don Carlos Arturo Rueda Ceballos puso ojos de continencia y empezó a repartir mentalmente el jurgo de plata en pequeños grupos para un mercado, abonar al arriendo, comprar algo para la higiene personal y unas pastillitas que se le habían acabado hace quince días para la gota, hasta que se enteró de que era cruzando datos del SISBEN y que pasaban a repartir. Mismo truco de hace años que le dieron plata dizque a todo el mundo y era puro tilín. Como los tales links del whatsapp. Además dicen que lo van a localizar a uno por celular como si ese aparatico fuera de uso común de la pobreza, mejor salgo a pedir puerta a puerta hoy desde más temprano haber si consigo siquiera para el día. Se dijo.
Madison ha sido prostituta "prepago" por 4 años y mal que bien tiene suficiente y más que sus compañeras de vida que trabajan por el día. Ella ha ahorrado en las vacas gordas y recuerda que era capaz de hacerse hasta 4 millones en una semana sin trabajar todos los días, bastaba con elegir bien a los clientes y escurrirlos sin piedad. Ahorró y gastó bastante pero tiene como superar esta crisis sin rebajarse a los domicilios. Ella y su hijo de 5 años, tienen todo lo necesario para estar un mes en casa y pasado el aislamiento, tomará la opción de la web cam ya que tiene cuartos separados y aislamiento en la puerta o espera sólo trabajar mientras el niño esté en la guardería. Maldita vida la mía, pobre Carlitos enterarse de que su mamá es puta, eso no lo permito, antes de que pasé al bachillerato ya tengo que tener ahorrado para un negocito y dejar esta vida tan maluca. Esperemos que la recesión no afecte mucho el negocio.
Benjamín y Diana, "arrejuntados" en la flor de la edad llevan 50 años de matrimonio, sin hijos, ambos jubilados, ella de la cocina y él de una empresa embotelladora que le consigna el sueldo mensualmente, No puede ir a cobrar porque el cajero más cercano esta a casi 4 kilómetros y no tiene auto o vehículo que le permita cubrir esa distancia. Le toca ir a un supermercado y pagar con tarjeta pero tiene cuarentena por la edad, 78 años y la mujer apenas si se para de un sofá en la esquina de la sala repitiendo siempre las mismas palabras: "¿Cuándo vino?" "¿a dónde va?" y "¿pasó por la finca?" evocando un terreno que alguna vez tuvieron en las afueras y que hubo de ser vendido para pagar una hipoteca de tantas. Don Mincho arriesgará dejar a su mujer sola o buscará ayuda de un desconocido pero de alguna manera debe llegar al supermercado y comprar las necesidades primarias: Pañales de adulto, leche y vitaminas, así no alcance para más y tengan que ser recogidos en un mes de sus camas en los puros huesos o muertos. Doña Diana no entiende lo que pasa y cuando Min se queja ella le pregunta ¿Cuándo vino?
Diego A. Meneses padece de Cáncer terminal y le fallan ambos riñones por lo que debe asistir cada tres días a diálisis en el hospital PTU, tiene dos hijos o cuatro porque no sabe si los otros dos son suyos, pero cada uno de ellos ha formado un hogar y el vive en una pieza cerca del más joven que es quien le acompaña al hospital y le consuela con visitas. Los otros viven muy ocupados con sus propios hijos y sus propios problemas. Igual paradero que el propio, no tiene con que pagar el taxi al hospital y por eso decide caminar, apenas son cinco kilómetros, su hijo menor no lo puede acompañar por orden de las autoridades. Saldrá cómo a las seis de la mañana y estará de regreso a las cinco de la tarde, lleva cinco mil pesos para comer algo en el camino si encuentra un lugar abierto, en el hospital apenas le alcanza para un tinto sin azúcar y una papa, pero tiene que ahorrar algo porque en tres días irá al mismo calvario. No cree poder soportar el encierro ni la caminadera, ni la soledad, pero no le llama la atención suicidarse, lo que para él sería tan fácil como no ir a la diálisis.
miércoles, 25 de marzo de 2020
La gran familia del aislamiento obligatorio
Santiago Maduro Espineta vende chococonos todos los días, apenas se ajusta para el desayuno: un tinto con un buñuelo se sienta en la chaza de la esquina y lo disfruta. Luego, llegando el medio día, aprovecha el calorcito y se ajusta para la pieza que vale 6000 pesos y para echarle algo al estómago pergeñando aquí y allá con los ciudadanos de buena voluntad. Durante el aislamiento tendrá que salir, no a vender chococonos, saldrá a buscar comida, a que le impongan multas que no podrá pagar o a que se enteren que si no lo dejan salir, con virus o sin virus, igual va a morirse.
Adriana María Sierra Espinoza debe muchas cuotas al banco porque empezó un negocio familiar en el que perdió ocho años de su vida como una esclava y con el cual nunca pudo pagar al banco. Lo cerró y ahora trabaja todo el día sólo para cubrir sus obligaciones con los prestamistas. Volvió a la casa de sus padres, retira una ínfima cuota para sus necesidades más primarias y lo demás al banco. Con la imposición de aislamiento sus deudas ascienden mensualmente a un millón y medio y los bancos la llaman para que, si se quiere acoger a las prebendas ofrecidas por el gobierno, esté al día en sus obligaciones y pague puntual. Pensó en un momento que una webcam porno podría facilitarle las cosas pero no tiene como comprar los artilugios, ni el conocimiento para hacerlo. Putear en la calle es imposible. Tendrá que esperar para ver como son las sanciones al terminar el aislamiento o esperar que sea tan de buena suerte que la alcance el virus y felizmente la mate para olvidarse de tantas malditas deudas.
Adriana Lucía Echeverry Palacio empezó en la prostitución a los doce años por culpa de su padrastro que la poseía a la fuerza, ella cansada de ser abusada y de que su madre no le prestara atención se escapó y acabó por los lados de la minorista ofreciendo una mamada por $5000 pesos y así paso a las grandes ligas veracruzanas. Nunca le importó demasiado no tener dinero, le bastaba seducir a un peatón y sacar para un almuerzo o la comida y hasta donde pasar la noche. 35 años lleva en el ejercicio puro de la profesión y es una profesional que no requiere presentación, ni cartón. Nunca creyó que la encerraran en su casa por tantos días y a pesar de ello, no faltó el vecino que le facilitara almuerzo o comida por favores sexuales. No sabe si podrá sobrevivir en el barrio a punta de favores sexuales, que ya las vecinas esposas de sus concubinos la miran con recelo, que se imaginan porque Jorge va tanto a reparar el fogón de doña Adriana o Mario dizque a resanar una humedad, pero así ha vivido siempre, al día y espera poder saltar la crisis, día tras día hasta volver a la añorada Carabobo, al lado de la iglesia que siempre le ha dado su cachito de comida y su dormida, aunque sea a cambio de sexo duro.
Los esposos José Londoño y Mercedes Piñacué venden jugos en una chaza aportada por el gobierno de esas de acero inoxidable que abundan tanto en el centro de la ciudad. De sus jugos pagan el arriendo, la chaza, y el diario, se ayudan con la venta de cigarrillos y alguna que otra papa chorreada y pastelillo. Desde la cuarentena están consumiéndose los dos puestecitos ─la fruta y los cigarrillos─ y no tienen como pagar el arriendo y los servicios, esperan que el gobierno no les cobre el mes de renta de la chaza o que alguien, así sea sus hijos, se aparezcan con un mercado o dinero para comprarlo. Por tener más de 70 años se sienten más desprotegidos y más próclives a la amenaza del virus, pero acatan fervientemente la llamada del gobierno a no salir ni exponerse y se lavan las manos a cuatro jarros, cada que en la radio lo dicen. No pudieron comprar gel ni tapabocas, pero en eso de estar a metro y medio el uno del otro, no han faltado a su palabra.
Baltimore Tejada es un ser despreciado por la sociedad, vive en la calle de la plaza tomada para tal, en el piso o bajo el puente cuando encuentra sitio. Desechables les dicen en el centro o gamines. A él le gusta la droga y pidiendo logra conseguir con que armarse unos tabaquitos de picadura y perico y en la plaza siempre consigue algo para comer, excepto por estos día de encierro y que no lo dejan entrar a la plaza a conseguir el pan diario o unas legumbres para hacerse una sopa. Los vendedores de bazuco igual siguen proveyendo pero si no hay lucas no hay bazucas y con esta escasez de gente en las calles toca robarle al parcero o vender o cambiar lo poco que se va consiguiendo con los camarones que se duermen y dejan el carro sin vigilancia o el mercado pagando. Total, tocará desintoxicarse, vivir de las patas guardadas y de la caridad de la hormiga que guardó para el invierno o enfrentarse a la ciudad para ir hasta la plaza misma donde la tienen guardada toda. No le importa si le ponen un millón de comparendos, si se le pega la gripa esa mortal que está dando o si lo encierran en una cárcel por no cumplir el aislamiento que al final él no aparece como ser humano, ni tiene derechos humanos, ni le interesa no estar en procrédito o fiar en algún comercio, pero que aparezca la chiruza que hay guardada.
Don Gabriel Povéda Henao lleva 20 años de jubilado, los hijos le dejaron los nietos para que los criara y los nietos a los biznietos y está en su casa esperando que el gobierno le consigne para hacerse un mercado y cuidar de que no se lo acaben en una semana. Le toca montar guardia en la cocina porque si no las niñas desesperadas en su aislamiento no encuentran más consuelo que consumir lo que se encuentren y le toca vigilar que los nietos no se aprovechen de las nietas. Le toca duplicarse y él mismo sueña con volver al trabajo y dejarle esos pormenores a la esposa que ya no se levanta de la cama por extremado cansancio de la vida. Gabriel calienta la vida, pero sabe que lo que le queda es poco y que no puede morirse sin dejar en paz a sus hijos a los cuales les repartió la herencia anticipada y ellos le devolvieron los hijos para que no se aburriera en su jubilación. Él pretende criarlos o por lo menos sobrevivir a este aislamiento donde se ha dado cuenta de lo importante de ser un buen padre.
Los esposos Martha Urrego Upegui y Carlos Mario Zapata llevan tres días de luna de miel, disfrutaron el aislamiento primero y con el segundo han estado mirándose el uno al otro, entendiendo qué los hizo juntarse si sus intereses eran tan diferentes. El sexo es bueno y a veces hasta campal, en eso se entienden, pero en lo demás no se han hallado ni el costillar. A él le gusta la comida grasosa, la carne y la arepa con mantequilla, ella casi es vegetariana y la grasa la confunde o le da ganas de vomitar. Él es vasto y simple para vestir y hasta cochino si puede llamársele así al que se cambia dos veces de ropa a la semana, de todo. Ella es el glamour en vivo y usa cada prenda, cada aderezo, cada ajuar con suma precaución mezclando el arcoíris de colores con suavidad de artista. Él gusta del licor y las compañías vulgares, ella es abstemia y no le gusta trasnochar para que su cutis no muestre signos anormales de envejecimiento... Llevan ocho días mirándose a los ojos y comprendiendo lo inútil y estúpido de su convivencia.
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