martes, 29 de diciembre de 2015

Los refranes de mi abuelo

Todos hemos tenido abuelos, conocidos o no. Yo tuve la fortuna de conocer al mío, al padre de mi madre, los de mi padre nunca los conocí. El abuelo Ricardo se sentaba en una silla en el balcón y prendía un tabaco que le duraba algo así como 45 minutos. Dudo mucho que una marca fina, los compraba yo en la tienda de la esquina por cinco pesos la docena y el era más amarrado que un bulto de anzuelos de sardinas. Se bañaba poco, como una vez a la semana, lo que me hacía pensar que el maldito era punkero, su vestimenta era simple, pero estaba tapado hasta el tuétano; en el mejor de los casos no recuerdo haberle visto descubierto más que el arrugado cuello, la cara y las manos, pues usaba una camisa de manga larga abotonada hasta el puño y hasta el cuello amenazando un suicidio sin interés. Recuerdo sus zapatos como algo así como mocasines y pantalones de paño y siempre con un sombrero de ala ancha ligeramente levantado. Nunca lo vi trabajar, pero uno de los placeres que nos dábamos mis hermanos y yo, era acompañarlo a unas chatarrerías donde lo más probable es que visitara a su amante y cobrara algunas deudas, pues prestaba plata a interés. No dudo que era un viejo usurero. En el transcurso de mi vida yo he escuchado cientos de adagios populares y he leído el Quijote, donde Sancho, rememora y compila los más oídos y hablados. Un libro podría hacerse sólo con el análisis de los refranes del ingenioso hidalgo; y leí además el recopilatorio de Jaramillo sobre el Testamento del paisa, pero los de mi abuelo jamás en mi vida se los he escuchado a otra persona, a él y a mi madre. Decía por ejemplo cuando no había carne para alguno de los tres chutes diarios "¿Cuando mula no moría gallinazo que comía? y sagradamente mi abuela Luisa o mi mamá le respondían "se arrimaba a las aceras y con mierda se mantenía". Ahí va el primero de una larga lista que me es difícil recordar, pero que de seguro podré hacerlo si no escatimo memoria y me dejo llevar por la escritura. Recuerdo que a los zapatos les decían "garras": "póngase unas garras" o "quítese esas garras", aduje con el tiempo que debían referirse a unos zapatos con estoperoles que se usaban en los pueblos para adherirse a las calles sin pavimento, algo así como zapatos de alpinistas con crampones y éstos en presencia de carne se portaban como garras afiladas, que tengo entendido no eran muy buenos sobre los empedrados de antaño. Alguna vez, al comprar una bicicleta de segunda para que mi padre fuera al trabajo o para alguno de sus otros hijos y ver que aquella se había pinchado una llanta dijo: "Lo que otro pelló poco duró" -A mí, la verdad, se me hacía raro era que a la silla de la bicicleta le llamaran "pellón" y más todavía, que para eso se usara- y saliendo de gira a un pueblo cercano, a San Luis tal vez, el Jeep doble tracción se quedó en un complicado charco y le daban hacía adelante y hacía atrás y nada que salía, mi abuelo, afuera mientras se solucionaba el impase, expuso: "Hágale, que bollo grande sale o raja el culo". No es indecencia, más bien diríamos folclor, porque cuando a alguno de mis hermanos o yo mismo, nos volvíamos desobedientes o impulsivos en nuestros quehaceres o frente a los mandatos de los padres, el abuelo pronunciaba una frase que anunciaba el final de la paciencia y la muenda que se avecinaba: "Dame mi dios paciencia y en el culo resistencia". Si por casualidad alguien se tropezaba o cometía una torpeza, mi abuelo citaba al general Bolívar: "Como dijo Bolívar maten a los generales que los soldados se matan solos". Supongo que de ahí salió que: los bobos se matan solos, cosa que resulta siendo cierta estadísticamente hablando. Para las veces que aparecían "carangas resucitadas" forma en que mi abuelo hablaba de los "Sui generis" o de los "sine nobiliates" la gente que se crecía y pedía lo más caro cuando no tenían en que caerse muertos, el decía: "acostumbrados a andar entre la mierda y regatean un peo". Los insultos que usaba mi abuelo cuando se machucaba o cuando le daba un rodillazo a la mesa no eran insultos sino bendiciones: "Ay dios mío bendito porque será uno tan animal" y a nosotros, si éramos los provocadores por dejar algún patín o cosa en el suelo eran a lo sumo: "Esto es mucho animal" o "ve a esta almártaga" o "estoraque" y si algún día mi memoria me trae más imágenes, volveré sobre este retazo de ella.

viernes, 25 de diciembre de 2015

La rueda del molino

Siempre discutían por una u otra cosa; Laín Amado era un ser débil que no consentía cambios demasiado fuertes en su vida, prueba de ello, que toda su vida la pasó entre las mismas discordias, sin hacer caso de los que le rodeaban, su mundo era un pequeño y reducido caos. Donde ponía su humanidad allí se asentaba. No era un triunfador, era una imagen opaca de lo que es un ser humano; una cosa vacía, aunque él arguyera lo contrario por haber pasado unos años entre universidades de renombre en su tierra crecial -asimismo inventaba sin despecho términos, él decía que si había una tierra que lo vio nacer, había una tierra que lo vio crecer- y por dedicarle un tiempo especialmente largo, más del promedio, a la lectura de banalidades que por azar caían en sus manos. Ella se llamaba Dora y si no hubo personajes femeninos en la saga de la guerra de las galaxias, ella se ganaba el puesto de una señora Sith: Darth Dora. Así misma se consumía entre dos o tres historias que le amargaron la vida. Una de ellas pudo ser que su crianza fue difícil por no sé que acuerdos entre el bienestar y la ley judía que obliga a otros a llevar el peso ajeno; las otras son derivados de ésta. Pero ella si que era una persona inteligente, ella si que era una lectora y una gran intérprete del mundo, lo había recorrido y auscultado hasta en sus más ínfimos recodos, Visitó París hasta las catacumbas y las callejuelas repletas de sex shops, prostitución y vicio "la rue de la truanderie" y la "rue mouffetard" se llamaban en la época de Enrique IV. Cuando anduvo por la capital de Colombia no se conformó con visitar la plaza Bolívar y el barrio viejo de la Candelaria, no. Visitó El Cartucho, el Diana Turbay, el Lucero y el Perdomo. En la India, aunque trajo un sinfin de instántaneas de Qutub Minar, Red Fort y Char Minar -ni que decir las impresiones que hizo del Taj Mahal- y del gran río Ganges, visitó las aldeas de Varanasi y Kapil Dhara y absorbio los efluvios miasmáticos de la descomposición de los cadáveres  al lado de los Kapalikas de Benarés. Ella si era una lectora que no tenía que presumir de los manuscritos que había mirado el fin de semana, ni de los innúmeros países que había visitado que, en la práctica, son la verdadera lectura de la vida. Ella juraba que siempre regresaría a su lado y él no decía nada por temor a cambiar el statu quo de su vida; ella le prometía el cielo y la tierra y el se los devolvía por miedo a cambiar algo en su vida, por temor a dar el paso desequilibrante que le arrojara fuera de su zona de confortabilidad. También pasaba algo curioso. Ella después de un ataque de ira, de llanto renovador, lo insultaba y lo llevaba a la expresión mínima de hombre. En verdad lo consideraba pueril, pero le atraía un aire de superioridad que ni ella misma entendía de donde manaba. Lo echaba, le decía que se fuera de su vida, que no valía la pena el esfuerzo y viajaba y luego volvía a sus brazos y le contaba que tanto le amaba y otra vez le desollaba por incompetente y otra vez le ensalzaba por sus virtudes y de nuevo le expresaba que era un arrogante, ridículo. que era incapaz de dar o expresar amor y siempre volvía y siempre lo encontraba allí en el mismo lugar de años atrás, con gente diferente, pero allí, sin cambios dramáticos en su vida. Siempre el mismo, siempre los mismos. Una semana después de haber regresado de un viaje al Asia, de Birmania, Vietnam, Laos y Camboya al que ella misma denominó: "El viaje a la patada en el culo americana" lo buscó expresamente en los lugares que frecuentaba, le informó por las redes que vendría, lo expuso ante sus amigos más caros y finalmente, llegó el día en que Laín Amado no apareció.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Energía potencial

Daniel Alexander Cuarzo entró al hall del edificio sin darse cuenta de las personas que le miraban, iba cabizbajo y aciago, no captaba más que lo necesario para poderse desplazar sin dar tumbos, comenzó a subir las escaleras sin captar los comentarios de dos ancianas que cuchicheaban a no más de un metro de distancia sobre la nefasta influencia de la música en la juventud actual. 17 años habían pasado desde que Daniel hubiera llegado a este mundo, sin padre conocido, sin hermanos conocidos, su madre lo crió de la mejor manera posible y Daniel nunca se enteró de las veces que ella tuvo que vender su cuerpo para pagar sus estudios o por alguna medicina que necesitara, cuando las reventas de droga no le alcanzaban para tales acciones. Nunca se preguntó en que trabajaba su madre y nunca hubo entre ellos una riña que no se pudiera solucionar con unos cuantos minutos de silencio. Cada paso que daba lo sentía empujando desde abajo, como si sus pies fueran una potente máquina que lentamente fabricara energía por el simple hecho de ascender. Recordaba las clases de física del profesor Alonso hablando de péndulos: "La energía cinética inicial se va convirtiendo en energía potencial a medida que la altura crece, para llegar a un mínimo de energía cinética y un máximo de energía potencial.." Giro en las escalas del segundo nivel, recordó vagamente sus compañeros del colegio, Susana, el torpe de Juan David, que sólo era un engreído, pero nunca jugaría al fútbol tan bien como él lo hacía; recordaba los campeonatos y a Huber Gómez, su compañero de goleadas, entre los dos se entendían muy bien y no había truco que no pudieran hacer en los partidos para salir airosos de los encuentros. Dobló en el recodo del cuarto piso, ahora sentía más pesados sus pasos, como si cada vez fuera más y más masivo, como si su peso se duplicara a medida que ascendía al quinto nivel.
Las vacaciones del colegio las había pasado entre sus amigos más cercanos, los del barrio, lo de siempre, en una finca en las afueras de la ciudad, no supo como se las arreglaron para conseguirla y no supo como se quedaron allí por dos semanas con otras personas. Particularmente se acordaba de Susana García, ah, cuanto había disfrutado de su amistad y de sus caricias, sin embargo eso no le importó cuando Diana le ofreció sus labios después de una tarde de piscina detrás de los mangos del patio y con ella también disfrutó tanto. Finalmente le importaba poco con cual de ellas estaba porque se sentía transportado al paraíso con ambas, aunque la primer vez que se acercó a Diana, no sintió la calidez que experimentaba con Susana. Abrió la puerta de la azotea que estaba cerrada con un candado viejo y podrido en óxido que sabía muy bien como abrir, bastaba empujarlo de un tirón y el seguro brincaba. Buscó las escaleras para seguir ascendiendo, ahora sus pasos no sólo pesaban sino que se habían convertido en un rítmo, como una especie de música minimalista que le empujaba a no detenerse, ese sonido opacó por completo sus pensamientos, ya nada pasaba por sus cabeza, no recordaba nada, no sentía sino el peso cada vez más alejado del piso y cada vez más duro; por un momento se imaginó la energía potencial infinita, ¿cómo se conseguiría? pero sus pensamientos se disipaban con el sonido cadencioso de las suelas de sus zapatos sobre las escaleras de cemento. entró en el último recodo del piso doce, accedió a la última azotea, más pequeña que la del quinto y se dirigió a la pancarta que pagaba parte de los múltiples gastos de aquel conjunto de apartamentos. Siguió de frente y de pronto, toda su energía potencial se volvió cero.

viernes, 20 de noviembre de 2015

La lógica desarrollada en la niñez temprana

Salustiano Marín Delgado despotricaba a diestra y siniestra sobre la manera tan insulsa de ser atraídos por las ventas, los malos programas, los engaños y las patrañas que nos pasan por televisión. ―Claro ―decía― 10 minutos de propagandas y 2 de la serie que ofrecen; lo ponen a uno a esperar como un marrano en diciembre; y de las propagandas que pasan 100% son mentiras. Así despotricaba mientras el canal de turno le implantaba ideas sobre qué decir, comer, pensar y comprar. El niño de la casa, de apenas 7 años de edad, lo miraba entre atento y prevenido, se dirigió al panel del televisor y lo apagó.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Diana, Luz y Patricia

El escenario es cualquier lugar sin una descripción amplia, una sala donde por casualidad se han reunido estas tres personas que sólo tienen  en común el género humano y el sexo ―¿qué más puede pedirse?― Se saludaron y anduvieron divagando sobre temas del día que no tenían mucha importancia. Todo el mundo sabe que entre tres mujeres es difícil que se trate un tema de suma importancia para la filosofía o para el mundo ―Eso no cuenta como misóginia porque las realidades no tienen bando― Ninguna de ellas había buscado más allá de las intimidades que no se le cuentan sino a las grandes amigas, en parte por tener una confidente y en parte por generar envidia, que es lo más que muchas desean. 

Luz: Imagínense que esta semana me conquiste un papasito de rechupete, mejor dicho con ese si me caso. ―Tuvo tiempo además de describirlo pero, imaginen ustedes, por eso estos se llaman cuentos― y era así y asa...

Patricia: A mí porque no se me da la gana, pero yo todavía hago que los hombres volteen a mirarme y hasta piropos me echan ―alguien olvidó decir que Patricia era la más veterana y ya pasaba de los 40― Hasta un señor del edificio me invitó a salir.

Diana: Yo, eso sí, con mi marido tengo y eso que propuestas no me faltan, pero gas, con mis dos hijos y mi marido me sostengo hasta el día del juicio final.

Luz: ¿Dos hijos? que pereza eso de criar muchachos y tenerlos que soportar.

Diana: Ven a ésta y ¿A qué vinimos pues al mundo? como dijo el señor: "creced y multiplicaos"

Luz: Pero m'ija es que el embarazo es muy horrible y la deja a una toda hecha pedazos...

Patricia: Ay! si!!

Diana: Hay hombre, si los machos le dicen a una que se ve linda embarazada, usted es que no ha parido.

Luz: ¿Linda? no jodas, ¿Una barrigona rechoncha te parece linda? eso lo dicen por no dejar.

Patricia: A mi también me dijeron que cuando estaba en embarazo de mi Lucha, me veía hermosa.

Luz: No nos hagamos las pendejas muchachas: el embarazo es un mal para cualquiera: No sólo porque se nos acaba toda la belleza, sino porque un hijo es un chupasangre que acaba con todo. ¿Están felices de haber parido? déjenme yo les digo un par de cosas. Se pasa muy rico en la cama, pero apenas empiezan ese montón de células en mitosis desesperadas a atacar el cuerpo anfitrión, todo desaparece; sé de quienes no pueden volver ni a ver al marido porque les da fastidio, la comida les da náuseas, moverse les duele y hasta sé que se vuelven una máquina de gases andante ¿Qué bonito puede ser eso?

Patricia: Ay! si mija todo eso es verdad, imagínese que  en embarazo no podía ver las sopas y cocinar me daba un fastidio.

Diana: Yo no pude volver a acostarme con mi marido hasta que la niña no tenía como 2 años y ahí quedé en embarazo de Juliancito.

Luz: Eso no es nada, las tetas que bastante le gustan a los hombres, de grandes y erguidas, pasan a ser una bolsa inapetente llena de estrías apenas pasa la lactancia; La piel hermosa de la que nuestros hombres se enamoraron, queda como un cuero viejo pasado a cuchilladas por el estiramiento al que se ve sometida; La virginal entrada de la que los hombres se vanaglorian por su estrechez queda flácida y descarnada, sino es que, para ganarse unos pesos de más, en el hospital,  no te practican una cesárea, dejándote esa horrenda cicatriz.

Patricia: Luisita nació por vía natural.

Diana: A mí si me hicieron la cesárea, pero eso con los años casi no se nota.

Luz: Si, espere, y el papá, si es que se hace responsable, feliz no debe estar con la perspectiva de tener que trabajar como un burro para pañales, leche y sostenimiento de la que pare.

Diana: José ha sido un hombre muy responsable, se ha partido la espalda trabajando, pero responsable como el solo.

Patricia: Ay! a mí si me tocó solita, porque ese apestao, apenas me vio de tres meses se desapareció.

Luz: No m'ija, espere, a ninguna le gusta la mierda, pero eso es lo que es un muchachito recién nacido, llanto y mierda, trasnochar para cuidarlo, cambiarlo cuando está cagado hasta la nuca y después mecerlo y besarlo para que apenas pueda con la lengua, empiece a salir y a quedarse tarde en la calle o a consumir drogas y una en la casa angustiada por el diablo.

Diana: Pero las satisfacciones que te dan esos verracos compensa todo, no te imaginás que mi hija ya salió del bachillerato y está que se casa con un galán, que ni te cuento.

Patricia: La mía si me salió brinconcita, yo le he dicho que cuidado con quedar en embarazo, pero ¿quién es una para darle esos consejos?

Luz: Aclaro que un hijo no es cosa a la ligera, que es un parásito que vive del cuerpo de la madre y por lo mismo, el cuerpo de ella trata de desecharlo, para fatalidad, los nacimientos son cada vez más fáciles y efectivos, gracias a las comodidades y a la ciencia misma; pero no deja de ser eso, un cuerpo extraño que usurpa las funciones de la madre y luego de secarla, la desecha.

Diana: Deja de ser exagerada que el mundo está lleno de gente parida.

Luz: Eso es lo que digo. Ya hay más que suficientes y yo me declaro sexual no reproductora.


Epílogo: Diana y Patricia conversan animadamente sobre Luz que no se encuentra presente.

Diana: ¿Te acordás de Luz?

Patricia: Claro boba, esa que se creía de mejor familia.

Diana: Pues imagináte que se casó, que está en embarazo y que vive dizque feliz por su nuevo retoño.

Patricia: Que va, A mí me contaron que si estuvo en embarazo, pero que el marido apenas la vio de seis meses, cogió las de Villadiego y ella abortó porque no era capaz de criar sola al muchacho, que el cuerpo le quedó como sobrao de tigre y anda en una depresión de casi suicidio porque no pudo con lo que le contaron del muchachito que abortó, que ya estaba formado y era un ser entero.

Diana: Eso le pasa por lengüizafada.

Cuando te pidan ayuda

― ¿Qué tan grande tiene que ser un cuento ―preguntaba Eladio en la clase de literatura―

― Tan grande como quieras ―le respondió la encargada de la cátedra― Y tan pequeño como puedas para no ser molesto.

― ¿Siempre hay que empezar "érase una vez" o "Había una vez"?

― No es necesario, pero es un clásico del cuento, yo prefiero iniciar por otro lado, pero esos son gustos y clasicismos, no se afane por ello.

― Déjeme pues que le cuente un cuento ¿Sabe contar? conmigo no cuente.

La función de los best sellers

Llevaba un largo rato leyendo un texto sin mirar a nadie y sin detenerse y una persona a su lado se interesó por lo que leía el ensimismado Bartolomé; era un libro grande y pesado con una solapa... acá se siguen tres páginas sobre la descripción de la silla armonizada en la que estaba Koan, el escritorio y lo esmirriado que se encontraba el texto, el redactor prefiere ir al grano.

― ¿Qué lee amigo?

― Una estupidez ―contestó tosco B. K.― 

― Pero lo veo bien entretenido.

― Cómo dije, una estupidez, escrita por un estúpido sobre cuatro estúpidos que creen estupideces. Si me lo pregunta creo que podría haber sido un "best seller"

― Discúlpeme, pero lo he estado observando largo rato y no ha parado usted de consumir página tras página. ¿Si es tan estúpido porque sigue leyendo?

― Le repito, es entretenido ―contestó―