sábado, 17 de noviembre de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo VII

Ya de por sí, era un calvario el ser cura en la ciudad de la risa, el mismo cura casi no era capaz de redactar el sermón sin que le mediara una chispa de risa. A dios le rezaba para que le permitiera oficiar sin mayor tropiezo los dos cantos de entrada y salida y el salmo y leer el evangelio y, desde que cometió la burrada de leer la parábola del camello y el rico pasando por la aguja, con la que provocó no sé que tantos ataques cardíacos y fallas respiratorias; el oficio se llevaba a cabo con poca asistencia y con una biblia donde se tachaban los "camellos" y se reemplazaban por mulas de Toledo y que sabiamente fue conocida en la población como "la biblia sin errores" entiéndase que si se hubiera puesto "la biblia sin camellos" habría sido contraproducente. La iglesia no era muy grande y el cura ya no estaba para paseos, ni la arquidiócesis quiso reemplazar curas graciosos, y la comunidad creyente era un número deleznable, más aún después de los muertos por la lectura de la parábola, ni valía la pena tratar de evangelizar un pueblo que sólo se reía hebetado y donde, en verdad, no había futuro, ya que no habían nacimientos, ni oficiaba el legado por vía evolutiva. Mejor dicho, mandar un cura nuevo a que de pronto también le diera el mal de los descosidos -de la risa- era como votar pólvora en gallinazos. No es por mala fe que lo digo, pero la evangelización de los indios de américa valía la pena. ¿Cuánto diezmo, cuánto esclavo creyente y temeroso no ha pagado con creces el gran esfuerzo de los conquistadores? Quedaba por preguntarse, y ya es cuestión de fe, si los muertos buenos que iban al cielo seguían allá en las alturas con tanta gracia o se curaban para siempre a la entrada del cielo. Puede uno suponer que en el cielo todos se desternillan de risa constantemente, no en balde ya son salvos eternamente y pueden sentirse eternamente felices, pero que estén toteados de la risa mientras se ejecutan los coros celestiales o se ejerce el título de ángel de la guarda o mientras se le dirige la palabra al comandante en jefe de las fuerzas angelicales, debe de ser de muy mal gusto. Queda por comprobar si en el cielo también eran propensos al mal gelásico que atacó aquella ciudad y como todo es deducir, debemos dejar esa especulación en calma y quieta. A la muerte del señor cura no le siguió nadie en el puesto y así también desapareció otra pata del cojo. La iglesia se fue cayendo a pedazos y nadie más le puso atención, ni siquiera se recuerda si el cuerpo del señor cura quedó entre las ruinas o si alguien lo reclamó y le dio cristiana sepultura. El pueblo entero iba desapareciendo. Las mismas razones fueron esgrimidas por la sabia PONAL y la inquebrantable TRANAL, que dirigían las fuerzas policivas y el tránsito regional. Así dejó de funcionar la estación de policía, la alcaldía municipal, la cárcel, el cementerio, la guarida de tránsito -no fue un lapso- las cantinas de la plaza central... El pueblo cada vez más solo se fue refugiando en las montañas y abandonando por completo los edificios de la ciudad. Ya nadie recordaba si al pueblo había llegado la tecnología porque las redes de celulares de no recibir mantenimiento también dejaron de funcionar y la gente no las extrañó. El pueblo se volvió algo así como un pueblo de risas fantasmas, porque eso sí, en la bruma y en la penumbra retumbaban de cuando en vez chispazos de risas puras, aunque los ja fueron en detrimento y se cambiaron por los ju hipócritas. Las pocas veces que se escuchaban -y bien lúgubres se oían- era cuando alguien pasaba por la plaza en donde algún ingenuo, construyó un hermoso edificio de cristal y en la torre, había quedado un letrero con la foto de un camello y que se complementaba con "Se vende carne de" La foto no producía el sarcasmo de risa, era la traducción del dibujo y sólo si alguien se interesaba, porque el letrero estaba en la parte más alta del edificio y sólo quedó al descubierto cuando las primeras fachadas cayeron. El dichoso sitio jamás entró en funciones, pero no faltaba un deambulador que levantara la vista y "Zas" en esos momentos retumbaba la carcajada que parecía venir de ultratumba en esos parajes desolados. Tal es la ciudad. tal es el cuento.

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