No puede decirse que la gente fuera más feliz por reírse a carcajadas o solapadamente, porque en algunas circunstancias más parecían unos orates malnacidos. Compruébese o hágase el intento de hablar con una persona que emite vocablos ininterrumpidamente y si se les mira, cosa que es bastante difícil, sus ojos parecen un poco como vidriosos y perdidos. Ahora trate de hablar con una persona que está descosiéndose de la risa -algunos dicen pipisiados de la risa o muertos de la risa- y se dará cuenta lo improcedente del verbo. Por más, la ciudad ya estaba inundada de pacientes del síndrome gelásico y los problemas que en un momento se suscitaron por burla aparente, ya habían cesado. Se dió el caso de un ciudadano de raza negra que al subirse a un bus pagó su pasaje y el conductor lo miraba, le devolvía y se reía y el pasajero, insultado en su amor propio, que el amor ajeno es de otro, le propinó 14 puñaladas al conductor y los agentes de la ley entre risas lo buscaron y lo llevaron a prisión. Se dieron algunas muchas trifulcas y agresiones al inicio de la peste por que alguien se reía y los no contagiados, se sentían aludidos y al obtener como respuesta las agresiones, más risas, las cosas se ponían de color de hormiga -de hormiga roja- Hubo científicos que se pusieron a investigar las causas y los alcances de la peste y llegaron a la conclusión que se trataba de una desconexión mental sin solución posible, al parecer, la risa está ubicada en una zona del cerebro L, una parte que nos heredaron los primeros mamíferos y que, mal que bien, parece ser responsable de la ternura, la ira, el miedo y el deseo sexual. Según explicaban, un detonador, al parecer el chiste del camello, desconectaba la parte pensante del cerebro, liberando una hormona desconocida hasta la fecha que bautizaron "gelatona", pero la hormona desaparecía casi al instante, dejando al cerebro desconectado y como en un bucle ejecutable. Al final la ciudad se conoció como la más feliz del mundo y nadie más se interesó en buscar una cura, pero se prohibió el chiste del camello con veto y multa policial fuera de sus fronteras. A decir verdad ese veto era improcedente porque ninguno era capaz de repetir el chiste sin totearse de la risa, así que hablando en plata blanca, nunca se les oyó el chiste a ninguno de ellos, porque no más preguntarles: ¿Cómo es el chiste del camello? provocaba montañas de hilaridades que evitaban que otros se contagiaran. La gente salía libremente de la ciudad, porque la enfermedad no era contagiosa, pero con el tiempo notaron que quienes no tenían la enfermedad se reían de verdad de ellos y optaron por recluirse a sí mismos en las barreras de la ciudad, que para honra y prez de sus habitantes estaba rodeada de montañas y así permanecieron hasta el fin de los días en su ciudad feliz. De regreso a la cotidianidad del campo, a mí nunca me interesó más que lo mínimo, aunque la dichosa enfermedad, si creemos lo del cuento, fue iniciada por mí y así traté experimentando con diversos chistes de un repertorio mínimo, con gente sana y no logré el efecto de la que de ahora en más llamaremos paciente cero, es decir los popochos del primer capítulo. Seguidos los personajes, logré ubicarlos y preguntarles cual fue el desarrollo de los acontecimientos de aquella noche fatídica en que conté el chiste del camello. Lo que logré sacar en limpio, recuerden que la risa no les dejaba hablar, y cada que recordaban el maldito chiste, la risa les opacaba el pensamiento, no es tema de este capítulo pero por respeto a los lectores, en el capítulo correspondiente, omitiré las risas de todos los tipos, porque si no el capítulo entero correspondería a las cinco sílabas a las que ya aludí.
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