No debe escudarse en las sombras quien desea ser recordado por la humanidad o, tal vez desde la sombra pueda manipular mejor lo que desea que se cuente de él. El caso es que en los primeros meses del ataque de risa ocurrido a la población, los noticieros de toda la nación hicieron su agosto, comentando sobre el pueblo más feliz del mundo, del país y de la provincia de tal: "La felicidad por encima de todo" era el título de la prensa libre. "toneladas y toneladas de risa para la patria de san gelasio" fue el titular de los laicos "Una sonrisa que cambia al mundo" rezaba los radicales de centro y "Dios les legó sonrisas" el periódico de la línea teológica. Los noticiarios enviaron -discúlpenme esta perogrullada- enviados especiales que estuvieron cubriendo por varios días la inusual carcajada de un pueblo que, a decir verdad, nunca había sido famoso por su risa. No faltó el periódico de izquierda y socialista que aprovechara para echar pullas: "El país de la risa" y "el país que da risa" fueron publicados durante cuatro domingos consecutivos en el suplemento y dos o tres gacetilleros hicieron sus cuentos para imprimirlos y venderlos mientras la noticia aún estuvo en el horno. Por lo menos dos meses más pasaron antes de que la ciudad de la risa desapareciera por completo de los telediarios y de la prensa en general, pero los comentarios, la página oficial de la secretaria de educación y varias páginas en las redes sociales, mantuvieron viva la historia y de vez en cuando se aparecía alguien que quería llegar al interior de aquellas montañas para comprobar si la leyenda era realidad o para triunfar en sus truncadas carreras de comediantes. Sí, al pueblo llegaron comediantes de talla internacional que vieron sus carreras frustradas y se presentaron en la plaza, en el palacio de los deportes y en la estación de Bomberos con un éxito moderado. ¿Quien iba a pensar que en un pueblo de risueños, la gente no quisiera reírse más? No puede criticárseles por la inasistencia y menos cuando por aquellos días se encontraban en las finales de fútbol soccer -el de las patadas- y las presentaciones coincidieron con algún que otro partido. A decir mucha verdad, la gente se reía de los cuentos y de las monerías del comediante, pero si me preguntan a mí, parecía que no le ponían demasiado cuidado, en tanto siempre algunos estaban riendo. Aquellos aprendieron a dominar al público sin usar muchas palabras, o por decir más verdad, usando palabras de grueso calibre y además descubrieron el truco de la palabra que provocaba la hilaridad total: "¿se saben el chiste del camello?" o simplemente decían: "camello". Los comediantes llegaban, decían un par de vulgaridades y para hacer rematar al público de risa decían "camello" varias veces y la función, como les he dicho, a veces terminaba en tragedia cardíaca. También los humoristas se cansaron de ir al pueblo o la gente terminó por no asistir más a pagar para que los hicieran hacer lo que hacían gratis.
Desde la investigación de los popochos, yo no había vuelto a tener una conversación con un "alterado" hasta que me encontré de frente con un caso extremo o si quieren, podemos admitir que la enfermedad tomaba visos de compleja. Resulta que saliendo tarde de mis labores -que hacía entre risas para no sobresalir del modelo general- atravesé por un desecho, lo que se llama un camino alterno y sobrada casualidad, en ese camino fangoso y cruel, me encontré a la señora de la ternillera -por alguna insana razón, tenía una argolla atravesada en la ternilla- y, claro, como todo un caballero, decidí ayudarle a recorrer el tramo ofreciéndole la mano a cada paso y franqueando con ella los agujeros más grandes del suelo. El camino era de bajada y estaba resbaloso, pero ella no paraba de reírse: ja ja ja ja y con ja que es la risa más estridente y pura. Digamos que yo ya estaba incómodo y me reservaba el decir "camello" ella cada que le ofrecía la mano soltaba la carcajada ja ja ja y no fui yo a decir que, "esta subida es un camello" y ¿por dios qué he hecho? está chica no podía parar de reír y yo me figuraba que le iba a dar un paro cardíaco, le pedía que se calmara, pero ella de sólo contemplarme angustiado se repetía a sí misma "camello, "la subida es un camello" ja ja ja. Yo apelaba a su juicio, pero ¿cúal juicio? le decía lo malo que era reírse tan desaforadamente, pero si me disculpan, ella más se desternillaba de risa y aún nos faltaban un buen par de cientos de metros. No aguanté más y me enojé con la desternillada y le dije lo inconsciente que era reírse de una estúpida palabra, le grité que tratara de explicarme que de gracioso podía tener la palabra "camello" y ella sin aliento ja ja ja, ja ja ja. No pude más, mi ego, mi amor propio, mi caballerosidad y mi aguante todo me impulsó a abandonarla en esa brecha. Salí enojado y todavía por más de 5 minutos alcanzaba a oírla: "esta bajada es un camello ja ja ja".
Desde la investigación de los popochos, yo no había vuelto a tener una conversación con un "alterado" hasta que me encontré de frente con un caso extremo o si quieren, podemos admitir que la enfermedad tomaba visos de compleja. Resulta que saliendo tarde de mis labores -que hacía entre risas para no sobresalir del modelo general- atravesé por un desecho, lo que se llama un camino alterno y sobrada casualidad, en ese camino fangoso y cruel, me encontré a la señora de la ternillera -por alguna insana razón, tenía una argolla atravesada en la ternilla- y, claro, como todo un caballero, decidí ayudarle a recorrer el tramo ofreciéndole la mano a cada paso y franqueando con ella los agujeros más grandes del suelo. El camino era de bajada y estaba resbaloso, pero ella no paraba de reírse: ja ja ja ja y con ja que es la risa más estridente y pura. Digamos que yo ya estaba incómodo y me reservaba el decir "camello" ella cada que le ofrecía la mano soltaba la carcajada ja ja ja y no fui yo a decir que, "esta subida es un camello" y ¿por dios qué he hecho? está chica no podía parar de reír y yo me figuraba que le iba a dar un paro cardíaco, le pedía que se calmara, pero ella de sólo contemplarme angustiado se repetía a sí misma "camello, "la subida es un camello" ja ja ja. Yo apelaba a su juicio, pero ¿cúal juicio? le decía lo malo que era reírse tan desaforadamente, pero si me disculpan, ella más se desternillaba de risa y aún nos faltaban un buen par de cientos de metros. No aguanté más y me enojé con la desternillada y le dije lo inconsciente que era reírse de una estúpida palabra, le grité que tratara de explicarme que de gracioso podía tener la palabra "camello" y ella sin aliento ja ja ja, ja ja ja. No pude más, mi ego, mi amor propio, mi caballerosidad y mi aguante todo me impulsó a abandonarla en esa brecha. Salí enojado y todavía por más de 5 minutos alcanzaba a oírla: "esta bajada es un camello ja ja ja".
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