No recuerdo que día salí a la calle a hacer unas compras y me encontré con un río embravecido de júbilo y jadeante que gritaba, corría y se santiguaba. En algunos sitios se tenían botellas de cerveza en diversos lugares, a donde llegaban para echarse un trago a la reseca garganta de gritar y que, con beneplácito de los etarios, propietarios, copropietarios, compañeros de trabajo y clientes, pasaban desapercibidos. O nadie quería decirlo o nadie quería imponerlo: beber en horas de trabajo es válido si ocurre un evento que lo justifique. El color que ofendía la vista era el amarillo, aunque había unos parcos de azul, que igual gritaban y pataleaban. A la primera de cambio pude notar como sobresalía aquel color en la calle -sólo siendo ciego y tonto habría podido evitarlo- peatonal y a diestra y siniestra en los almacenes, desde la más insignificante tienda de ambulante, hasta en las más sofisticadas con detectores de hurto y guardas privados, la gente exhibía con orgullo ese color, que en prendas siempre me ha parecido tan nauseabundo. Incluso para un coche o un electrodoméstico resulta bastante ofensivo. Sé que algunos saben a lo que me refiero, pero el color es un amarillo intenso como el que se veía en los asaderos de pollos de antaño, Kokorico y Pollos Mario. Un amarillo decadente y emético. Cuando alguien se viste con ese color, puede pasar desapercibido entre un mar de otros pero si sale con un millón más de compatriotas es imposible no notarlo y no es mi crítica acá el vestir. Lastimosamente ese color me da pena, asco y ganas de vomitar. Eso no debe asustar a nadie, ni impactarles si es el negro o el rojo. El problema acá es que a mí, si me da náuseas el amarillo, no el verde ni el azul, el amarillo. Para más colmo, los almacenes y los vendedores ambulantes llevaban a la venta más camisetas y trompetas del mismo color que ofrecían como "las originales" y pedían a gritos "apoye a la selección". Yo supuse que parte de la realización o del importe por los cachivaches iba directo a los jugadores de la selección nacional de fútbol y me pelé. Allá iba un padre orgulloso con sus cuatro críos en edad de mamar todavía, los cuatro, pero todos impecablemente amarillos, para demostrar que la fe se siembra en casa. En la esquina debatían agitando las manos cuatro venerables ancianos sobre la importancia de la patria y el orgullo de ser connacional con la selección. Todos vestían la amarilla y alguno hasta tenía un carriel con la tripleta de colores. En un almacén de alta costura o de adornos, los vigilantes llevaban orgullosos la camiseta sobre el uniforme, que dejaba traslucir el arma de dotación y la reata y apostaban en algo que llaman "polla" a quien anotaba el próximo tanto. Las damas, no sé como decirlo, también lucían sobre sus prendas escogidas con nivel estético, el desabrido amarillo que las deslucía y las hacía parecer una abigarrada reserva de impertinencias a la moda. Parejas de novios abrazados, notaban como les funcionaba el experimento, sabiendo que le hacían fuerza al mismo equipo, con eso ¿para que más? Ajustando la riada, los cacos, capos, sicofantes, hetairas, haxixinos, cripófilos, zotes y los transeúntes en general, que a más de vestir el color que los representaba, entonaban gritos y hacían sonar unas chicharras aún más desagradables al oído que lo que pudiera ser el color al ojo, y más allá los camiones acompañaban con sus trompetas y pitos en una incesante retahíla ditirámbica. El mar no se calmó, aumentó y habrá que esperar próximos resultados y saber si el mal de embobamiento se propaga más o se detiene y se va curando. ¿Qué más da que haya sitios donde enfermedades como la ceguera cubran toda una comunidad o que haya otra en que un acceso colérico les hizo votar en blanco, o hasta que exista esa enfermedad que en un pueblo mató a todo el mundo de la risa? En el mío, en el pueblo donde yo vivo, el mal es simple: a la gente le dio por vestirse de amarillo, gritar como locos desaforados y pitar como si el mundo se hubiese acabado.
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