Me he detenido muchas veces a los pies de una gran altura a tratar de escarparla, cual aquel gigante mitológico nacido en Ginnungagap al juntarse la tórrida Muspelheim y la gélida Niflheim. Ymir le llamaban, aunque acá el accidente implicará otros dioses, un día, en sueños, yo escalé tal cima. Empecé muy quedo subiendo por sus dedos que semejaban las columnas basálticas de Mull, ayudado por la distancia y el incansable don de comparación, desde allí divisé mares blancos en la lejanía que sin duda eran los mares nacarados provocados por el hielo de los cráteres mercurianos en aquellas regiones donde no da directamente el sol. Como pude, ascendí por sus pantorrillas y en ellas no encontré mejor analogía en el sistema solar que los Tepuyes que ascienden directamente al cielo, cual montañas invertidas que terminan en un mar de fragantes rosas, La cuenca Caloris de Mercurio, el gran cañon del colorado y las imponentes montañas esteatopígicas de Tharsis y Elysium de Marte. Al dar la vuelta por un sendero pude apreciar otro gran monte de Marte, el Olimpus, imponente y majestuoso, que oculta un cráter de impacto que no puede ser igualado por ninguna estructura en nuestra galaxia. Ascendí por su estómago que son las llanuras volcánicas del Valle Baltis en Venus y por poco caigo en el mar de la tranquilidad de la luna, que se eleva en sus bordes cual si fuera el Alba patera de Marte, levemente, para después hundirse sin remedio. Escapé a muchos accidentes en tal valle: catenas, dorsum, dorsas, mares, mons, lacus, promontorium, rupes, sinus... Todo lo sufrí para llegar a los dos montes gemelos de Venus, Gula y Sif, coronados por la más simpática bellota. Desde allí hay que atravesar el Valle marineris de Marte para encontrarse con otras perlas del sistema solar, la sutil pirámide de Marte, y los canalli que forman sus labios, los grandes peines de sus pestañas como otras formaciones basálticas que dejaran las trampas de fuego siberianas y desde allí una enorme cascada negra vuelve a llevarme a los pies del ídolo, ella semeja el mar que pintó Sartre: Negro, profundo y sin final, pues semeja el abismo de Rancor en la batalla de Carcoon.
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