Tuvo siempre la idea de que un cuento o una charla debían llegar a algún punto y concluir alguna cosa, la charla sin sentido no tenía sentido, el diálogo banal no le era grato y rehuía en general las conversaciones de ese tipo. Claro lo tenía en su mente, los discursos políticos, los mensajes póstumos y las declaraciones de amor. Las palabras de un borracho, las disertaciones de un niño y los circunloquios de un deschavetado. A eso le huía, a eso le temía. Vueltas y vueltas sobre un camino en círculo y no concluir nada, ese era su miedo, de allí partían todas sus fobias. El discurso venal también estaba en sus odios y de ese había bebido bastante en sus años de universitario a los que renunció porque el pensum daba vueltas sin llegar a ninguna parte. Su temor era pues iniciar, sin saber donde quedaba el mojón final. Su primera novia tuvo el mismo desacierto y por eso terminó con ella, porque no veía un final y el lo impuso: "no veo para donde va esto, terminemos". La otra cara que le quedaba a su determinismo, consistía justamente en eso, era un ser de radicalismos extremos, pero nunca en el buen sentido de la palabra porque el no decidía terminar una carrera o terminar una obra -pintor no fue, porque nunca empezó ni terminó ninguna obra- Su cerebro de búsqueda de un final, no le permitía mirar atrás a lo que había rechazado por no tener un final o una directriz hacía un final vislumbrable. Así estando, cuando veía algún pequeño círculo en sus relaciones, las daba por terminadas, pero esto no ocurría sólo con las chicas en su haber, sus amigos fueron un constante rublo en descenso porque a medida que circulaban eran expuestos y vetados a los espacios que aquel visitaba. "No quiero volver a verte, sólo das vueltas" "Apártate, me eres insano" y así estaba el juez condenando, hasta que redujo a cero los que se aproximaban a él. Escribía cuentos, con una finalidad, enseñar que debe haber un final, bueno o malo. Odiaba los koanes porque le presentaban la dualidad del esfuerzo de tomar un final, pero las moralejas las adoraba. En su reclusión final, cuando ya nada ni nadie se acercaba a él como amigo o amante, se dedicó a expurgar los libros que no tenían una finalidad y su biblioteca también quedó reducida, porque la finalidad debía también ser acorde a él y por ello exterminó los libros de filosofía, los libros de superación personal, los libros de ciencia ficción, los libros de hechicería, los libros de recopilaciones, los libros de resúmenes y los libros cuyas letras le intuían novelas: quemó Los miserables, el jugador, La Karenina, quemó a Vargas Vila en su totalidad y A Camüs, no dejó una sola obra de santos, por no decir que ninguna biblia se salvó, y no me refiero a biblias católicas o pseudo católicas: Los trabajos de Hércules y los de Hesíodo, El Enuma elish y la Epopeya de Gilgamesh, el Popol vuh y las mitologías de los dioses de cada rincón del planeta. El Bhagavad gita y las Eddas. Hubo un tiempo en que sus enseres también se redujeron a un nivel casi nulo. acabó con la cama, el suelo le era suficiente y decoroso, la mesa, el jardín de la cocina, en la cocina misma no tenía más que una cuchara y un plato, nada de ollas, nada de nevera o equipo de sonido, nada de cuadros en las paredes, nada de herramientas o lujos -todos innecesarios- nada de sillas, nada de computadores o tecnología, despreciaba el celular como ningún otro artilugio, los reproductores de todas las formas, y sobre todo, odiaba la electricidad. Su casa la hizo en una colina escarpada donde nadie llegaba y desde donde no miraba hacía afuera más que para ver al hombre de los víveres que los llevaba cada semana y, parcamente, en la antesala de la puerta quedaba un billete por el esfuerzo, que el mandadero intercambiaba por la bolsa. Su ropa no era un gran escándalo, le bastaba cubrirse, pero no ponía énfasis en lo que lo hacía. Descuidó su cara y le cubría un enmarañado pelo, y una barba brumosa le tapaba todo el rostro. No tenía espejos. De él supe yo cuando alquilé su casa, porque nadie supo a donde se dirigió o cómo murió, o si aún está esperando en algún lado la terminación de su vida, lo cierto es que, Tanto miedo le tenía a lo banal que le pareció que su vida excepcional, digna de ser contada por lo banal, fue banal.
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