A las puertas de la tumba quisiéramos hacer un compilado de lo que ha sido nuestras vidas, si tuvimos la fortuna de creernos el cuento de que fuimos imprescindibles para la correcta función de nuestra generación. Si ocurrió lo contrario en nuestras vidas, es probable que estemos a las puertas de la tumba por mano propia. Svetlana Gabrielovna perteneció a los dos grupos: Antes de dar por terminada su vida, diligenció un amplio manuscrito que daba cuenta lo importante que se sentía para la generación que la vió vivir y los precedentes que sentaba hacía el futuro, incluso preveía los homenajes que en muerte debían prodigarle y las estatuas que en su nombre debían ser erigidas, incluso dictó el epitafio de su tumba y la música que en su sepelio debía sonar, porque hasta calculó, con exagerada precisión, la manera como asistiría a la premier de su postrer morada. Svetlana fue en vida compositora y crítica de arte, en innumeras presentaciones cantó su vida y sus apegos, sus amores, sus gustos y disgustos; era celebrada al llegar y vitoreada al salir de sus espectáculos con tal violencia, que su público parecía enloquecer al sentirse falto de ese ídolo. Muchos de sus eventos terminaron en cruentas batallas por abrazarle, por tomarle una foto y hasta por percibir una firma, cosa que a ella le pareció siempre chistoso, pero muchos de sus seguidores le instaban a firmar una entrada de concierto, un papel sin brillo, una camisa, hasta unos interiores se atrevieron a mostrarle para usar como pizarra. Sus discos -muchos fueron- editados en vinilo porque jamás gustó de otro medio de impresión, aunque sus manejadores, muy por bajo cuerda imprimían en toda clase de formato magnético y electrónico, eran el blanco en el que el negro marcador dejaba las huellas de su estilo: simple pero fuerte y los dos trazos de su nombre quedaban allí marcados sin dedicatorias, de las que también era enemiga, como de los formatos digitales y los videos. Dejó sentado que su muerte no era en vano, ni banal su vida y que las generaciones debían rendirle culto y recordarla. Su muerte ocurrió hace 25 años. ¿La lloraron? Si. ¿La recordaron? Si. ¿La recuerda hoy alguien? ¿Saben cual fue su contribución? Razones debió tener Svetlana -las de Eróstrato- para escribir sus memorias, enviarlas a su mejor amigo y calcinarse con sus posesiones en la carrera 52 con 65.
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