jueves, 2 de abril de 2020

Multitudes

¿Les ha pasado subirse a un bus y sofocarse por la cantidad de gente? Esta semana debí viajar a un pueblo amarrado a la ladera de una montaña, como casi todo pueblo antioqueño, y para llegar a la terminal del sur me embarqué en el metro, nada más ver ese gentío me provocó un ataque de ansiedad, respiré varias veces, despacio, antes de poder subir por las escaleras externas de la estación y apenas pagaba el importe de recargar la tarjeta con integrado me entraron ganas de vomitar. Mandé la mano a la boca y ejecuté una maniobra hic para apretar mis músculos internos y evitar la arcada. Sabía que al regreso necesitaría de nuevo el metro y le pedí al dependiente que me llenara además otro pasaje. Son cinco mil señor. Pasé las registradoras y me sentí un poco mejor, aunque al subir a la plataforma y ver la locomotora pararse frente a mí, yo con ese gran paquete que es mi guitarra acústica y la parafernalia de toque, me sentí morir. Sudaba copiosamente, no me acostumbro al calor de Medellín, pero tampoco me acostumbro a quitarme la chaqueta y la camiseta de manga larga de uso cotidiano. Traté de buscar mi mp3 pero el conglomerado era absurdo a esa hora de la mañana y antes de empezar a hurgar en mi chaqueta, sabía que no lo lograría. Respiré profundo de nuevo, cerré los ojos, me trasladé mentalmente a la estación requerida, repasaba en mi mente el nemotécnico de las estaciones NIBEMATRICAHUOPRA SAAEXIPOAAYUEITA ¿me bajaba en esa E? no, me bajaba en la PO. Apenas pasó de SA, sentí un descanso pues allí se baja mucha gente, aunque aún eran demasiados mundos en mi cabeza, tanta estúpida gente, con tanta estúpida idea, con sus estúpidas caras de idiotas. Casi todos pegados de sus redes, no había que mirarlos para intuirlos. Leía o escuchaba el nombre de la estación y me repetía como un consuelo. Falta poco. Si pudiera ponerme mis audífonos, mi banda sonora podría espantar este asco. Lamenté no haber previsto tal inconveniente, el estoraque de mi guitarra lo llevaba como un morral y eso me impedía aún más, un movimiento natural, logré asirme a un pasamanos cercano a una puerta y vino a mí la imagen de Gregorio Samsa queriendo sentir la presión del sofá en su espalda... esa era su seguridad y la mía consistía en evitar a la gente. Soporté hasta la estación PO y me bajé, pregunté por el integrado, pero al ver a tanta maldita gente esperándolo, decidí seguir a pie y olvidarme del transporte público. El peso de la guitarra en mi espalda se asentaba, pero no quería cargarla entre las manos. Yo no tengo nada de antioqueño, no me gusta el hierro entre las manos, ni en el cuello. Desgraciado de mí porque vino a mi mente el transporte hasta el pueblo y otra vez sentí un mareo, tomé un poco de líquido refrescante que llevaba en mi chaqueta y prendí un cigarrillo, esperaba que el bus tuviera aire acondicionado funcional y sillas sin acompañante o monoplaza que son las que me gustan para no tener que hablarle o pedirle permiso a mi coviajero, por lo menos esas estúpidas esperanzas metí en mi cabeza. Tardé unos quince minutos recorriendo los 800 metros que me separaban de la terminal bajo un sol ardiente. Hice memoria de lo que debía hacer, en unas seis horas estaría cantando en un bar para amigos y bastaba con las letras que llevaba. Perdí mis pensamientos en la seguridad que me daba el llevar buenas letras o lo que yo creo buenas letras, pero al ver las filas para la compra del pasaje se me helaron las venas, tres filas inmensas y ninguna se movía. Pregunté, me señalaron una de ellas y allí me detuve. La fila se movía irregularmente. Se escuchaban quejas y maldiciones, Intuí y rogué que no fuera eso o, en mi interior, agradecí que fuera eso y que el hecho de que no pudiera viajar, dependería de lo que me molestaba y no de mi interés en alejarme de ellos. La multitud era tanta y quien hacía fila a mi lado decía que iba a por los tiquetes para tres días adelante. Casi 40 minutos después llegué a la taquilla y el ciudadano detrás del vidrio me dijo impávido. Para las cuatro. Hice cuentas y llegaría como a las doce de la noche y ya no podría asistir a tiempo. No supe si agradecido o maltratado me regresé a pie al metro y sufrí por segunda vez en un solo día la sensación de asco y desprecio por las multitudes. Me conecté a la red y le conté al doliente la razón de la cancelación. Me pidió que le ayudara a redactar una excusa y apenas tengo hoy la oportunidad de hacerlo. La multitud mi querido G, la multitud tuvo la culpa y no sé si quedarles agradecidos.

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