Su primer beso lo prodigó cuando estaba en el jardín de niños a un hermoso bebe de ojos azules y ella aseguraba que "fue con "beso francés" obvio con un gringo de esos" y apenas tenía cuatro años y de allí en más su vida estaría marcada por una constante sexual similar a la de Julieth de Sade, pero con visos de realidad, si pudiera expresarlo, como una Julieth latina. Recordaba que a la edad de cinco años se sentaba con su padre a ver televisión y en las escenas un poco fuertes ─nada exagerado, una pequeña escena de sexo seco de una serie en la franja no familiar y nada que al comparar con un baile actual no deje al primero sonrojado por lo pueril─ se tocaba la entrepierna y decía "es que me hace cosquillas aquí". El padre incómodo buscaba unas caricaturas o salía con ella a buscar una distracción y desde ya comprendía que su hija tenía una especie de mecha adelantada, su madurez sexual aún distaba una década por lo menos, pero, de alguna manera, en su cerebro, se había adelantado, aunque a veces pensaba para sí ─preocupaciones de padre novato─ al final de cuentas sólo tenía a Pablo de 8 años y a Ana de 5 y por el bienestar de su bolsillo no pensaba engendrar más y le había dicho a su esposa que se hiciera operar. Ana, como "María la Bandida", se chupó su primera rasca de una cantimplora y luego esperaba con ansias los restos de aguardiente que el abuelo acostumbraba a tomar religiosamente todas las mañanas y en las navidades y fiestas lograba hacerse con varias pintas del vino dulce "Cherry" que repartían con las galletas. No era alcohólica y nunca lo fue, pero eran momentos de felicidad imitar al hombre ebrio de la casa que llega a implantar orden en el gallinero. Durante su pesada niñez, Ana vivió muchas pasiones infantiles, cuando jugaba con sus amigas del barrio, siempre hacía el papel de papá y ella lo disfrutaba dando órdenes, golpeando a sus compañeras ─las mamás del juego─ en las nalgas tiernas en señal de posesión como vio hacer al macho humano en tantas series y películas y cuando estaban solas, se acostaban y Ana se subía en ellas vestida y fingía una penetración ─la verdad es que sólo brincaba como una loca─ que, a las otras amiguitas dejaba estupefactas pero que "así debe de ser el juego" y constantemente se despedía o llegaba estampándoles un sonoro beso en la boca. A los nueve años tuvo un encuentro con su hermano; ya muchas veces lo había visto al orinar interesada en ese tubo curioso que ella inútilmente se buscaba cuando estaba sola y suponía que habría de crecerle como vio crecer el de su hermano y en una noche que fue especialmente larga, ellos igual dormían en la misma habitación y compartían todo, ella se pasó a la cama de Pablo y comenzó a buscar bajo el pijama hasta que halló el insignificante tubo y empezó a tocarlo y a examinarlo con atención. Pablo se despertó y fingió el sueño y sufrió de una pequeña erección con la que ella quedó maravillada y más convencida que un día le crecería uno de esos y lo tendría para sí misma ─no se equivocó, tuvo cientos a su disposición─ y se volvió a la cama a soñar con lo que haría con su aún no crecido juguete. A los doce años comprendió que no tendría un juguete como el que añoraba, pero eso no le impidió tener su primera experiencia sexual con Paula, una compañera del colegio que también era su vecina y que maliciosamente compartieron cama después de una pijamada. Se abrazaron tiernamente luego de que las dejaran solas y ella sufrió una erección, su clítoris y sus pechos se ruborizaron y se hincharon y, no amorosamente, como suele ocurrir, sino en un arrebato místico, Ana frotó su henchido cuerpo contra el de Paula y la disfrutó y la poseyó de todas las maneras posibles. No es de dudar que Paula lo disfrutó puesto que seguía buscando oportunidades para repetir el evento. Se buscaban en los baños y no era raro que entraran juntas al mismo y se dieran besos apasionados, aprovechaban las tardes en casa cuando los padres pensaban que hacían tareas para desfogarse la una en la otra y de allí surgió el amor que Ana jamás olvidaría. No obstante a los catorce años, un chico adorable le hizo perder la virginidad y ella quedó igual de encantada y en su cerebro no había ningún debate, se podía pasar igual de bueno con una chica que con un chico y a esas andadas dedicó todo el albor de su juventud, coqueteaba con las chicas y sonsacaba a los chicos y todos se veían atraídos a ese vendaval rojo que absorbía y quemaba. Recordaba claramente a su madre cuando le preguntaba enojada en su niñez "cuando le iba a crecer el tubito entre las piernas" y la madre, sin sorna, le decía "tranquila mi amor que con eso que usted tiene se va a conseguir muchos de los que quiere". No hubo falsedad ni engaño, primas, primos, amigos, amigas, compañeras del CEFA y mujeres entradas en edad fueron suyas a discreción y ella no se ruborizaba, por el contrario, contaba las aventuras como si de una película se trataran: Manuela la de la tienda, Sofía, Lucy y Laura las vecinas, Lady y Andrea las compañeras del colegio, Luisa la prima, por no incluir a Ferney, Jaime y Andrés, fueron presas de sus deseos y conocieron, por primera vez, a la fogosa pelirroja que no le hacía honores a las virginidades de una ni de otro. En lo que a iniciados se refiere, que sus encuentros sexuales fueron tantos y tan frecuentes que no estoy aquí para cansarlos con nombres y aventuras del mismo tono ─y no pretendo que el cuento se vuelva un tomo quijotesco como los que mostraban los procesos de la inquisición─ y con tan diversos ya iniciados. A los 17 años estaba convencida que era bisexual y se consiguió un hombre como excusa y fue su novio por 7 años, pero sin olvidar a su primer amor Paula que ya se había casado ─casado con otra chica y adoptado un hijo de ella─ y tenido un hijo, pero que cuando se decidía a ir a buscarla ─y la encontraba siempre─ se le sentaba en las piernas y le hablaba cosas al oído y Ana sucumbía a sus encantos y desaparecían en un taxi que las llevaba a algún nido de amor. Una semana más tarde ella juraba que Paula no le volvería a hacer eso, pero verla y caer en sus brazos era la misma acción. A los 25 decidió abandonar al novio con el que se pensaba casar y disfrutó de poder atraer a sus redes indistintamente a hombres y mujeres y a veces a ambos al mismo tiempo, aunque a veces se cohibía de demasiado placer y sabía como controlar ese fuego en ella para no caer en cualesquier sábana. A mí me contaba estas historias y yo las puse acá, soñando con las perversiones de Ana y con Ana, con esa pelirroja andando desnuda por el corredor de mi casa tratando de romper alguna ventana para colarse, con su risa infantil, su cara blanca y angulosa de femme fatale, con su desparpajo para hablar de sexo como si se tratara de las onces, con un cuento de censura social en los labios y con sus mil artimañas, pero sabiendo que jamás podría luchar contra la supervillana Paula.
No hay comentarios:
Publicar un comentario