miércoles, 25 de marzo de 2020

La gran familia del aislamiento obligatorio

Santiago Maduro Espineta vende chococonos todos los días, apenas se ajusta para el desayuno: un tinto con un buñuelo se sienta en la chaza de la esquina y lo disfruta. Luego, llegando el medio día, aprovecha el calorcito y se ajusta para la pieza que vale 6000 pesos y para echarle algo al estómago pergeñando aquí y allá con los ciudadanos de buena voluntad. Durante el aislamiento tendrá que salir, no a vender chococonos, saldrá a buscar comida, a que le impongan multas que no podrá pagar o a que se enteren que si no lo dejan salir, con virus o sin virus, igual va a morirse.

Adriana María Sierra Espinoza debe muchas cuotas al banco porque empezó un negocio familiar en el que perdió ocho años de su vida como una esclava y con el cual nunca pudo pagar al banco. Lo cerró y ahora trabaja todo el día sólo para cubrir sus obligaciones con los prestamistas. Volvió a la casa de sus padres, retira una ínfima cuota para sus necesidades más primarias y lo demás al banco. Con la imposición de aislamiento sus deudas ascienden mensualmente a un millón y medio y los bancos la llaman para que, si se quiere acoger a las prebendas ofrecidas por el gobierno, esté al día en sus obligaciones y pague puntual. Pensó en un momento que una webcam porno podría facilitarle las cosas pero no tiene como comprar los artilugios, ni el conocimiento para hacerlo. Putear en la calle es imposible. Tendrá que esperar para ver como son las sanciones al terminar el aislamiento o esperar que sea tan de buena suerte que la alcance el virus y felizmente la mate para olvidarse de tantas malditas deudas.

Adriana Lucía Echeverry Palacio empezó en la prostitución a los doce años por culpa de su padrastro que la poseía a la fuerza, ella cansada de ser abusada y de que su madre no le prestara atención se escapó y acabó por los lados de la minorista ofreciendo una mamada por $5000 pesos y así paso a las grandes ligas veracruzanas. Nunca le importó demasiado no tener dinero, le bastaba seducir a un peatón y sacar para un almuerzo o la comida y hasta donde pasar la noche. 35 años lleva en el ejercicio puro de la profesión y es una profesional que no requiere presentación, ni cartón. Nunca creyó que la encerraran en su casa por tantos días y a pesar de ello, no faltó el vecino que le facilitara almuerzo o comida por favores sexuales. No sabe si podrá sobrevivir en el barrio a punta de favores sexuales, que ya las vecinas esposas de sus concubinos la miran con recelo, que se imaginan porque Jorge va tanto a reparar el fogón de doña Adriana o Mario dizque a resanar una humedad, pero así ha vivido siempre, al día y espera poder saltar la crisis, día tras día hasta volver a la añorada Carabobo, al lado de la iglesia que siempre le ha dado su cachito de comida y su dormida, aunque sea a cambio de sexo duro.

Los esposos José Londoño y Mercedes Piñacué venden jugos en una chaza aportada por el gobierno de esas de acero inoxidable que abundan tanto en el centro de la ciudad. De sus jugos pagan el arriendo, la chaza, y el diario, se ayudan con la venta de cigarrillos y alguna que otra papa chorreada y pastelillo. Desde la cuarentena están consumiéndose los dos puestecitos ─la fruta y los cigarrillos─ y no tienen como pagar el arriendo y los servicios, esperan que el gobierno no les cobre el mes de renta de la chaza o que alguien, así sea sus hijos, se aparezcan con un mercado o dinero para comprarlo. Por tener más de 70 años se sienten más desprotegidos y más próclives a la amenaza del virus, pero acatan fervientemente la llamada del gobierno a no salir ni exponerse y se lavan las manos a cuatro jarros, cada que en la radio lo dicen. No pudieron comprar gel ni tapabocas, pero en eso de estar a metro y medio el uno del otro, no han faltado a su palabra.

Baltimore Tejada es un ser despreciado por la sociedad, vive en la calle de la plaza tomada para tal, en el piso o bajo el puente cuando encuentra sitio. Desechables les dicen en el centro o gamines. A él le gusta la droga y pidiendo logra conseguir con que armarse unos tabaquitos de picadura y perico y en la plaza siempre consigue algo para comer, excepto por estos día de encierro y que no lo dejan entrar a la plaza a conseguir el pan diario o unas legumbres para hacerse una sopa. Los vendedores de bazuco igual siguen proveyendo pero si no hay lucas no hay bazucas y con esta escasez de gente en las calles toca robarle al parcero o vender o cambiar lo poco que se va consiguiendo con los camarones que se duermen y dejan el carro sin vigilancia o el mercado pagando. Total, tocará desintoxicarse, vivir de las patas guardadas y de la caridad de la hormiga que guardó para el invierno o enfrentarse a la ciudad para ir hasta la plaza misma donde la tienen guardada toda. No le importa si le ponen un millón de comparendos, si se le pega la gripa esa mortal que está dando o si lo encierran en una cárcel por no cumplir el aislamiento que al final él no aparece como ser humano, ni tiene derechos humanos, ni le interesa no estar en procrédito o fiar en algún comercio, pero que aparezca la chiruza que hay guardada.

Don Gabriel Povéda Henao lleva 20 años de jubilado, los hijos le dejaron los nietos para que los criara y los nietos a los biznietos y está en su casa esperando que el gobierno le consigne para hacerse un mercado y cuidar de que no se lo acaben en una semana. Le toca montar guardia en la cocina porque si no las niñas desesperadas en su aislamiento no encuentran más consuelo que consumir lo que se encuentren y le toca vigilar que los nietos no se aprovechen de las nietas. Le toca duplicarse y él mismo sueña con volver al trabajo y dejarle esos pormenores a la esposa que ya no se levanta de la cama por extremado cansancio de la vida. Gabriel calienta la vida, pero sabe que lo que le queda es poco y que no puede morirse sin dejar en paz a sus hijos a los cuales les repartió la herencia anticipada y ellos le devolvieron los hijos para que no se aburriera en su jubilación. Él pretende criarlos o por lo menos sobrevivir a este aislamiento donde se ha dado cuenta de lo importante de ser un buen padre.

Los esposos Martha Urrego Upegui y Carlos Mario Zapata llevan tres días de luna de miel, disfrutaron el aislamiento primero y con el segundo han estado mirándose el uno al otro, entendiendo qué los hizo juntarse si sus intereses eran tan diferentes. El sexo es bueno y a veces hasta campal, en eso se entienden, pero en lo demás no se han hallado ni el costillar. A él le gusta la comida grasosa, la carne y la arepa con mantequilla, ella casi es vegetariana y la grasa la confunde o le da ganas de vomitar. Él es vasto y simple para vestir y hasta cochino si puede llamársele así al que se cambia dos veces de ropa a la semana, de todo. Ella es el glamour en vivo y usa cada prenda, cada aderezo, cada ajuar con suma precaución mezclando el arcoíris de colores con suavidad de artista. Él gusta del licor y las compañías vulgares, ella es abstemia y no le gusta trasnochar para que su cutis no muestre signos anormales de envejecimiento... Llevan ocho días mirándose a los ojos y comprendiendo lo inútil y estúpido de su convivencia.

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