Julián Moreno Delgado se sabe todas las venidas y por venir de cada caso o cosa que le pase a la humanidad, es terraplanista para más señas y no le cree ni un ápice al gobierno que trata de inventar esas patrañas de un virus que está matando al mundo. Juli piensa que esas cosas sólo ocurren en las películas y sabe por experiencia propia que los tales virus no existen. Ni siquiera pueden verse al microscopio y sabe que los agentes del gobierno han falseado a tales seres para explicar conspiraciones y retener a la gente en sus casas mientras hacen de las suyas con el dinero del mundo. No piensa respetar la cuarentena y todos los días sale a contarle al que quiera escucharle que el tal virus es una conspiración del gobierno para aprovechar la recesión y llenar sus arcas. Julián nunca creyó en los aviones que tumbaron las torres gemelas, en la muerte de Osama, en la existencia de un muro de Berlín o en la llegada a la luna y no ha habido poder humano que lo convenza de que la gente en el mundo anda muriéndose por un virus en forma de corona.
Mateo Salazar y Valentina Córdova, se acababan de casar por la iglesia y se juraron amor eterno y hasta que la muerte los separe, la primera semana de encierro fue maravillosa. El amor actuaba como una barrera protectora que evitaba que el virus se colara por las ventanas y ni necesidad de comida tuvieron. La segunda semana buscaban cualquier excusa para separarse, la convivencia se les hizo odiosa y cada cual quería regresar a su hogar inmediatamente, al lado de sus padres, Colmo es que vivian en un reducido reducto de la calle Palacé, un cuartucho de 22 metros cuadrados donde estaban abigarrados los tres espacios principales del dormitorio, la cocina y el baño. Sólo dejaban de verse cuando alguno entraba al baño, pero no dejaban de oírse. Empezaron los gritos, la paranoia, el recelo, la justificación, pero lo peor era que no podían alejarse el uno del otro, no por pasión o amor que ya se habían dado cuenta que la decisión de casarse fue apresurada, porque el espacio y su majestad el gobierno, no lo permitían.
Serafín Acero no estaba acostumbrado a tratar con la sociedad humana y por ello no tenía mayor recelo con el aislamiento que el tener que aprovisionarse. No tenía contacto con sus vecinos, no saludaba a los viandantes y no se apercibía de lo ocurrido a su alrededor, era un ermitaño viviendo en una zona rural, alejado y apático. Soñaba que el mundo se había acabado y la señal que le indicaba lo contrario era la llegada de las provisiones. Un hombre de mediana edad llevaba el paquete con cosas preordenadas y al llegar las dejaba sobre una mesa en el corredor exterior y de allí tomaba el dinero y recibía más órdenes de compra o dejaba sus apreciaciones sobre el dinero. No se le ocurría dejar la pregunta ¿Cómo va el virus? sabía que mientras hubiera gente en los alrededores, muy a su pesar, la humanidad no estaba extinta.
Aparecieron muchos síntomas de locura en la población, estaba el que se la pasaba pegado de su Xbox 360 o PS4 e incluso de versiones arcadia anteriores tratando de superar todos los niveles de Mario Bross o circus. Residen evil 3 o Fantasy football, God of war y Assassin's creed. Hubo quien se la pasó comiendo series en Netflix y Claro video o películas en DVD de las que había comprado por años a 3 por 5000 y que podían ascender a unas 1200 películas de todos los géneros posibles. Estaba también el que solamente podía consumir canales nacionales y cada vez estaba más paranoico que antes ya que las noticias sólo versaban en torno al virus en el mundo y sus avances y retrocesos. Ninguna noticia era esperanzadora por más de dos minutos. Los afortunados tenían "parabólica" que fue el nombre clásico para la televisión por cable y que, si se me permite, incluye, 45 canales de porquería, pero tiene más diversidad que los tres o cuatro canales nacionales. Supe de varios a los que sus controles les fallaron a media jornada, de algunos que sufrieron desabastecimiento de red o de cable, incluso que el láser lector de películas falló o dejó de leer. La locura.
Apareció el síndrome de deprivación social caracterizado por la necesidad de ver caras diferentes a las que compartían el encierro. Surgió un TOC de limpieza y reparación compulsiva que se extendió más allá del aislamiento. Un fenómenos de ira reprimida y acumulada que se bautizó la "fase Nietzsche", que fue él quien mencionó que lo que no se saca afuera nos destruye por dentro. Resurgió aquella compulsividad de estar conectado y enviar mensajes a diestra y siniestra, de saludar gente que se había olvidado en un archivo o en una libreta de contactos recuperada. Las redes sociales tuvieron un nuevo auge y muchos que las habían abandonado volvieron a ellos con la necesidad de intercambiar información y de ejercer el carácter social de la especie. Se montó en un escalafón muy diferente el síndrome de Estocolmo, pues había gente que amaba la capacidad de sus captores y le veneraban con beneplácito. Al período de ausencia de rebeliones, rebeldías, cacerolazos y marchas se le llamó "la gran calma chicha". Hubo necesidad de ampliar el DMS V con una nueva versión de claustrofobia, enfermedad de la que muchos se quejaron y dijeron jamás haberla percibido hasta la fecha. Se requirió un nuevo término para referirse a la inactividad crónica de no hacer lo de costumbre y se le adjudicó un nuevo nombre al reto de permanecer en una actividad por más de 30 minutos: concentración dispersa.
No todo fue malo. Al principio muchas parejas volvieron a ser amigas, a acostarse juntas a compartir pasiones, juegos de mesa y hasta erotismos. Hermanos volvieron a hablarse luego de lustros de caras largas; padres e hijos se reencontraron sin recelos porque era tiempo de perdonar. Hubo personas que agradecieron al cielo el encierro que los volvía a reunir en la mesa. Hubo familias enteras que alabaron a sus dioses por darles fuerza en momentos de debilidad y que porque "no hay mal que por bien no venga". Hubo declaraciones de amor y fraternidad nunca antes vista, sobre todo de aquellos que sentían acercarse el apocalipsis y no quería morir sin dejar claro a quienes amaban, deseaban o les pedían perdón. El afamado analista social B. K. le llamó el "síndrome de reconciliación previo al presentimiento del fin".
Hubo analistas comprometidos con la verdad que sabían que la recuperación de tal estrategia de encierro era difícil y en cuesta arriba, pero estaban de acuerdo que sin ella, la capacidad hospitalaria se habría disparado y se habría demostrado no sólo ineptitud sino el robo de los últimos 70 años y se preparaba un cambio espectacular en la forma de ver el mundo. La cantidad de muertos no era aplazable ni posponible, pero se evitarían muchos contagios y muchas muertes no deseadas en altas esferas. Cómo mínimo planteaban entre un 2% y 5% las muertes a nivel nacional del total de contagiados y por eso el truco del aislamiento y su posible ampliación era completamente valido, aunque mucha gente quedara por fuera de la protección del gobierno, lo que no se podía aceptar en los noticiarios, sino, por el contrario, mostrar alocuciones de fe y esperanza. La educación cobraría especial interés en las redes y el teletrabajo alcanzaría por fin, niveles aceptables en el país y lo más probable es que no volviera a los bajos niveles anteriores al punto de inflexión tratado. Los analistas sabían que habría saqueos, levantamientos, muertos, pues el desabastecimiento y la especulación no dejarían de aparecer por sincronismo estadístico.
Leonel Posada Gallo, luego del tercer día de encierro comenzó a contar las veces que iba al baño, a pesar sus heces y a medir, en un balón volumétrico su orina, con el fin de demostrar ciertas cifras que había leído en un libro de un loco amigo suyo de la universidad y que se llamaba ─el libro, no el loco─ "Los santos disangelios". Llegó a conclusiones exageradas, pues el libro fallaba por defecto y no por exceso, aunque trató de calcular o de intuir más bien, si el encierro afectaba la producción de desechos o las condiciones ambientales provocaban un mayor deseo de aplacar las ganas o si la comida, ya acumulada en la nevera por días, tenía alguna bacteria anómala o produjera una diurésis clínica. Sus anotaciones quedaron debidamente registradas y espera un día poder encontrarse con el autor ─llevaba 22 años de no verle ni de saber donde se encontraba─ para darle las buenas nuevas. Así mismo dedicó el resto de su encierro a los experimentos más divertidos: Dejó de bañarse hasta que no pudo soportar su propio olor; trato de purificar la orina por el método de destilación y no le gustó cuando la probó; trató de separar algo útil en la materia fecal y, sin asco, reconoció que algunas lentejas y fríjoles pasaban sin ser triturados; Con una cuchara recogía sudor de sus axilas para tratar de aislar el componente fétido para una nueva bomba; lloraba y escupía para evaporar el agua y constatar la cantidad de sal en esas secreciones... en fín, consiguió no enloquecer y muchísimos datos útiles que un día le permitirán ser acreedor a un premio Ignatius.
Mateo Salazar y Valentina Córdova, se acababan de casar por la iglesia y se juraron amor eterno y hasta que la muerte los separe, la primera semana de encierro fue maravillosa. El amor actuaba como una barrera protectora que evitaba que el virus se colara por las ventanas y ni necesidad de comida tuvieron. La segunda semana buscaban cualquier excusa para separarse, la convivencia se les hizo odiosa y cada cual quería regresar a su hogar inmediatamente, al lado de sus padres, Colmo es que vivian en un reducido reducto de la calle Palacé, un cuartucho de 22 metros cuadrados donde estaban abigarrados los tres espacios principales del dormitorio, la cocina y el baño. Sólo dejaban de verse cuando alguno entraba al baño, pero no dejaban de oírse. Empezaron los gritos, la paranoia, el recelo, la justificación, pero lo peor era que no podían alejarse el uno del otro, no por pasión o amor que ya se habían dado cuenta que la decisión de casarse fue apresurada, porque el espacio y su majestad el gobierno, no lo permitían.
Serafín Acero no estaba acostumbrado a tratar con la sociedad humana y por ello no tenía mayor recelo con el aislamiento que el tener que aprovisionarse. No tenía contacto con sus vecinos, no saludaba a los viandantes y no se apercibía de lo ocurrido a su alrededor, era un ermitaño viviendo en una zona rural, alejado y apático. Soñaba que el mundo se había acabado y la señal que le indicaba lo contrario era la llegada de las provisiones. Un hombre de mediana edad llevaba el paquete con cosas preordenadas y al llegar las dejaba sobre una mesa en el corredor exterior y de allí tomaba el dinero y recibía más órdenes de compra o dejaba sus apreciaciones sobre el dinero. No se le ocurría dejar la pregunta ¿Cómo va el virus? sabía que mientras hubiera gente en los alrededores, muy a su pesar, la humanidad no estaba extinta.
Aparecieron muchos síntomas de locura en la población, estaba el que se la pasaba pegado de su Xbox 360 o PS4 e incluso de versiones arcadia anteriores tratando de superar todos los niveles de Mario Bross o circus. Residen evil 3 o Fantasy football, God of war y Assassin's creed. Hubo quien se la pasó comiendo series en Netflix y Claro video o películas en DVD de las que había comprado por años a 3 por 5000 y que podían ascender a unas 1200 películas de todos los géneros posibles. Estaba también el que solamente podía consumir canales nacionales y cada vez estaba más paranoico que antes ya que las noticias sólo versaban en torno al virus en el mundo y sus avances y retrocesos. Ninguna noticia era esperanzadora por más de dos minutos. Los afortunados tenían "parabólica" que fue el nombre clásico para la televisión por cable y que, si se me permite, incluye, 45 canales de porquería, pero tiene más diversidad que los tres o cuatro canales nacionales. Supe de varios a los que sus controles les fallaron a media jornada, de algunos que sufrieron desabastecimiento de red o de cable, incluso que el láser lector de películas falló o dejó de leer. La locura.
Apareció el síndrome de deprivación social caracterizado por la necesidad de ver caras diferentes a las que compartían el encierro. Surgió un TOC de limpieza y reparación compulsiva que se extendió más allá del aislamiento. Un fenómenos de ira reprimida y acumulada que se bautizó la "fase Nietzsche", que fue él quien mencionó que lo que no se saca afuera nos destruye por dentro. Resurgió aquella compulsividad de estar conectado y enviar mensajes a diestra y siniestra, de saludar gente que se había olvidado en un archivo o en una libreta de contactos recuperada. Las redes sociales tuvieron un nuevo auge y muchos que las habían abandonado volvieron a ellos con la necesidad de intercambiar información y de ejercer el carácter social de la especie. Se montó en un escalafón muy diferente el síndrome de Estocolmo, pues había gente que amaba la capacidad de sus captores y le veneraban con beneplácito. Al período de ausencia de rebeliones, rebeldías, cacerolazos y marchas se le llamó "la gran calma chicha". Hubo necesidad de ampliar el DMS V con una nueva versión de claustrofobia, enfermedad de la que muchos se quejaron y dijeron jamás haberla percibido hasta la fecha. Se requirió un nuevo término para referirse a la inactividad crónica de no hacer lo de costumbre y se le adjudicó un nuevo nombre al reto de permanecer en una actividad por más de 30 minutos: concentración dispersa.
No todo fue malo. Al principio muchas parejas volvieron a ser amigas, a acostarse juntas a compartir pasiones, juegos de mesa y hasta erotismos. Hermanos volvieron a hablarse luego de lustros de caras largas; padres e hijos se reencontraron sin recelos porque era tiempo de perdonar. Hubo personas que agradecieron al cielo el encierro que los volvía a reunir en la mesa. Hubo familias enteras que alabaron a sus dioses por darles fuerza en momentos de debilidad y que porque "no hay mal que por bien no venga". Hubo declaraciones de amor y fraternidad nunca antes vista, sobre todo de aquellos que sentían acercarse el apocalipsis y no quería morir sin dejar claro a quienes amaban, deseaban o les pedían perdón. El afamado analista social B. K. le llamó el "síndrome de reconciliación previo al presentimiento del fin".
Hubo analistas comprometidos con la verdad que sabían que la recuperación de tal estrategia de encierro era difícil y en cuesta arriba, pero estaban de acuerdo que sin ella, la capacidad hospitalaria se habría disparado y se habría demostrado no sólo ineptitud sino el robo de los últimos 70 años y se preparaba un cambio espectacular en la forma de ver el mundo. La cantidad de muertos no era aplazable ni posponible, pero se evitarían muchos contagios y muchas muertes no deseadas en altas esferas. Cómo mínimo planteaban entre un 2% y 5% las muertes a nivel nacional del total de contagiados y por eso el truco del aislamiento y su posible ampliación era completamente valido, aunque mucha gente quedara por fuera de la protección del gobierno, lo que no se podía aceptar en los noticiarios, sino, por el contrario, mostrar alocuciones de fe y esperanza. La educación cobraría especial interés en las redes y el teletrabajo alcanzaría por fin, niveles aceptables en el país y lo más probable es que no volviera a los bajos niveles anteriores al punto de inflexión tratado. Los analistas sabían que habría saqueos, levantamientos, muertos, pues el desabastecimiento y la especulación no dejarían de aparecer por sincronismo estadístico.
Leonel Posada Gallo, luego del tercer día de encierro comenzó a contar las veces que iba al baño, a pesar sus heces y a medir, en un balón volumétrico su orina, con el fin de demostrar ciertas cifras que había leído en un libro de un loco amigo suyo de la universidad y que se llamaba ─el libro, no el loco─ "Los santos disangelios". Llegó a conclusiones exageradas, pues el libro fallaba por defecto y no por exceso, aunque trató de calcular o de intuir más bien, si el encierro afectaba la producción de desechos o las condiciones ambientales provocaban un mayor deseo de aplacar las ganas o si la comida, ya acumulada en la nevera por días, tenía alguna bacteria anómala o produjera una diurésis clínica. Sus anotaciones quedaron debidamente registradas y espera un día poder encontrarse con el autor ─llevaba 22 años de no verle ni de saber donde se encontraba─ para darle las buenas nuevas. Así mismo dedicó el resto de su encierro a los experimentos más divertidos: Dejó de bañarse hasta que no pudo soportar su propio olor; trato de purificar la orina por el método de destilación y no le gustó cuando la probó; trató de separar algo útil en la materia fecal y, sin asco, reconoció que algunas lentejas y fríjoles pasaban sin ser triturados; Con una cuchara recogía sudor de sus axilas para tratar de aislar el componente fétido para una nueva bomba; lloraba y escupía para evaporar el agua y constatar la cantidad de sal en esas secreciones... en fín, consiguió no enloquecer y muchísimos datos útiles que un día le permitirán ser acreedor a un premio Ignatius.
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