domingo, 29 de abril de 2018

Profesión discreta

Todos le llamaban Roeth, era un tipo que vivía al extremo de la cuadra, en un apartamento del segundo piso, que tenía las escalas por fuera. Seamos sinceros, yo nunca le había visto realmente. De pronto al pasar alguien lo nombraba: "Hola Roeth" y de allí no pasaba. Mi terrible apatía, no me hacía apto para la interacción social y además de él se decía que era bastante grotesco y mal humorado. Ni siquiera se me ocurría ir a ese lado de la cuadra. Por allá mucha gente armaba fiestas de baile y sancochos en la calle y no, no me apetecía ir a mendigar un plato de sopa o a jugar con los demás niños de la cuadra alrededor de la olla. Contaban que Roeth ya había peleado con la mitad de los padres de la cuadra por uno u otro motivo. La mayor de las veces él no saludaba, ni devolvía el saludo si se lo hacían y miraba con ojos entrecerrados y ceño fruncido a algunos vecinos que se pasaban la tarde en los balcones observando hacía su zona, para decir más, decían los mismos vecinos que el tipo tenía un "humor de mierda" y que "sólo le faltaba gruñir para identificarlo como cavernícola". No supe mucho de nadie más y no duramos mucho en esa cuadra. Por el trabajo de mi padre debimos trasladarnos de casa muchas veces y la verdad jamás volví a oír de ese tipo  o de esa cuadra. La imagen de este texto me sobrevino cuando en una sala de espera de un consultorio volví a oír aquel nombre: "El doctor Roeth no anda de muy buen humor hoy" alcancé a escuchar. Incrédulo me dirigí a la placa que pendía en la puerta para comprender que no estaba equivocado y entender por fin, de una vez y para siempre la predestinación y la implacabilidad de un nombre. La placa rezaba muy simple, "Dr. Weiller".

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