Señor se le va a romper la bolsa, le gritó desde la acera contraria, pero el hombre que llevaba varias bolsas no hizo caso del llamado, tal vez rodó un trozo de vidrio que antes fuera un vaso por la acera y luego de eso se escuchó el chasquido de muchas cosas rodando por el suelo. El hombre descargó las otras bolsas y costales que contenían una centena de cosas: papel reciclado, cables, vasos de plástico, herramientas con herrumbre o desvencijadas, latas, más cables, unos zapatos de diferentes marcas y medidas e incluso, para la relación uno de hombre y otro de mujer, monedas, un trozo de silla, un pedazo de espejo, dos marcos torcidos, una mano de maniquí, un santo descompuesto por algún ferviente creyente después de recibir la noticia de la muerte de su hija, la caja musical que aún, ayudada por una mano amiga, podía desarrollar su melodía, dos eslabones de cadena, un chal sucio, una media rota, cuatro canicas de cristal, una de ellas "bogotana" e incluso un "boloncho", dos bolsas, un costal y un maletín con la correa anudada en uno de sus bordes, una camisa del partido centro democrático con visibles señas de elecciones anteriores, tres clavos, una cortina de bambú, con varias hileras faltantes, un tarro de "mexana", dos colonias vacías y sin tapa, una de ellas sin el aspersor, cordones de varios colores, un tornillo de ensamble, una tuerca de 12 milímetros y un tornillo más de los que usan para sujetar los lados de las camas con dos arandelas, una revista de "Memín Pingüin" unas hojas de periódico de varios años atrás, una correa sin chapa y unas tiras de algún macramé sin terminar, la lonchera que perdió su traba de cierre de vivos colores amarillos y con un poco de desgaste, el asa de una olla y la tapa de una olla a presión sin el contrapeso y con la típica banda roja fraccionada en pedazos, unos disquetes de 3,5 pulgadas con marcas de lapicero viejo reteñido y diluido por la humedad, un control de videojuego sin el conector, el cuerpo completo de una impresora Epson 310 aún con los cables pegados. La impresora calló desde la altura máxima que pudo y la chica dijo: "hasta ahí llego la imprimadora". La paciencia tomó su turno y cada cosa fue puesta y amarrada en su sitio, la bolsa reparada y amarrada al costal para hacer un largo cabestro que atravesar en el cuerpo, el maletín se lleno de sus otras pertenencias amigas y fue cruzado como un manos libres profesional, el cuello quedó comprimido con dos cargas, por un lado el costal y por otro la bolsa reparada, la mano libre tomó otro joto cuyas bellezas interiores no fueron exhibidas y en la mano restante tomó el cuerpo de la impresora y volvió a cargar con todo, pero el peso no fue resistido por los empalmes de nudos marineros y de nuevo quedaron expuestos en la acera y de nuevo el hombre descargó y organizó pacientemente su mercancía para llevar a la quincallería, su plataforma de trabajo, su sustento y de nuevo cargó con ella y una de las piezas de la impresora se terminó de rasgar y cayó al suelo. La mujer sonrió, tal vez se carcajeó y el hombre volvía ya sus corotos al suelo para organizar de nuevo lo que se salía por los lados o corría el riesgo de no llegar a destino, pensó: "la tercera es la vencida".
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