domingo, 8 de octubre de 2017

Razones no faltan

Hace algún tiempo llamé a B. K. acababa de llegarme la noticia del suicidio de un amigo en Bogotá. En estas fechas y ante ciertos sucesos tiendo a sentirme bastante vacío e inocuo y le llamé para preguntarle porque carajos la gente se suicidaba, aunque no es nunca la raíz del consuelo, su manera sobria de ver las cosas me alivia de una extraña manera y esto fue lo que me contestó, ah, y escrito porque él odia hablar por teléfono:

Santiago García llegó una mañana a su casa y arrasó con los ventanales del tercer piso. Su mujercita le vió llegar tantas veces así que le propuso que se dieran un tiempo, que ya no aguantaba más. Ella salió y al llegar al primer piso lo había olvidado todo y le compró una bebida refrescante a su amado, pero cuando regresó y abrió la puerta lo encontró muerto. Se había colgado de una puerta con su propia correa.

Jaime Leguizamón tenía todo lo que un hombre podía desear, dinero y mujeres y las disfrutaba en pleno. Su familia era disfuncional como todas las familias humanas, su madre y hermana eran las prostitutas del barrio, pero no, prostituta es la que cobra por el trabajo y ellas no lo hacían, lo disfrutaban simplemente y un día su hermana llegó a la casa y lo encontró colgado de la canilla del baño.

Juan David Ortíz era un muchacho alegre y sincero, flaco, de nariz aguileña, de ojos tristes, pero siempre se le veía sonriente, algo lo carcomía por dentro y un día llegó a casa, sacó a su hijo de 10 años a la calle y se colgó de la reja del patio. Los médicos en la autopsia dijeron haberle hallado una enfermedad mortal que iba a dar cuenta de él.

Lorena Paz Del Río fue la mujer más dependiente de todas, dependía de cada novio que se conseguía y sufría un mil cada que hacía el obligatorio cambio. En su casa guardaban la escopeta del celador y ella llamó a su último ex, le dijo que si no volvía con ella se volaba la tapa de los sesos y eso hizo con la dichosa escopeta.

Rolando Palacios era pillo de barrio, un segundón en uno de tantos recovecos oficinales de la ciudad de Medellín en cuanto a droga y narcotráfico se refiere. Le pasó lo que a Romeo, Encaprichado por una dama le juró que si no regresaba con ella se daría un tiro y por el mismo teléfono que le hablaba se oyó el sonido de un disparo con el arma de dotación, que rompía huesos craneales y dejaba inerte al ex propietario.

Ricardo Grajales Montero trabajaba en una empresa de mecánica y en el turno nocturno; una mañana atravesando el puente Barranquilla se subió a la estructura y se arrojó a los rieles del metro. Unas semanas después, el metro construyó barreras que impedían hacer eso. A Ricardo le diagnosticaron una depresión crónica y se medicaba con ansiolíticos.

Juan Esteban Pedraza juraba que no había una mujer que pudiera resistírsele y cuando la halló se pegó de unos cables de electricidad que le hicieron sufrir horrores y que al final lo mataron por las quemaduras internas.

Susana Ipichil pasaba ya de los cuarenta y se creyó aquello de que, vive rápido muere joven y que después de los 40 la vida va en descenso, se consiguió una escopeta y se la disparó en la boca.

Matías Arias Se subió a una torre muy alta para probar su valentía, resbaló.

Laura Arrieta compuso muchas melodías y era una gran diva en el medio donde su música era un éxito. Tuvo mil amantes y un día perdió toda ganas de vivir pues un cáncer de garganta le salió al paso. Subió a un edificio en el centro de inversiones y desde allí se lanzó a la fama.

La gente no se mata porque esté feliz ni por que la vida haya que celebrarla con bombos y platillos, lo que veo es todo lo contrario, depresiones, penas, honor, orgullos pendejos y muchas pelotas para abandonar esta vida sin mandatos divinos.

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