sábado, 28 de octubre de 2017

Carta al hijo

Yo sé lo difícil que resulta crecer y enfrentarse al mundo y sé como la comunidad te ataca y espera verte caer para pisotearte o verte salir airoso y halagarte con sus mieles hipócritas, mientras espera secretamente la caída. Debes saber que no siempre se gana y que un día, se cae. Entiendo un cierto afán de sobresalir en el medio y hasta comprendo que no haya sido el padre óptimo o siquiera cercano a lo que has necesitado para desarrollarte apropiadamente. Te has acostumbrado a hacer tú voluntad y no has sufrido grandes pérdidas o ataques. Es probable que el sentirte duro, y el que tus decisiones no te hayan causado grandes oposiciones, no te hayan permitido pulir el sentido de la derrota, ¡¡¡cuántas veces hay que caer para eso!!! O puede que me equivoque y tú sentido de pérdida sea tan alto que no lo he notado. Sé lo que represento para ti, y lo que piensas de mí, que soy arrogante, necio y testarudo ¡¡¡casi lo que piensan mis enemigos!!! sé que fui un ídolo para ti cuando estabas joven, pero ahora mis decisiones no te son valiosas o consideras que mis aportes son los de un viejo cacreco que ha entrado en la demencia senil. Recuerdo con los nombres de las canciones o las ideas que he tenido para los álbumes nuevos o aquella vez que me difamaste porque recibí a un viejo amigo en un lugar que no era el habitual, incluso cuando decidiste no beber más en los ensayos para contradecir aquella manía mía de pensar que sin licor no hay revolución o ¿recuerdas? cuando expusiste que aquella canción que hice en mi juventud y que todos los rockeros cantan y piden, "no es la gran cosa";  hasta la vez que te indiqué como tocar en una entrada y te aprovechaste y te burlaste de mi cojera con los tiempos -imagínate, me crié sin saber de tiempos ni de ritmos- pero supongo que así piensas de mucho de lo que hice y hago. Es definitivo, el hijo menosprecia al padre y la razón es, para mí, evidente: la sensación de autosuficiencia que corroe tus entrañas; ya no necesitas del viejo para componer o cantar, ni para grabar o hacerte de buenos músicos; ya no necesitas que te lleve al baño o te amarre los zapatos, ni siquiera que hable por ti ¿recuerdas cuando el rubor no te permitía siquiera dirigir la palabra a otros? ¿Recuerdas cuando todos decían, en vez de opinar "como dice mi papá"? Hoy tomas las decisiones, llevas las riendas del barco, diriges a voluntad tú nave y no recibes ya de mis recomendaciones sino golpes y contusiones: Cuando literalmente te expulsé de la banda o cuando te propuse golpear a tus amigos si volvían a visitarte cuando yo estaba (recordarás que te escribí una carta por ello) e incluso la propuesta de no abarrotar los fines de semana con una única idea fija. Toda idea fija puede ser llevada a cabo con eficacia pero una que otra, por muchos motivos y sobre todo cuando somos cuatro independientes, puede frustrarse y de allí sólo surge la decepción. Sé que los libros de superación personal dicen lo contrario hijo, pero, no les creas. Una idea fija en mente te hace olvidar las otras mil cosas importantes que eres. A todo esto te escribía, no para regañarte o decirte que has hecho cosas malas, la normativa social es un entramado en el que movemos nuestras vidas, pero de ninguna manera esas normas cobijan el genio y siempre podremos despreciarlas o alterarlas a nuestra conveniencia. Lo hacía para desearte buen viaje y muchos éxitos, te pediría muchas cosas, pero ya no estás a mi alcance: buscas venganza contra mí y contra todo y no te has dado cuenta que cada ataque es sólo para hacerte entender que piensas aún como un niño de brazos al que se le ha metido en la cabeza que quiere un dulce y que sin ese dulce desfallece. Tienes razón en una cosa; yo no tengo amigos: tengo alumnos, tengo seguidores, tengo compañeros. A los amigos los alejé hace tiempo por la misma razón que hoy alejas a los tuyos: suficiencia o creencia en la suficiencia. Es tan difícil pensar en amigos que difieren tanto en la edad que se me conmueve el seso hasta el llanto de saber lo de aquellos que llegaron a casa por mí y terminaron odiándome por mí -no creo que esto requiera mayor explicación- Te escribía para contarte que yo salté del barco hace dos temporadas, abandoné el timón y lo entregué al vigía. Era un general y me arranqué los galones, ahora apenas soy un soldado raso, brinco cuando me ordenan brincar y no discuto las órdenes de arriba. Era un macho alfa y he sido vencido, por eso divago por las selvas. Ya no cazo, sobrevivo del carroñeo. Te escribo para que sepas lo que pienso y además para que te enteres que, incluso en lo que piensas, has superado mis expectativas y las tuyas propias, ve, avanza y por favor no olvides que después de la tormenta sigue la calma... y luego la tormenta... y luego la calma...




































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