martes, 8 de octubre de 2019

Narcés Nazario

Las cosas no iban bien, el banco había tomado la decisión de que las cuentas por pagar de la familia Nazario no paraban de crecer en lo que se refería a las cuotas del inmueble y el banco no paraba de utilizar métodos de presión sobre la familia Nazario para que aquellos pasaran a desatrasarse inmediatamente y cada vez les amenazaban con desalojo. Llegaron a mandar un "chepito" que ya estaba declarado inexequible en el país por violar la honra pública y las llamadas eran constantes, pero no se trataba de cobrar y ya, la familia no podía pagar las cuotas porque el dinero obtenido por el padre en la compra venta de autos, no alcanzaba para las cosas básicas y cuando fue rescindido por la situación económica, la venta puerta a puerta de libros de "Círculo de lectores" a duras penas les proveía escasa y magra comida. Fue por aquellos días en que las cuentas iban peor, que el banco decidió vender ilegalmente las hipotecas a un leguleyo que supo aprovecharse de la ley, como siempre sucede en los casos de desalojo, quien tiene la ley en sus manos tiene la sartén por el mango y el país del que hablamos ─que al final es cualquier país pues en todos es lo mismo─ es un conjunto de mandatos en contra de los que le permiten ser un estado: el pueblo. El tinterillo logró la orden de desalojo y con ayuda del banco se dispuso a darla por ejecutada. No habrá que decir que hoy es dueño de un condominio logrado a base de chanchullos y se labró la fama de hombre próspero y acaudalado y cómo no, la de un hombre insigne y recto. No es el caso que vine a contar... Narcés era el hijo menor de la familia Nazario, su hermano mayor cumplía los mandatos del comando de policía desde hacía seis meses y como estrategia, durante aquella fatídica fecha, fue enviado a cumplir tan desagradable labor en una región apartada, su hermana no entendía bien lo que ocurría, pero Narcés, puesto así en homenaje al Narciso del que habla la leyenda, hervía de rabia, de indignación y de desconsuelo. Llevaba dos semestres en la universidad pública de la ciudad y en ella había adquirido el gusto de ayudar a los "comunistas" en sus "pintadas" y en sus alborotos, no con el ánimo comunista, sino por estar, "por estorbar" me había dicho él y fue a ellos a quienes acudió para urdir un plan contra el banco y el estado. Había decidido que no se quedaría de brazos cruzados y empezó una campaña de odio contra la entidad que había levantado una guerra  en contra del patrimonio de la familia. Como pudo se armó de conocimiento y tradujo los apuntes de "Anarchy book cook" y de "Anales de demolición" y fabricó huevos podridos y bombas fétidas que arrojó a la entrada del banco caco, armó un escándalo para que los estamentos corporativos se enteraran e hicieran algo; trató de comunicarse con el periódico de la región, buscar métodos de denuncio para que la presión obligara a las partes a revaluar la deuda o por lo menos a aplazar los cobros. La prensa hizo un gesto de ausencia y "Los ciudadanos denuncian" programa donde el público exigía reparaciones, le pusieron mil trabas y nunca oyeron el discurso que Narcés llevaba. "La defensa del consumidor" no le contestó correos ni cartas y sus visitas continuas a la sede física, fueron declaradas "acoso". Buscó al grupo comunista con el que colaboraba y les propuso cacerolazos y mitines y supuso que ellos le apoyarían, frente al silencio de los buscados, les comunicó su decisión de convertir la casa en una trinchera y les comunicó el día de desalojo y los preparativos que llevaría a cabo. Primero conseguiría costales de arpillera que llenaría con tierra y escombros que, una noche antes del desalojo, atravesaría en las entradas y corredores, fabricaría unas bombas caseras de humo cuya receta practicó con la ayuda de "youtube" y para el caso extremo, con bombas incendiarias de simple gasolina y un poco de brea en el fondo, con una mecha de toalla desechable. No descartó la construcción de bombas fétidas e incluso leyó de una sustancia que convertía el piso en una cáscara de banana continua y se apertrecharía de unas botellas con agua y una buena cantidad de  metilcelulosa. Faltaban sólo dos días para el desalojo y mucho trabajo en el que no quería inmiscuir a su familia, así que su trabajo sería más penoso, ocultar todo hasta el último momento y esperar la ayuda del grupo comunista del que estaba seguro recibiría un completo apoyo por lo menos en la barricada, aunque no se tomó la tarea de esperar una respuesta, sólo les informó. La noche anterior al desalojo en su casa todo era tristeza, no sabían a donde irían a parar, no existía un remedio visible, secretamente su padre había gastado un poco de dinero en un billete del "Baloto" y la madre había ofrecido una novena completa a la virgen por quedar libres de tal acoso, pensaban que era un sueño y que al despertar las cosas no avanzarían, que el desalojo se aplazaría o que todo era una broma de las directivas, llegarían con la escritura para regresarles lo que no debían haberles quitado, incluso pensaban en una disculpa pública y en quedar como héroes. La cosa no iba por ese lado, ninguno pudo dormir bien y menos Narcés que preparaba su jugada con el odio a flor de piel. A las 8 de la mañana estaban los peritos a la puerta ─otro tipo de esbirros de la ley que para nada van contra la honra─ esgrimiendo un papel que les daba derecho sobre el inmueble que debían desalojar. El padre dijo que en el transcurso del día se irían, que por favor no les hicieran salir a la fuerza y así lo hizo, mando a la madre y a la hermana a casa de una tía de él, a un cuartucho con un colchón y una mesa y unas pocas prendas, él empacó una maleta y le dijo al hijo donde se verían más tarde, Narcés acusó que debía asistir a la Universidad antes de abandonar la casa. Apenas vio desde su escondite, que sus padres salían con su hermana y dejaban la casa para siempre se llenó de rabia, regresó y dispuso una barricada de sacos con tierra junto a la entrada, luego tras la puerta y por último en el corredor. Repartió las bombas de humo en diferentes sitios para acceder a ellas mientras huía y tuvo cuidado de dejar mecheros y cajas de fósforos en sitios estratégicos. La hora había llegado y con lágrimas en los ojos esperó a que volvieran los del desalojo. En su cabeza repercutía el momento de unas horas antes cuando los vecinos, que pensó solidarios, gritaban a coro, los mismos que rezaban por sus pecados y tenían colgado un escapulario: "desalójenlos". En la tarde irían a la iglesia a rezar por sus pecados y a jurar que el prójimo era lo más importante. Sonó la puerta, "abran es un desalojo" y el gritó: !sáquenme si pueden¡ prendió las granadas de humo más sencillas y las dejó caer por una tronera previamente hecha en la parte superior de la puerta, pero eso provocó que los emisarios retrocedieran a tientas, las bolas de ping pong dan la impresión de que van a estallar cuando se queman en un papel de aluminio. Aun estalló un petardo de pólvora del tipo papa bomba que sólo era advertencia, simplemente lo dejó caer por el agujero y estuvo a punto, de los nervios, de que le cayera adentro, dejó una gran mancha blanca de clorato en la entrada y la puerta crujió por la onda. !la guerra había empezado¡ sus "amigos" comunistas no llegaron, pero él solo daría al traste con la defensa de su hogar. Se sintió abandonado pero decidido. Desde afuera sólo sonaban voces y gritos que no pudo discernir. Lágrimas de odio corrieron por sus mejillas, no estaba triste, sentía un odio profundo por todo y por todos. Buscó la manera de mirar hacía afuera desde una ventana y otros puntos estratégicos que había preparado. La gente permanecía inmóvil pero no había llegado la policía o algo que se le pareciera. Pasó una hora en silencio, dio signos de vida con un tubo lleno de caramelo de clorato: humo, para que supieran que estaba en pie la agresión y que la casa tenía dolientes. En su cabeza se hizo un lío, vendría la ley, le dispararían y pasaría a ser parte de las estadísticas: un terrorista más, o menos si hemos de ser sarcásticos. Eran aproximadamente las doce cuando oyó pisadas tras él, por el patio de atrás venían cinco encapuchados, se asustó, pero reconoció las voces de sus amigos, no de los otros, de los de siempre, de los que lo criaron a punta de patadas y desprecios en el rock y las patinetas. El pequeño grupo de skaters se hizo presente y tomaron posiciones en diferentes lugares, el llanto le bañaba el rostro pero esta vez había algo de felicidad, sus amigos no lo dejaron solo. Se sintió comandante de un ejército y se sintió luchando por algo justo. No entregaría su casa sin dar pelea y ahí estaba el comando completo apoyando. Hablaron mientras el silencio era más sordo afuera, se turnaban para vigilar los movimientos, pensaron en "La estrategia del caracol" y en dejar la casa pintada "ahí está su puta casa pintada" y destruida por dentro; de cuando en vez arrojaban un petardo o una mina de humo para que supieran que estaban presentes y vivos adentro, la policía no vino ese día y toda la noche la pasaron en ascuas, aunque él tenía unas rebanadas de pan y frutas con algo de gaseosa que repartían y comían sin ganas. ¿Vencerían? él sabía lo imposible que era, la madrugada trajo un poco de luz y observaron que la calle estaba vacía pero reaccionaron, sabían que vendría la policía, el antimotines, el Goes y su pelea estaría acabada y todos en la cárcel o muertos. No hubo peleas, sus amigos estaban dispuestos a quedarse con él y él tomó la decisión de abandonar. Descargaron su arsenal por los techos y aprovecharon la confusión para salir por donde entraron antes los skaters. En las noticias no se dijo nada. El abogaducho tuvo su desalojo, dejaron pinturas y manchas y daños leves que no fueron reportados. Nadie los persiguió. Del suceso se hizo un extraño y cómplice silencio. Narcés se pasó quince días con su padre en la calle, pasando bajo un puente o en una calzada cuando no llovía, no abandonó la universidad y consiguió una beca para irse al Brasil. De allí volvió graduado, con la cabeza en alto y con el odio más vivo que nunca, completamente desarraigado, apátrida, enemigo de la ley, de los negocios, lo único que lo mantuvo en pie y lo obligó a volver un día a su tierra fue ese pequeño grupo leal que lo trataban como a un niño y  que no le prestaban la música, aunque él era el dueño del dispositivo en que se copiaba y por ellos volvió y ante ellos volvió a llorar porque el odio que acumuló no se lo pudo quitar la religión, ni la psicología ni los libros de autoayuda y cada que recuerda ese país corrupto, esa gente creyente gritando "desalójenlos" y esos días buscando donde guarecerse y guardar lo poco que les quedaba, los ojos se le encharcan y aprieta los puños y, no lo dice, lo piensa: "No los perdono".

3 comentarios:

  1. Lo que pasa en un país hipócrita y sin dolientes,llenos de santos pero sin una Chispa de luz en su interior, el país del sagrado corazón pero podrido , maldito sistema hoy y hasta después de mi muerte seguiré gritando tus ingusticias . Jaime gracias por tan noble homenaje

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  2. No pues que relato desde una perspectiva muy realista de lo vivido de nuestro amigo Nacho

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  3. Que exquisitez. Gracias por el homenaje maestro.

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