viernes, 16 de noviembre de 2018

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo VI

Lo primero que todos se preguntan al empezar este relato, es ¿Cuál es el maldito chiste del camello? eso lo comprendo, pero es una preocupación nimia, pues el chiste es sólo un símbolo ¿Existe el tal chiste del camello? si. existe, pero no es el caso de provocar en otros la misma locura que se llevó a cabo en aquel pueblo, la risa es saludable y al mismo tiempo exterminio. No en valde queda esa frase de sabio que dice "todo es veneno, nada es veneno, la diferencia está en la dosis" En aquel pueblo, todo fue muriendo y no estoy llevando al extremo aquello de que es mejor un pueblo triste que uno que se revienta a carcajadas. Es probable que sea mejor morirse de la risa que en una seriedad solemne. Para mí, es inaceptable que, carcomidos por la corrupción, muertos de hambre y de tedio, abusados por los candidatos, engañados por los electos, pisoteados por salarios de miseria, en una situación decadente de ausencia de ofertas laborales y con deudas sobre las deudas -ese invento del interés compuesto o el UPAC, acabaron con muchos sueños- las personas se rieran y oficiaran, en medio de la más sonora carcajada, toda labor cotidiana: enterrar un afín, sudar a cántaros mientras se recogía la cosecha, comer, emborracharse, ir a misa -ya había dicho que varias cosas ocurrieron en aquel pueblo, la quiebra de los prostíbulos, el cierre del hospital de infantes y recién nacidos, la desaparición de la escuela y el aislamiento en las montañas y valles de los infectados por el virus de la risa- hacer del uno y del dos, dormir... varias cosas se habían vuelto imposibles, por ejemplo, las mujeres salían sin pizca de maquillaje o con los ojos rojos por los intentos fallidos con los lápices y delineadores. De pronto se dejó de usar el rimel y el delineador -al parecer nadie supo cuantos ojos rojos o sacados se vieron a causa del intento de darse una pincelada tan minuciosa mientras se ejecuta el don de la carcajada- al principio se veían caras payasudas como las de Heat Ledger cuando interpretó al Guasón y con maquillaje como el cuaderno de un párvulo que recibe su primera caja de prismacolor. Al final se dejaron de usar los mejunjes y ungüentos, los pintalabios y demás patrañas de la escuela de las pinturas -ya sabía yo que los únicos que se pintan son los actores y que pintarse equivale a representar un papel- como el pintalabios, la base del maquillaje, los iluminadores, las sombras... y el pueblo, a pesar de su risa, se volvió más triste. 
Ahora, nada me gano con poner el chiste entre comillas. Sería objetivo el copiarlo acá y dejar que cada uno juzgue o sufra en carne propia la encarnación del virus, pero no es de una persona cuerda, tentar el destino y la salud de sus lectores. A más que desde el inicio del complot risístico, se establecieron unas multas para aquel que osara repetir las líneas del nefasto cuento. No temo a tales comparendos y desafueros, pero me sentiría responsable si, en caso de contarlo, una nueva oleada de risas y ataques cardíacos se viera instaurada en la población restante. Creo sea probable que las demás personas del honorable mundo sean inmunes a tal virus y a tal cuento, porque como demostró Txé, en ninguna otra parte hubo acceso de ceguera blanca en ninguna de sus dos formas y hasta la fecha, no se ha detectado otro brote de risa colérica. Además asumo que muchos han escuchado el tan famoso cuento del camello, pero que les ha parecido tan banal, que lo han olvidado o que, en su secreto deseo de no ser bautizados con aportes extralegales al erario público, callan para verse como ausentes o preguntan por el chiste, sólo para ver quien se atreve a contravenir las normas. En cuanto al dichoso chiste o cuento o narración, no pienso, de ninguna manera volverlo a contar. Equivale para mí a tener en mis manos la última cepa de un virus mortal y por ello, si nadie osa repetirlo, muere conmigo, como murió ese pueblo entero en las montañas. Toca aceptar que es algo que tiene el chiste en sí para disparar la risa en los afectados, porque millones de personas dicen a diario la palabra camello y siguen igual de sanos o enfermos a como estaban. Podría ocurrir también que el secreto se halla en los pacientes cero -Popocho y Popocha- y que fue algo en ellos que, aunado al chiste del camello, provocó el ataque y que ese algo flotó en el aire por aquellos días, inundando sólo a aquel pequeño pueblo en las montañas. Sírvase recordar, que ese era mi cuento preferido y que aunque yo no sé contar chistes, si alguien me retaba a hacer reír, yo llamaba al de "James" o al del "camello" e ineludiblemente mis interlocutores se morían de la risa con cualquiera de ellos. Esto se refiere, claro está, a épocas muy distantes entre sí. Con decir que la primera vez del camello, andaba yo en bachillerato, como en octavo -aunque en esa época le decían tercero de bachillerato- y la siguiente vez fue 5 años después en un auditorio del SENA y luego pasarían 10 años antes de volverlo a  contar en un concierto en el que la gente me miraba con desespero por mis letras tristes en la casa de Fernando González en Envigado y la última vez fue a esos dos pipiolos que me retaron porque "usted no da risa profesor" -equivalía, según su idioma a "usted no sabe contar chistes" porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría contravenir que se es un hombre serio- y tenga su camello y miren donde vine a parar por andar contando cuentos a poblaciones endémicas sin medir las consecuencias.

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