domingo, 25 de agosto de 2019

Ensayo sobre la risa y otros demonios Capítulo I

Supe yo por fuentes dispersas que un señor de apellido o nombre Txé que vivió en un país suramericano le ocurrió un terrible caso de ceguera blanca, en donde toda una población padeció el ataque de un virus que los dejó ciegos por meses y donde pudieron aprender sobre el valor de la vista y en el que los ciegos contables eran los superpoderosos. Bien dice la sabiduría popular que en el país de los ciegos el que sabe braille es rey. Por lo demás se demostró que cuando uno está ciego, los espacios son inmensos y los bajos instintos no ceden al buen comportamiento. Bueno, los momentos de violaciones en el reclusorio -contaba Txé- tomaron matices muy calientes casi al punto de parecerse un poco a los relatos del dichoso marqués, bueno, no tanto, más bien como a los del marido de la mona buenona esa que se suicidó, pero no por ciega. Incluso pensaría en una especie de porno ligh del poeta maldito y borracho. También me enteré que unos años más tarde sufrieron otro caso de ceguera blanca que se les escapó de las manos, pues esta vez el virus "corrompedor" se tomó las urnas y las dejó en blanco, lo que causó unos recules al gobierno que afortunadamente supo solucionar y relacionar ambas epidemias y eliminar -así de simple- a todos los involucrados tanto en una como en otra peste. Pues relátese acá que estando yo en zona rural del municipio de R se presentó un caso similar, pero esta vez la epidemia fue de una como estampida, que empeoraba a ratos y se propagó, o simplemente apareció así de repente. Resulta que estábamos en una finca alejada de la población general y se me ocurrió contar el chiste del camello y las dos personas que conmigo se encontraban, llamemos a una la popocha y al otro el popocho, porque eran hermanos aunque lo uno y lo otro no se relaciona con los parecidos entre ellos sino más bien en un sistema similar al de Txé, para proteger a los que en este cuento se vieron involucrados. Resúltase que conté el dichosos chiste y no llevaba la mitad cuando por azar y simpleza, popocha y popocho soltaron la carcajada. Yo asumí que en un momento pararían y podría dar por terminado mi cuento, pero el tiempo pasó y debí superponer el resto del chiste a las risas "pendejas" -no quiero insultar a nadie, pero imagínense ustedes algo como esto je je jojo jeje jaja "y entonces el camello..." je ji jeje- de mis dos interlocutores en mis primeros pinitos de la sit down comedy. Huelga decir que yo estaba sentado, cosa que me resultó, no sólo práctico, sino cómodo. Terminé el chiste y las risas aumentaban por momentos y se apagaban por completo en instantes, pero el silencio provocaba aún más risa. No sobra decir que yo estaba extasiado y complementado por haber descubierto una nueva faceta en mi vida: comediante. Los popochos terminaron yéndose entre risas unas dos horas después, les ofrecí tinto y nos lo tomamos entre risas je je y jo jo, a veces ja ja jaja y de nuevo silencio que provocaba más risa y más emoción en el ambiente. Allí llegaron en un vehículo de dos ruedas y en el se fueron entre risas. Cuando uno paraba, el otro seguía y así los oí hasta que pasaron la cerca o broche que le llaman por allá. Me fui a la cama y olvidé la situación, pero al día siguiente me desplacé hasta la tienda, a unos tres kilómetros de distancia y cuando pedí unos huevos para llevar, la señora empezó a reirse y entre risas me atendió. Ese fue el primer indicio que tuve. Me sospeché en la ciudad de Txé o por lo menos me olí que un virus, si se me permite asumir que este síndrome de risa fue provocado por un virus o algo similar, había alcanzado la población en general, aunque sólo fue una chispa de epifanía que arraigó en mi imaginación, sin prueba alguna de tal aberración. El señor de la tienda también apareció y saludó "buenas jaja y santas jeje". No tuve oportunidad de probar el alcance de la propagación humorística, porque la escuelita estaba cerrada por no sé que paro maestral, pero traté de tocar en la casa más cercana a la mía y nadie me abrió. Si quieren hablarme de televisión o celular o medios de comunicación, se equivocan, pertenezco al siglo antepasado y nada de eso me llama la atención, pero con uno de esos aparaticos me hubiera cerciorado si la enfermedad había traspasado las fronteras. A la hora de la llegada del último bus, como a eso de las 5:00 de la tarde -uno cada dos horas- me presenté en la estación de buses, se ríe uno si comprueba que no existe tal cosa como una estación, pero no debemos desfallecer ni mostrarnos retrasados con respecto a la ciudad de Txé. Efectivamente los siete pasajeros que llegaron, todos desconocidos para mí, venían con unas risitas todas "chimbas". Tampoco quiero ser vulgar pero así dice en el crucigrama: "una risa toda chimba" y casi siempre la solución es "ji". Podría incluso sentarme a pensar sobre el poder e indicación de cada silaba risible. Ya alguien hizo las apreciaciones sobre la psicología de los colores y yo escribo psi no por ignorancia, sino porque seguirle el juego a la real academía es seguirle el juego a la vulgaridad y no quiero cambiarle el nombre a la letra que dio origen a tan bella palabra, aunque hayan personas que quieran, dentro de esta pseudociencia enmascararme dentro de una de sus tres estructuras: neurótico, psicótico o perverso, y que el rojo da hambre unido con el amarillo y solo es bastante atractivo porque incita al amor, que el azul relaja y el verde da idea de esperanza. El amarillo solo provoca el vómito y que tanto el negro como el blanco son colores que representan la renuncia y la ausencia... En fin podríamos comenzar porque aquellos que se rien en ja, más parece que se burlarán, entiéndanme que es obvio que es una risa, pero el vocablo sólo es definitivamente burla; si el ja es burla, el je no deja de serlo, pero si se fijan con intención el je se puede inscribir entre los vocablos pervertidos y tras él aparecen siempre las bromas y las chiquilladas; el ji aparte de ser "chimba" es definitivamente una risa mística achacada a viejas brujas y a maldiciones y casas encantadas. El jo es definitivamente, temporal navideño y el ju, es bastante escaso, pero aparece en la literatura como la risa falsa y de personas poco serias. Todos los que se bajaban del bus llevaban en la cara una risa toda "chimba" tal vez por pena o por respeto con los otros, ninguno soltaba una risa más perecedera que unas cuantas sílabas.

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