Fue a mí que me contaron que dos personas urdieron un plan para desengañar al mundo. Uno de ellos apareció en televisión y sin más se desmayó y sufrió convulsiones, los médicos lo revisaron e inexplicablemente sus constantes vitales estaban disminuidas. Al despertar dijo estar poseído por un espíritu y contó cosas tan maravillosas y reales que la gente le creyó, lloró y se enterneció con los cuentos y siguió saliendo en horarios triple A a decir las verdades del gran vidente. Por un año completo se volvió el mayor de los profetas y el querido de las emisoras y canales, publicó un libro que se volvió un best seller: "Las palabras del gran profeta" y cobraba un jurgo por cada aparición en público. Un día el creador de tal estafa, un renombrado investigador que quería desenmascarar ese tipo de farsas, apareció y contó como habían logrado engañar a todos con una bola de caucho bajo la axila para disminuir las palpitaciones y con un micrófono por donde se le dictaban las profecías. La gente se sintió timada, estafada en su buena fe, pero ante la evidencia no había demasiado que hacer y dejaron de creer. Pero ocurrió lo impensable, el joven que hacía de profeta dijo que no quería dejar la vida que había llevado hasta ahora y se sumió en un trance y sufrió un ataque y deliró y empezó de nuevo con las profecías y, créanme que ocurrió, la gente recuperó la fe.
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