sábado, 25 de noviembre de 2017

La cura de todos los males

Estaba sentada en la cocina mirando como hervían las ollas del almuerzo, pensó en sus hermanos que pronto llagarían del trabajo a por su comida y ella obedientemente les tendría que servir como lo había hecho toda la vida; vendría Yamid que construía una casa a poca distancia de allí, y vendría Paco que cuidaba unos cultivos en la hacienda alquilada para tal desde que se salió de las drogas, si, Paco era adicto, pero juraba que ya no más por su pequeña hija Valeria, para que se la dejaran ver y llevar de cuando en vez donde su madre. Pensó en su madre, una anciana que de tanto caminar había olvidado tal recurso y ahora se ayudaba con un palo de escoba en sus desplazamientos. Su pensamiento saltó al padre. Su padre era un hombre senil que aún no había perdido la memoria, pero que se comportaba como un niño. Había que cambiarlo, llevarlo al baño, darle la comida a cucharadas, cuidar que no se orinara en la cama y de limpiar si lo hacía, obligarlo a caminar después de cada comida, ponerle un babero y aguantar sus gritos cuando se enojaba. Rosa era la única que permanecía célibe de su familia, su madre y su padre habían dado a luz diecisiete vástagos y ella ya se acercaba a los cincuenta. Toda la vida es mucha para vivirla entre dos ancianos y los hermanos que volvían a la casa paterna de cuando en vez para celebrar un acontecimiento. Ofelia venía de Cúcuta, Martín de Barrancabermeja o Jairo de Medellín, eso no alteraba más que las cantidades de ollas en la cocina porque a todos había que servirles y no descuidar a los viejos porque ella era la esclava, la del martirio. Sus hermanos venían con sus hijos y sus esposas y esposos y ella montaba el almuerzo, contaba cabezas y servía el desayuno, preparaba más por si alguien se aparecía de improvisto. Vino Miriam de Santuario con sus dos hijas y ella montó más caldo, más sal, más presas y sirvió. Vino Susana, la menor de sus hermanas que ya tenía cuatro hijos y los trajo a todos y su esposo y se quedaron a amanecer y ella les hizo comida y les tendió colchones en la pieza de atrás para que durmieran y al día siguiente vino Martha de Rionegro, pero vino sola y a llevarse unos pies de unas maticas que no le querían pegar en su jardín. Se envolvió una toalla mojada en la cabeza y siguió pensando que aún le faltaba esperar a Oscar, otro hermano que enviudó y como no tenía hijos se volvió a la casa paterna y cuidaba el cultivo de la familia, atrás estaba la cosecha y había que hacer jugo para el calor y cuidar las matas del jardín y barrer y sacudir por toda la casa y lavar la ropa de toda la semana, de pronto llamaron a la tienda "Doña Rosaaaa, una crema" y recordó al instante que ese era su otro dolor de cabeza, como una entrada de dinero para ella se le ocurrió poner una tienda de confituras y helados para los niños de la escuelita y, aunque algo le quedaba después de pagar deudas, odiaba esa frase de un único sujeto y sin predicado, "doña rosa" le caía al hígado y esa manía infantil de alargar la vocal final como si ella estuviera muy lejos la ponía una furia, pero tenía que salir y atender por la ventana a cuanto pequeño patán estuviera dispuesto a gastarse las monedas en su tienda. Así era su rutina, fue y atendió y regresó al banco de la cocina. Era cristiana y le habían enseñado que dios es la cura para el alma y ella estaba cansada, harta de todo. Todos los días lo mismo, todos los fines de semana lo mismo, todos los días de guardar y las fiestas lo mismo, todos los años lo mismo. Ella sola en esa inmensa cocina esperando que las ollas hirvieran para contar cabezas y servir y hacer caminar a su padre y cuidar de las torpezas de su madre y arreglar el cuarto donde se quedaron sus sobrinos ayer y esa maldita tienda "Doña Rosaaa" y el vértigo la consumió y apuró el contenido de la botellita de Racumin.

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