Ella tenía un rostro demarcado perfectamente por su corte de cabello y a cada instante revisaba la marquesina en su lugar y la recorría con fruición hasta asegurarse de que no se había movido. Sus labios parecían los de un mimo, empequeñecidos a base de pintura como para que siempre parecieran enviar un beso o estar en actitud de vocal "u" y la pintura de tales labios era de un violeta intenso. Su cara parecía estar siempre al borde de una sonrisa, algo así como la comisura de los labios lista en el sentido de la risa y los ojos en posición ligeramente cerrados, esa expresión que muchos odiamos porque aunque su cara no era la sonrisa en sí, parecía estar a punto de soltar la carcajada y burlarse en nuestras narices de nuestra comedida estupidez. Su nariz era perfecta, con el pequeño respingo de las narices adolescentes y la coquetería de una maga blanca. No hay que hablar de lo esbelta que era, sólo pude verla unos segundos de pie y aún así podría a divinar sus medidas; su corpiño tenía una talla menor, pero eso no era razón para que sobre la camisa de seda negra no surgieran imponentes dos delicadas dunas y sus brazos colgarán como dos estelas, doblándose ligeramente donde las caderas empiezan a ensancharse para mostrar aún más sensualidad. La blusa cubría sus caderas, pero la prominencia de aquellas iba acorde con el contorno de los brazos que se levantaban a su lado y su apariencia toda era la de una vampiresa bebé que urge de alimento. Mencioné que también sus pantalones eran negros y aparte de sus blancas manos con dedos largos y terminados en uñas pintadas de rojo, a excepción de la uña del dedo medio que parecía de un violeta o lila, sólo podía verse la piel de su rostro enmarcada en su cabello lacio y negro azabache, pálida como un cadáver pero tan atractiva en su visión completa y corpórea. El delineador bajo su ojos ostentaba una raya ligeramente larga lo que le daba una apariencia de faraona egipcia y las sombras sobre sus párpados apenas era una delicada cenefa que hacía resaltar más su palidez. Mientras estuvo sentada pude notar que mientras no revisaba la marquesina de su cabello, llevaba las manos delicadamente al borde de sus muslos que permanecían uno junto al otro y las deslizaba casi hasta tocar la curvatura de las rodillas. Era un movimiento sensual y recatado al mismo tiempo. Todo ese ser de amor fluía como un fantasma al frente de mí. Nos habíamos subido en la misma estación y aunque yo llevaba una máscara de respiración en la cara -esas cosas que venden para que no le entren a los pulmones mucha contaminación- y Valdemar me dirigía la palabra con algo confuso sobre las últimas horas de viaje, pude notar que se levantó cuando el metro anuncio la siguiente parada y se despidió de la amiga a su lado con una voz que revelaba toda intención, pues salió bronca y gruesa como en los cuarteles: "chao amiguis".
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