No sé jugar ajedrez, no me refiero a conocer los movimientos porque sé como se mueve el peón, limitado por todos lados, no en balde es el peón. De movimientos rectos y cortos y limitados a un miserable paso por vez. Sé que las torres son más libres en sus caminos rectos y los alfiles en sus diagonales, sé que el caballo tiene una forma muy particular de moverse y saltar sobre sus oponentes y que la reina es libre de moverse a su antojo. El rey es el símbolo de la vagancia, no hace nada, pero sin él no hay partida. Yo sé que no sé jugar porque me harta que sea lento, que haya que esperar a que el otro piense indeterminadas estrategias o tensarse con el raqueteo del ping pong. Yo sé que no muevo piezas porque soy más bien una especie de resorte que requiere de un impulso o una tensión para acumular fuerza antes de ser liberado y por ello, yo no he realizado movimientos a los que no me viese obligado. Yo no hice ningún movimiento al que no me viera obligado porque tenía las negras y siempre estuve a la defensiva; si me acosabas con un pretendido mate de pastor movía mi rey y lo preparaba para un enroque y cuando ingenuamente me apuntalabas con un intencional mate de pasillo, movía mi rey para defenderlo. No estaba en postura de ataque, ni quería estarlo, pues de lo contrario habría construido un foso, un rastrillo y hasta una barbacana para limitar tus movimientos, cuando vi tus planes para destruir mis defensas; tu torre de reina se había colado en mis entrañas y amenazabas mis almenas con saltos de solípedo. Yo al principio pretendí no jugar y hacer el del tonto, pero sin quererlo me impediste llegar a tal posición; la del loco me hubiese sido posible, pero no viste cuando expuse todas mis intenciones y en el juego está prohibido avisar y menos a ti, que a mi mejor intento de acercarme, te enrocas para ocultar tus piernas y dejarme en jaque de tú aliento. Limpio te entregué mis establos y mis torres y dejaste pasar la oportunidad como para decirme: "igual te tengo en mis manos". Lentamente los ejércitos se fueron entregando y las torretas y almenas se fueron al piso por la guerra de minas con que me acechabas. No hay manera de esperar tablas y ahora mi rey anda triste en el pórtico esperando que la dama que gobierna las blancas decida dar el golpe mortal a su figura.
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