miércoles, 4 de enero de 2017

Héroes

Juan Guillermo Escribano Toro, hijo de la vida y natural de... No supe de donde era, sé que si salías al centro o si llegabas a un concierto al primero que te encontrabas era a "Don Juan Guillermo" como le decían algunos de sus conocidos. Era un tipo alto y enjuto, de nariz recta, con la frente prominente y los labios firmes y pequeños. Se dejaba crecer una barbejo que le semejaba un chivo y su cabello largo lo llevaba en una cola simple; era más bien extraño verle con él suelto. Unos zapatos deportivos color café, un jean y una camiseta, acompañada de una chaqueta simple de algodón o un gabán tipo militar. Ese era el Héroe que siempre vi entre botellas y alcohol, amanecido un viernes y un sábado y un domingo. Siempre dispuesto para el alcohol y la fiesta. Cuando llegaba pedía un trago o sacaba de su colección personal alguna botella de plástico con residuos de uno y otro día: ¿cerveza o ron?. No le faltaba nunca un poco de líquido elemento etilizado. No le hacía el feo a ninguno, pero, como disfrutaba de la "arañita". ¿Qué vamos a comprar? ¿arañita? En cuanto a música era un rebelde y un poeta, llevaba consigo un reproductor con las listas semanales de su autoría y le sumaba unos poemas de  L. De Greiff y unas lecturas de G. Arango. El ferrocabral y Larralde. Apenas veía a alguien con una guitarra se apresuraba a solicitarle algo de Piero o de Serrat -las obras rebeldes de aquellos, no sus capitulaciones- Yo sé de donde salió su apodo, el Héroe, le escribió una carta a un tipo de uno de los grupos que seguía y en esa carta firmaba: "Soy el terror que aletea en la noche... soy la goma de mascar que se pega en tú zapato... soy la mancha en tú traje dominical..." y un algo sobre sufrirás convulsiones y... Cuando se dieron una cita, la clave del saludo fue "ah vos sos el héroe púrpura" y así se quedó por mucho tiempo. Anécdotas mil, acampadas, fiestas, borracheras. Cada viernes nos encontrábamos en algún sitio de la ciudad para celebrar que estábamos vivos y cada sábado se lo encontraba a él, en la calle, sin haber dormido, con su botella en la mano: ¿Un De ville? y así llamaba a sus amigos el domingo en la tarde para que lo acompañaran a rematar en el parque del Periodista. Era capaz de beber desde que le daban el alta del trabajo el viernes hasta el último tercio de la madrugada del lunes y así salía a trabajar en una empresa de esas que fabrican estanterías y alacenas con madera prensada. Montó un negocio con su cuñado que no le valió de mucho y luego regresó a la misma empresa de donde había venido porque al lado del cuñado, bebió más y se hizo más disperso. Eso realmente no le importaba, lo que pasaba es que la plata no se le veía y en la casa de sus padres no andaban muy bien de dinero, lo normal en la sociedad colombiana. Decidió cambiar de carrera y le pidió ayuda a un muchacho que trabajaba en estampación y allá fue a dar con toda su premura y sus ganas de aprender y se hizo respetar y se hizo adorar y ay, allí fue donde terminó sus días de Héroe, allí conoció la mujer que le derribó el sueño de ser un Bukowski. Le prometió todo y le dio todo y también se lo quitó todo. Ella era insufrible con los celos a sus amigos, no lo dejaba quedar hasta tarde. La promesa del sexo amarraba fuertemente al héroe que se expuso en batalla y que no había sido templado para tales lides. Ocurrió lo inevitable, ella quedo en embarazo y el celo se hizo absurdo y el Héroe sucumbió sin honores y sin ser enterrado. Nunca más volví a ver un Héroe de esas proporciones. Nunca más pude creer en el amor que derriba mundos y, de ese duelo de cisnes y de pingüinos, no ganó el cisne. No ganó la gracia, ganó el desdén; no ganó la poesía, ganó el grito; no ganó el canto... Todos perdimos, porque perdimos al único héroe digno de seguirse.

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