Siempre discutían por una u otra cosa; Laín Amado era un ser débil que no consentía cambios demasiado fuertes en su vida, prueba de ello, que toda su vida la pasó entre las mismas discordias, sin hacer caso de los que le rodeaban, su mundo era un pequeño y reducido caos. Donde ponía su humanidad allí se asentaba. No era un triunfador, era una imagen opaca de lo que es un ser humano; una cosa vacía, aunque él arguyera lo contrario por haber pasado unos años entre universidades de renombre en su tierra crecial -asimismo inventaba sin despecho términos, él decía que si había una tierra que lo vio nacer, había una tierra que lo vio crecer- y por dedicarle un tiempo especialmente largo, más del promedio, a la lectura de banalidades que por azar caían en sus manos. Ella se llamaba Dora y si no hubo personajes femeninos en la saga de la guerra de las galaxias, ella se ganaba el puesto de una señora Sith: Darth Dora. Así misma se consumía entre dos o tres historias que le amargaron la vida. Una de ellas pudo ser que su crianza fue difícil por no sé que acuerdos entre el bienestar y la ley judía que obliga a otros a llevar el peso ajeno; las otras son derivados de ésta. Pero ella si que era una persona inteligente, ella si que era una lectora y una gran intérprete del mundo, lo había recorrido y auscultado hasta en sus más ínfimos recodos, Visitó París hasta las catacumbas y las callejuelas repletas de sex shops, prostitución y vicio "la rue de la truanderie" y la "rue mouffetard" se llamaban en la época de Enrique IV. Cuando anduvo por la capital de Colombia no se conformó con visitar la plaza Bolívar y el barrio viejo de la Candelaria, no. Visitó El Cartucho, el Diana Turbay, el Lucero y el Perdomo. En la India, aunque trajo un sinfin de instántaneas de Qutub Minar, Red Fort y Char Minar -ni que decir las impresiones que hizo del Taj Mahal- y del gran río Ganges, visitó las aldeas de Varanasi y Kapil Dhara y absorbio los efluvios miasmáticos de la descomposición de los cadáveres al lado de los Kapalikas de Benarés. Ella si era una lectora que no tenía que presumir de los manuscritos que había mirado el fin de semana, ni de los innúmeros países que había visitado que, en la práctica, son la verdadera lectura de la vida. Ella juraba que siempre regresaría a su lado y él no decía nada por temor a cambiar el statu quo de su vida; ella le prometía el cielo y la tierra y el se los devolvía por miedo a cambiar algo en su vida, por temor a dar el paso desequilibrante que le arrojara fuera de su zona de confortabilidad. También pasaba algo curioso. Ella después de un ataque de ira, de llanto renovador, lo insultaba y lo llevaba a la expresión mínima de hombre. En verdad lo consideraba pueril, pero le atraía un aire de superioridad que ni ella misma entendía de donde manaba. Lo echaba, le decía que se fuera de su vida, que no valía la pena el esfuerzo y viajaba y luego volvía a sus brazos y le contaba que tanto le amaba y otra vez le desollaba por incompetente y otra vez le ensalzaba por sus virtudes y de nuevo le expresaba que era un arrogante, ridículo. que era incapaz de dar o expresar amor y siempre volvía y siempre lo encontraba allí en el mismo lugar de años atrás, con gente diferente, pero allí, sin cambios dramáticos en su vida. Siempre el mismo, siempre los mismos. Una semana después de haber regresado de un viaje al Asia, de Birmania, Vietnam, Laos y Camboya al que ella misma denominó: "El viaje a la patada en el culo americana" lo buscó expresamente en los lugares que frecuentaba, le informó por las redes que vendría, lo expuso ante sus amigos más caros y finalmente, llegó el día en que Laín Amado no apareció.
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